Maracanazo: la sorpresa del siglo
Uruguay arruinó la fiesta brasileña en la final de 1950 | Los goles de Schiaffino y Ghiggia enmudecieron a 199.000 torcedores | Irureta ha desempolvado un término clásico en el fútbol internacional.

Irureta ha amenazado con convertir la final de Copa del Bernabéu en un nuevo Maracanazo. Con este término quedó definido lo que sucedió en la final del Mundial de Brasil de 1950, donde la selección local se dejó el título tras perder con Uruguay (1-2) en el mítico Maracaná ante 199.000 almas brasileñas. Alfredo Relaño, director de AS, narra en su libro El fútbol contado con sencillez cómo sucedió todo. Cuando Brasil entera preparaba la gran fiesta para celebrar la victoria, el fútbol se encargó de demostrar que está reñido con la lógica.
Fue el 16 de junio, ante 199.000 enfervorizados espectadores, la mayor concentración reunida nunca en un estadio de fútbol. Brasil venía arrasando. En la liguilla final, además del 6-1 que nos endilgaron a nosotros, le hicieron 7-1 a Suecia. En cambio, Uruguay había empatado 2-2 con nosotros y le había 3-2 a Suecia, gracias a un gol muy de última hora. A Brasil le bastaba con empatar para ser campeón, puesto que se trataba de una liguilla y llegaba con dos victorias (cuatro puntos, entonces se daban dos por victoria y un empate), mientras que Uruguay sólo sumaba tres puntos.
Pero nadie pensaba en empatar. Se cruzaban apuestas sobre la goleada. Alrededor del campo estaban dispuestas en jaulas 200.000 palomas para ser lanzadas al cielo en el momento de la victoria. Los periódicos tenían hechas sus portadas: ¡Brasil, Campeao do Mondo! Y el dedo sobre el botón para arrancar la rotativa. Sólo faltaba poner el resultado. Millones de objetos con ese rótulo ¡Brasil, campeao!, esperaban en distintos almacenes para salir a la venta: corbatas conmemorativas, pañuelos conmemorativos, vinchas, sombreros, gorros, abanicos, pantallas, botellas, llaveros, mecheros, colgajos, cometas, carteras, maletas, cajas de cerillas, globos, discos, banderas, banderines, pins, chicles, latas de fríjoles... Todo lo que puedan imaginar.
Invencibilidad. Los uruguayos defendían una leyenda de invencibilidad. Campeones olímpicos en 1924 y 1928. Campeones del mundo en 1930. No acudieron en 1934 ni en 1938 a los mundiales de Italia y Francia, ya está dicho por qué: por respuesta despechada a la ausencia masiva de los europeos en su Mundial de 1930. Nadie les había ganado nunca en estas competiciones mundiales. Defendían un prestigio. En eso pensaban en el vestuario poco antes de salir, cuando les abrumaba un rugido como de terremoto que nacía en las gradas.
Obdulio Varela era el medio centro. Y era el jefe. El Negro Jefe, le llamaban. Se levantó del banco y les dijo a sus compañeros: "Hay 200.000 tipos gritando ahí arriba, pero abajo sólo habrá once. Once contra once. No miren para arriba ni para los lados. Miren sólo al frente. Ahí hay once, como nosotros. Somos once contra once".
Tragaron saliva y salieron a jugar. Eran: Máspoli; Matías González, Tejera; Gambetta, Obdulio Varela, Rodríguez Andrade; Ghiggia, Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán.
Cuando los equipos salieron al campo, la tierra pareció abrirse.
Al descanso se llegó con cero a cero. Los brasileños se adornaron en exceso y los uruguayos ponían todo su oficio en la labor de parar la marea. En el descanso Brasil se veía campeón, pero sus jugadores se regañaban los unos a los otros: "La gente no ha venido a vernos empatar. Han venido a vernos golear".
Salieron como furias y a los dos minutos Friaça marcaba el primer gol del partido. Estallaron los cohetes, atronó el país entero, los brasileños rodaron abrazados y el mundo pareció terminarse en ese momento. Los uruguayos bajaron los brazos y se miraron unos a otros, sin saber qué decirse. Entonces El Negro Jefe entró en la portería, cogió el balón bajo el brazo y, despaciosamente, en actitud de gran dignidad, y siempre con el balón debajo del brazo, se fue hasta el linier, míster Ellis, a recriminarle algo con mucha corrección, pero con ademanes visibles.
Poco a poco fue concentrando la atención del público. Los gritos cedieron para dar paso a la curiosidad. Luego, con la misma pausa y dignidad, y siempre con el balón debajo del brazo, se dirigió al centro del campo, a organizar un pequeño conciliábulo con sus compañeros: "Ya les hemos callado. Ahora vamos a seguir jugando y a ganarles a estos japoneses". (Japonés, en su argot, era alguien negado para el fútbol.) Entonces fue al círculo central y, con la misma solemnidad, depositó el balón en el punto exacto para el saque de centro de Mínguez.
Silencio total. Los jugadores brasileños estaban perplejos. Obdulio Varela se había hecho con la situación.
Y Uruguay rompió a jugar. A brasil le habían cortado la fiesta y no reencontraba el hilo de juego. Uruguay jugaba bien. Jugaba bien Varela, que mandaba; jugaba bien Schiaffino, que organizaba; jugaba bien Máspoli, que paraba cuando le exigían; jugaban bien todos. Pero jugaba bien sobre todo Ghiggia, que se hizo un picnic en la banda derecha con Bigode.
En el minuto 65 una de sus escapadas termina en centro atrás, hacia Schiaffino, que venía apoyando la jugada por el callejón del ocho. Empalme a la escuadra y 1-1. Maracaná está ya como un flan. En el 83 otra galopada de Ghiggia por la banda derecha, entrada en diagonal, Barbosa que espera el centro y el uruguayo que dispara raso, por el primer palo: 1-2.
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Carga final. La carga final de Brasil es un malón sin orden ni concierto. El tiempo pasa. Piii-piii-piiiiiiiii. Fin. Silencio de muerte. Nadie habla, nadie se va, nadie se mueve. El protocolo preparado para entregar la copa no se lleva a efecto. La gente se mira, buscando una explicación que no hay. Jules Rimet coge la copa, baja, busca a Obdulio Varela y se la entrega, entre el barullo de felicitaciones de la pequeñísima delegación uruguaya. La gente empieza a desfilar a la media hora. Flavio Costa, el seleccionador de Brasil, tuvo que permanecer dos días en el estadio, hasta que se decidió a salir, disfrazado de mujer. Barbosa quedó maldito.
Muchos años más tarde, en 1993, pretendió visitar la concentración del equipo de nacional, y no se lo permitieron. Comentó lúgubremente: "En Brasil la pena máxima por cualquier delito es de treinta años; yo llevo 43 años penando por un delito que no cometí". La vida fue dura con Barbosa. Hasta su muerte fue cuidador del campo de Maracaná. Nunca pudo quitarse del recuerdo aquel fatal gol de Ghiggia en el primer palo. Uruguay regresó en triunfo. A los jugadores les premiaron con una medalla de plata. Los directivos se autoconcedieron una de oro.