Con Puyol se puede ir a cualquier parte
He ahí un jugador de una pieza. Cuando las cosas empezaban a estar de verdad feas, cuando el gol de Panucci ya jugaba descaradamente a favor del reloj, Puyol se fue arriba, indesmayable, en busca de un improbable descuido de la defensa romana. El descuido se produjo y él obtuvo el premio a su fe: un balón en zona de peligro, pegadito a la línea de fondo. Y después de la fe y el esfuerzo, la lucidez. Un vistazo, una mirada cómplice con Kluivert y un preciso envío al empeine de éste, que lo percutió con violencia a la red. Con Puyol se puede ir a cualquier parte.
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Porque esa jugada salvó una derrota del Barça que empezaba a presentirse y que hubiera sido injusta. Cada vez es más patente que el calcio vuelve la espalda al fútbol bien hecho. Sus equipos se colocan sobre el campo como escuadrones disciplinados y luchadores, impecables en la concentración y en la presión. Fieles al gran lema mussoliniano: credere, obbedire, combattere. Creer, obedecer, combatir. Pero de fútbol no dice nada el lema, y de fútbol se habla poco en la escuela de entrenadores de Coverciano. Se habla de calcio, que es otra cosa. Parecida, pero otra cosa.
Con esa otra cosa estuvo cerca de ganar el Roma, con un gol cazado al vuelo por el ex madridista Panucci, un extraño caso de jugador que sólo parece tener acomodo junto a Capello. El Barça salvó el empate con el apretón de Puyol y el resultado no es malo, si se tiene en cuenta que le deja líder. Aunque, eso sí, con una segunda ronda en la que le tocan dos salidas y sólo un partido en casa. Pero lo malo no es eso. Lo malo es que Rexach todavía no tiene claro cuál es su equipo. Lo único claro a estas alturas es que Rivaldo arregla muchas cosas, y las que no, las arregla Puyol.
