¿Tú viste a Grosso? ¿Cómo jugaba?
Me remonto a enero de 1964. El Atlético anda mal. Sus estrellas (Mendonça, Collar y alguno más...) no cobran lo que se les ha prometido. Están en huelga, o poco menos. El Atlético anda en los últimos puestos de la tabla y le pide ayuda al Madrid, que en esos días tiene un delantero en el Plus Ultra (después Castilla, hoy Real Madrid B), que mete muchos goles. Se llamaba Ramón Moreno Grosso, pero como en sus primeros años se encontró con otro Moreno en la cantera del club, pasó a ser conocido como Grosso. Apellido materno, de remota resonancia italiana.
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Era un brillante delantero. Para trasladarlo a estos tiempos, digamos que era un Morientes en agraz. Esbelto, elástico, fino, buen cabeceador. Garantía de goles en todas las categorías. Toda una promesa. Debutó con el Atlético cuando arrancaba la segunda vuelta. El partido, televisado, fue resuelto con un gol suyo, de tijereta, muy comentado. A partir de entonces el Atlético cambió su racha y Grosso alcanzó celebridad, que se completó cuando Di Stéfano, en su partido de homenaje, le dio el relevo. Grosso recibió del maestro de maestros un abrazo, el balón y el número nueve.
¿Y cómo jugaba Grosso? Con generosidad. Renunció a su don. Las circunstancias (las persistentes lesiones de Félix Ruiz, el cambio de Amancio de extremo a interior en punta) le obligaron a retrasarse al medio campo. No era su espacio natural, pero sacrificó sus mejores valores porque hizo falta y se lo pidieron. Para muchos se quedó en un jugador de complemento, emparedado entre Pirri y Velázquez, junto a los que parecía inferior. Tenía fuelle y jugaba lo suficientemente bien para cumplir durante doce años en un espacio que no era el suyo. Fue un monumento a la solidaridad.
