Jóvenes preparados
Joaquín debutó demostrando arte. Camacho decidió que la base de los Sub-21 tomará el mando del equipo
Positivo. Aprobado el primer test cara al Mundial. Falta mucho por pulir, pero los veinteaños vienen pegando fuerte. Faltó gol y sobró precipitación, pero ciertos destellos de Joaquín, Tristán o Vicente nos sirven para soñar, que no es poco. Empatamos ante un rival que puede estar a nuestro nivel en el Mundial. Y lo hicimos mereciendo algo más.
Entiendo a Guasch, es muy duro el exilio españolista en Montjuïc. Hace un frío que pela, la humedad te cala los huesos, llenar las gradas es casi imposible y cuesta meterse en faena futbolística. Menos mal que por arte de birle birloque entraron diez mil espectadores más cuando el partido había comenzado y que la presencia de Figo animó el cotarro. Para el portugués, Barcelona sigue siendo territorio comanche, vaya donde vaya. Tal vez por el gélido ambiente, Camacho decidió destrozar todas las alineaciones previas y quiso que los más jovencitos armaran el taco. Difícil. Enfrente estaba un equipo curtido, resabiado, con oficio. Couto sigue siendo tan eficaz como rudo. Figo se queda la pelota para él y hace jugar al resto. Y Pauleta, con el acompañamiento de Joao Pinto, inquieta arriba. Nosotros, mientras, presentábamos un equipo casi Sub-21 reforzado con Nadal, Baraja y Morientes. Puyol demostró que está sobrado, también de central. Xavi necesita creerse que puede ser el punto de referencia. Y Joaquín... Joaquín es otra historia. Bastó un mano a mano con Rui Jorge en el minuto siete para ver que el pueblo está con él. No es para menos. Tiene una frescura fuera de lo común. Desborda como si estuviera en una pachanga, con la misma pachorra del que se sabe superior. Pero seguía fría la noche. Muy fría. Dos cruces de Puyol ante Figo y Joao Pinto conseguían que el entusiasta público reaccionara. Muy poco. Ni Vicente ni Joaquín recibían juego. Morientes y Tamudo acababan perdidos buscando balones en el centro del campo y, finalmente, la veteranía de los portugueses maniataba a una selección nerviosa y sin ideas. Ibamos camino del desencanto con media hora jugada.
Otro partido. A falta de fútbol, el respetable se entretenía pitando a Figo. No era lo del Camp Nou, pero casi. Craso error. Figo ayer no estaba por arrugarse. En el minuto veintinueve midió bien y puso un balón perfecto en la cabeza del defensa Jorge Costa. Nadal no llegó y Puyol se quedó a medias. Otra vez las malditas jugadas de estrategia que nos hicieron polvo en la pasada Eurocopa. Otra vez de pardillos en los balones por alto. Pero hay que agradecer el jarro de agua fría porque ahí cambió todo. Por una vez fueron los aficionados los que dieron la vuelta a la situación. Con el gol en contra animaron más que nunca. Los jugadores lo percibieron e hicieron un último esfuerzo antes del descanso. Un zurdazo de Vicente en el treinta y ocho ponía prueba por primera vez al portero luso. Dos minutos después Morientes, que en el dieciocho había marrado un cabezazo de los que le encumbraron el domingo, aprovechó un barullo en el área para establecer el empate. La ocasión la había gestado Vicente, que provocó la falta tras trope entrada de Couto al bulto. Ahí se gestó la igualada y el cambio de tendencia. Los jóvenes habían perdido el respeto al choque y hasta parecía hacer menos frío.
La pesadilla del carrusel de cambios en el descanso hacía presagiar que aquella euforia se pararía. Para nada. Seguía entrando gente de patilla por los vomitorios (ya nos acercábamos a los cuarenta y tres mil) y los cinco cambios de Camacho daban marcha al partido. Aquello recordaba cada vez más a la Barcelona de grandes victorias en ese mismo estadio.
La clase de Tristán. Los miles de andaluces residentes aquí aún se recreaban con la pinceladas de Joaquín cuando otro de la tierra, Tristán, rompía a jugar en la reanudación. Dos jugadas suyas hicieron que Portugal se acogotara y decidiera encerrarse en su campo. Era otro partido. Mendieta se movía con libertad lejos de la derecha porque su puesto natural seguía bien cubierto por Joaquín. Helguera y Valerón daban otro aire al equipo y Tristán hacía de la suyas. Fueron quince minutos eléctricos donde sólo faltó el gol. Mendieta, en el cincuenta y cuatro, casi lo logra de falta directa. Otra vez vimos que tienen buenos porteros. En el rival, Figo ya no era silbado porque no rascaba pelota. Nuno y Simao eran dos fantasmas en la punta. El resto, defendía como podía.
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Como Camacho quería que jugaran todos, en el sesenta y cuatro metió cuatro nuevos de una tacada. Dos defensas y un portero. No tenía por qué resentirse el bloque, pero nuestro buen juego sufrió un parón. Al menos Munitis justificaba su presencia con entrega y chispa. Volvía el frío cuando a quince minutos del final todos nos calentamos con una entrada salvaje de Figo sobre Juanfran. Injustificada e innecesaria. Sí, llegó tarde, pero pudo hacer mucho daño. Para entonces, España era pundonor y hambre de victoria, aunque con pocas ideas, mientras que Portugal era brusquedad y apatía.
Del resto poco hay que decir. Si acaso que lo pasamos mal en los cinco últimos minutos cuando Capucho decidió irse solito a puerta ante la nulidad de Simao y Nuno Gomes. Nos la pudo armar, pero no hubiera sido justo. El empate era suficiente premio para un rival que, por causas extrañas, renunció a la pelea cuando lo tuvo todo a favor. Queda un regusto de esperanza tras ver cómo chavales de apenas veinte años pueden ser la base en el próximo Mundial. Ojalá.
