Pino Zamorano y el modelo de organización
En las páginas cuatro y cinco tienen ustedes un trabajo de Tomás Roncero sobre la forma en que Pino Zamorano ha desarrollado su carrera arbitral. Una historia de picaresca, de cambio irregular de colegio arbitral, hecha de complicidades con el propio colegio para falsear su residencia. Una historia que sería menor si no fuera porque retrata perfectamente los códigos con que se mueve una parte de ese colectivo: enchufismo, amiguismo, pequeños chanchullos, favores intercambiados... Un mundillo en el que la respetabilidad no es moneda de uso común.
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El resumen es que Pino Zamorano llegó a Primera División trafullando. Siendo así, no es de extrañar que resulte a su vez distraidillo en la aplicación de las XVII Reglas del fútbol, el código sagrado sobre el que creció este deporte. Su arbitraje y su trayectoria son un apunte más para urgir a la Federación a que mejore este ámbito, desprestigiado y degradado por una parte del colectivo. En nuestro fútbol todo es grandioso menos el arbitraje. El domingo en el Bernabéu todo fue grandioso menos el arbitraje. Los pinos zamoranos sobran en esta colosal fiesta.
Y otro apunte del caso: al Madrid se le pueden sisar dos penaltis y un gol como un templo y además pitarle en contra un penalti fuera del área, todo ello en el Bernabéu, sin que pase nada. El ruido durará poco y se olvidará antes que los errores de signo contrario, cuyo eco se prolonga por décadas, fomentando la obsesión de que los árbitros siempre barren para el Madrid. El arbitraje es un factor de azar, como tantos otros que tiene el fútbol. Más factor de azar cuanto peor es el árbitro. Pero uno tan malo como Pino es algo más que un factor de azar. Es una ruleta loca.
