Vuelve el trilero del área

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El 26 de abril cumplirá 30 años, una edad que en condiciones normales permite a un futbolista disfrutar como nunca de su juego. Pero lo suyo ha sido un suplicio, un mal de ojo inhumano, una cadena perpetua que le colocó dos grilletes a sus tobillos encorsetando su talento ¿para siempre? Seguro que no. Francisco Narváez Machón es de esos individuos que se empeñó en su día en trasladar su lúdico sentido de la vida a un terreno de juego. Desde su Jerez natal y pasando por esa escala histórica en Cádiz con Mágico González, Quevedo, Carmelo y Arteaga, Kiko fue creciendo a medida que su currículum dejaba aparte las frivolidades. Un 4-0 memorable al Dream Team y sus dos goles en la final olímpica del Camp Nou, que dio a España una medalla de oro de incalculable valor, fueron sus principales legados. Y el Atlético le echó el lazo...
Con la pelota coqueteaba como si fuese una dama de buen ver, su enorme corpachón ralentizaba y solemnizaba a la vez sus contactos con el esférico y terminó poniendo su sello particularísimo a su juego de espaldas al área. Sus 189 centímetros le permitían hacer de pantalla para engañar al perro de presa de turno, amagar al portero e inventarse un pase sutil para que Caminero, Penev o Vieri se aprovechasen de tanta imaginación irreverente. Era un trilero. Kiko nunca fue un goleador (aunque patentase el festejo imitando a un arquero), ni un delantero nato. Era un jugador descatalogado y disperso en ocasiones, pero capaz de conseguir que hasta sus enemigos simpatizasen con su causa. Sus tobillos maltrechos han estado a punto de apartarle para siempre de la pasarela. Pero le queda orgullo y ha gritado ¡libertad! Jugará en Segunda, como la temporada pasada. Pero, ahora, sin complejos. Almendralejo será su último escaparate. Ánimo, pisha.