Un espacio para la bondad en la frontera
La frontera es un territorio turbulento. Lugar de paso, en el que sólo se afincan tipos atrevidos, sospechosos, poco de fiar. Biotopo para fugitivos, buscavidas y jueces de la horca, como bien nos ha mostrado Hollywood en sus películas del Oeste, en realidad películas de la frontera. En el fútbol la frontera es la banda, ese exiguo terreno que queda entre la línea de cal que limita el campo de juego y la primera fila de espectadores. También ahí habita gente de poco fiar. Gente que no es de aquí ni es de allá. No son partido ni son público. No caben en el campo ni en la grada.
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Hablo de liniers, cuartos árbitros, entrenadores, suplentes, camilleros, masajistas, policías con sus perros, seguratas, cámaras, fotógrafos, reporteros de radio... Tipos pendencieros y de mal vivir. Ahí son pan de cada día las broncas y los empujones entre seguratas y reporteros, entre liniers y suplentes, entre cuartos árbitros y entrenadores, entre masajistas de uno y otro equipo. Vuelan los insultos y hasta los salivazos. Más allá de la raya está la felicidad de jugar el partido. Detrás, al otro lado de la valla, está la de contemplarlo con gozo. Pero a ellos toda felicidad les está vetada.
Pero, milagro, el sábado creció una flor en ese terreno escabroso. Marcos Martín, el niño enfermo que ama el fútbol, se aventuró hasta allí para encontrarse con Zidane, transeúnte ocasional por un territorio que no es el suyo. Zidane valoró la petición del niño, se quitó la camiseta y se la dio. Fue un instante, pero las cámaras de Telemadrid y Telecinco lo hicieron eterno. El suave gesto de cariño de un grande hacia un niño ilusionado. Un relámpago de belleza en un marco atrabiliario. Hasta en la frontera más dura hay un espacio para el bien. Ese espacio lo abrió el amor al fútbol.
