Cuando el árbitro es bueno, se le ayuda
Me lo dijo hace algunos años un jugador al que yo reprochaba por haber fingido un penalti: "Lo hice porque es un mal árbitro. Si el árbitro es bueno se le ayuda. Si es malo, tienes que defenderte como puedas, y ver si a río revuelto..." No era una lección de ética, pero me ayudó a entender el asunto. Para mi amigo jugador, un mal árbitro es un revuelo de consecuencias imprevisibles. Puedes salir expulsado por nada, o puede consentirte cinco fechorías en el mismo partido. Al final, como no le respetas, terminas tratando de favorecerte en lo posible de su inutilidad.
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"Pero al árbitro bueno se le ayuda." Recordé aquella frase cuando supe que Raúl se había acercado a Undiano Mallenco a comentarle sobre el gol anulado a Morientes. "Tranquilo. Era fuera de juego". Lo era, en efecto, de Helguera, que acudió al remate y despistó a Molina. Una jugada bien arbitrada, como casi todas las del partidazo del sábado, a cuya grandeza contribuyó Undiano Mallenco con su actuación. Un buen arbitraje no hace un buen partido. Un buen partido lo hacen los jugadores. Pero un buen arbitraje le da una pátina de seriedad que lo embellece.
En este árbitro tiene una esperanza el fútbol español. Su estilo merece la pena ser seguido e imitado. No es un fierabrás que se coma a nadie con la mirada. No sale pensando que le miran tanto como a Zidane. Respeta el juego y a los jugadores. No le importa en qué área o en qué estadio está a la hora de pitar un penalti o de anular un gol. Pita lo necesario, amonesta lo peligroso, o lo que realmente es una vulneración del espíritu del juego. Es joven. Me hace soñar que en nuestro arbitraje esté naciendo una nueva escuela, limpia y seria, refractaria al protagonismo. Ojalá.
