Magic y Jordan en una pieza
Cada partido de Zidane empieza a ser un acontecimiento. Es difícil recordar en alguna estrella de la historia del fútbol esa facilidad con el balón, ese aire suelto, como de patinador, con el que se mueve. Recibe, controla, esquiva la entrada y suelta el pase a veces en un solo movimiento. Todo suave. Su estatura le da un empaque especial. Su humildad le hace más grato a todos. Desde al niño que se atreve a pedirle la camiseta (y la obtiene) hasta a los compañeros, que le buscan para enviarle el balón o se muestran para recibir su pase. Un caso de perfecta adaptación.
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Nunca antes había jugado así. En su primera época en Francia no tenía compañeros del nivel que tiene en el Real Madrid. En la Juventus quizá sí los tuviera, pero las torturantes exigencias del calcio impiden que nadie juegue así. En la selección francesa juega de maravilla, pero ni ahí ha alcanzado su juego el nivel de excelencia de estos días. Hasta en Francia lo reconocen así. Lo que estamos viendo es algo extraordinario. Un artista en plena lucidez, rodeado de las mejores condiciones para brillar, y decidido a ser feliz cada vez que sale a la escena.
Jordan y Magic en una pieza, como dijo Magic Johnson, en inteligente elogio, tras verle. ¿Cómo ha sido posible esto? Por el aire decididamente creativo de este Real Madrid. Porque Del Bosque da un máximo de libertad a todos, confiando de su sensatez un mínimo compromiso con la recuperación del balón. Porque no hay pugnas entre falsas vedettes, sino tipos que hacen equipo, desde Figo y Raúl hasta Pavón y Casillas. Porque en este Madrid el fútbol puro está permitido, sin límite alguno. Y eso no pasa casi nunca. Y ahí, en el puro fútbol, es donde Zidane no tiene igual.
