Pepe Mel: suspenso en conducta
Dos tiempos, casi dos partidos, dos Tenerifes sin nada en común. El del primer tiempo fue un equipo hosco, impresentable, que sembró el campo de minas, hizo veinticuatro faltas, afeó el fútbol y degradó su imagen. Y no le sirvió para nada. Se fue al descanso perdiendo por un gol a cero. En el segundo tiempo salió a jugar al fútbol y resulta que jugó la mar de bien. Tan bien, que le pintó la cara al Madrid. A este deslumbrante grupo de estrellas internacionales le hizo recular, asustarse, pasar las de Caín. Y si no le sirvió para empatar fue por verdadera casualidad.
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¿Por qué no hizo el Tenerife desde el principio lo que iba a hacer después del descanso? ¿Por qué salir a sabotear un partido con una sucesión de faltas cuando se sabe jugar bien al fútbol? Nadie ha conseguido demostrar hasta ahora que el primer camino sea mejor que el segundo. Entonces ¿por qué insistir en él? A Mel hay que ponerle un suspenso en conducta. No se puede sacar a un equipo con esas potencialidades futbolísticas a tirar a los contrarios al suelo y a desentenderse del balón. A un equipo así hay que pedirle que haga lo que hizo luego: que lo borde.
Y un recuerdo para Mejuto, zarandeado en la primera parte. Su forma de administrar las tarjetas no tiene explicación y pudo tener su influencia en el desarrollo posterior del partido. Al descanso se llegó con una desproporción en faltas (24-7) que no tenía correspondencia en las tarjetas, y eso le pesó al Madrid en la segunda parte. Mejuto iba para mejor árbitro. Me parece que la doctrina de la lucha contra la presión que está fabricando su paisano Díaz Vega le pesó ayer, y quiso hacerse el fuerte. Y acabó embolicándose con el penalti y echándose al público encima.
