La Davis no se merece esto
Ayer veíamos por la televisión a un tenista espigado, fácilmente reconocible por su pronunciado mentón -le ponemos barba y parece salido de un cuadro de El Greco- contra otro de facciones tan maduras que parecía más entrenador que jugador. Ambos resultaban anónimos para el gran público. Se sientan junto a nosotros en un restaurante y pasan desapercibidos. Pues ambos disputaron el punto decisivo de la final de la Copa Davis, que es tradicionalmente uno de los grandes acontecimientos del deporte. Tantos tenistas que hay de fama y dos desconocidos se disputaban la gloria.
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Así es la Copa Davis. No es que por ello la ganáramos el año pasado, que el triunfo se lo disputaron nada menos que Ferrero y Hewitt, pero se trata de una competición muy abierta a las sorpresas. La final llega al término de la temporada, cuando los jugadores están rotos, y cualquier cosa puede ocurrir. Hewitt sólo ganó un partido, Australia perdió el doble, Rafter se lesionó y Arthurs, que a sus 30 años aún no ha ganado un solo torneo, se tuvo que jugar la Ensaladera ante el espigado Escudé, quien con 25 años no tiene en su haber más que dos torneos de segunda categoría: Toulouse y Rotterdam.
Una pobre final para un gran torneo, cuyo escenario tampoco contribuyó a engrandecer la Davis. Se jugó sobre hierba y es fácil imaginarse su estado tras haberse disputado anteriormente cuatro partidos: zona central pelada de hierba y llena de chuletas por los zapatazos de los jugadores. Resultado: un partido entre dos discretos jugadores pegando raquetazos sobre un patatal. Nada que ver con la final de hace un año, cuyo único parecido fue la pasión del público. Pero así es la Davis. Sólo vale ganar... si viene bien, porque hay eliminatorias que se tiran. Nosotros, sin ir más lejos, ante Holanda.
