¿Y qué hacemos ahora con Rivaldo?

Alfredo Relaño
Importado de Hercules
Actualizado a

Un genio del fútbol, Rivaldo, que sale cuando el partido está cuesta arriba para su equipo, el Barça, y que consigue marcar el gol del empate. Un jornalero de la gloria, Lacruz, que tiene que marcarle, secarle, frenarle, según los márgenes que el reglamento permite. Una lucha entre tantas. Una sucesión de refriegas en una batalla mayor, a su vez sólo una pequeña parte de esa especie de Guerra Máxima que es la Liga. Sólo un duelo entre dos jugadores. Poca cosa en el inmenso océano de pequeños duelos que es el Campeonato Nacional de Liga, dicho así, con mayúsculas.

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Pero un duelo tan importante como cualquier otro. No hay nada que deba ser tomado tan en serio como el juego y el fútbol es el más serio de todos los juegos. Así que hay que meterse en él con todos los sentidos, porque cada balón es el último. Y ya se sabe: por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo, por un caballo se perdió un capitán, por un capitán se perdió un batallón, por un batallón se perdió una batalla, por una batalla se perdió una guerra, por una guerra se perdió un reino y por un reino se perdió un imperio. O sea, la Liga.

Conscientes de ello, Lacruz y Rivaldo forcejearon. Y el árbitro, siniestro desconocedor del juego, fue a la banda a apoyarse en su subalterno para enredar el asunto. De esa inmersión en la cebollinez elevada al cuadrado emergió con una doble tarjeta que mandaba a Lacruz a la calle, sin suponer que estaba activando la bomba de relojería que ahora es el vídeo de la jugada. Ese vídeo que pone en evidencia el cate espaldero de Rivaldo a Lacruz. ¿Y ahora? Ahora los comités están en un charco por culpa del árbitro y su linier. Y dados sus antecedentes se puede esperar cualquier cosa.

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