Algo más que discurso
Sonrisa profidén, sí. Verbo fácil, sí. Porte y elegancia, sí. Sus enemigos dicen que nada más, que ahí empiezan y terminan las medallas del director general del Real Madrid. Lo mejor de esa fama bien llevada es que Valdano nunca entró al trapo de las críticas. Es más, es de los pocos que conozco en los últimos veinte años que no se ha plegado a chantajes e insultos (felizmente Florentino Pérez ha seguido la misma senda). Su amor por el fútbol, su demostrado buen gusto, deberían otorgarle mayor crédito pero, ya se sabe, no hay peor cosa que triunfar en la vida para caer antipático.
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No pretende esta columna ser una defensa de los valores de Jorge, ni mucho menos. Entre otras cosas porque el protagonista reniega tanto del halago fácil como del reproche producto del odio y el fanatismo. Es más, tengo que reconocer que esperaba más de su año de gestión. Desconozco si el corsé de la deuda o la ruina de estructura han capado su capacidad de maniobra. De cualquier manera, era de esperar más fantasía a la hora de solucionar el exceso de equipaje en el vestuario.
Pero me quedo con lo más importante: la mesura. Desde su puesto de mando jamás alteró la convivencia del vestuario, siempre respaldó al técnico, no dio síntomas de nerviosismo cuando vinieron mal dadas y, lo que resulta mejor: apostó por un sistema racional de fichajes (cierto es que impuesto desde las alturas pero asumido como propio). Ya sé que para traer a Figo y a Zidane no hace falta Valdano. Pero para todo lo demás sí. Incluso para ser el parapeto de los golpes futuros. En el argot actual, el salvapantallas.
