El desdichado traspiés de Guardiola
Uno de los peores reveses que puede sufrir un deportista en su carrera profesional es dar positivo en un control de doping. Aunque la sanción consecuente no sea grave (y en fútbol hay mucha manga ancha con esto, como hemos visto, salvo cuando se ha tratado de Maradona), sobre la hoja de servicios queda una mancha infamante. Aún concebimos al deportista como un individuo sano, natural, ejemplo de las excelencias de la especie, compendio de virtudes físicas y morales. El convicto de doping defrauda esas expectativas y se degrada ante la opinión pública.
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En el caso de Guardiola, su caída resulta especialmente sensible, porque se trata de un futbolista del que el aficionado guarda una imagen muy elevada. Por su discreción, su elegancia física y espiritual, su estilo de juego, lejos de las brusquedades, y porque lleva muchos años transitando por este mundillo tan atrabiliario sin haber incurrido en ninguna equivocación seria. La única mala imagen que se guarda de él (y que él bien borraría) fue su rendición ante Núñez el día que le forzaron a capitanear físicamente el vergonzoso abandono del Barça en la Copa.
El calcio es contagioso. En el calcio son relativamente frecuentes los casos de doping. Mucho más que aquí. Porque es un fútbol que ha ido mucho a lo físico (presión, presión, presión...), porque los médicos creen que saben mucho pero cada poco se les escapa un caso y porque el CONI, el fuerte comité olímpico del país, decidió entrar a saco en el tema hace un par de años, tanto en ciclismo como en fútbol y algún deporte más. Caiga quien caiga. Esa ruleta fatal se ha detenido ahora ante el número de Guardiola. Desde ahora nada será igual para él.
