Nunca me había gustado tanto Zidane

Alfredo Relaño
Importado de Hercules
Actualizado a

Nunca me había gustado tanto Zidane como anoche. Jugó con la visión de un grande, el esfuerzo de un peón, la habilidad de un malabarista y la gracia de un patinador. Un regalo para la vista y una aportación continua de buenos balones a sus compañeros de arriba. Cada pelota que pasaba por él salía mejorada. Aunque le llegara mal servida, en condiciones difíciles para el control. Y aunque tuviera siempre el aliento en el cogote de Casquero o Podestá, dos mastines de medio campo que entraban al bulto y que en el caso de Zidane daban con el vacío.

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Quizás es que se dieron, en lo que a organización del Madrid respecta, las mejores condiciones posibles para el francés. Dos jugadores por delante para los que proyectar su fútbol, Raúl y Morientes. Dos de respaldo para recibir y combinar, Helguera y Makelele. Y los apoyos de Figo, que merodeó un poco por todos lados pero que no le dificultó el juego. El partido tuvo aires de goleada, y aunque acabara con un marcador apretado y cierto susto en el Bernabéu, eso se debió más a la casualidad y a un despiste monumental de Makelele que a proximidad de méritos en el partido.

Con un jugador tan bueno en noche inspirada es casi imposible no ganar. El Madrid tuvo además la feliz noticia de que Morientes se reencontrara con el gol, lo que vino a compensar otras frustraciones cara a puerta: dos remates a los palos, un par de banderazos mal calculados del linier y un penalti (a Zidane) que se fue al limbo. El Sevilla fue un equipo esforzado y con algunas virtudes, pero se quedó muy por debajo de un Madrid en el que Zidane valió, por él solo, el precio de la entrada. Ya sólo falta que Figo recobre el tono para que el equipo centenario eche por fin a volar.

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