El pasteleo de los diseños color pastel
Vi el partido entre el Olympique de Lyon y el Barcelona. (Bueno, intenté verlo). El primero viste tradicionalmente de blanco. El Barça, ya lo saben, es blaugrana por tradición, vocación y sentimiento. Por alguna concatenación de insensateces ambos jugaron con un indefinible color pastel, uno medio metálico, el otro tirando a caquita dorada de bebé rico, ambos ilustrados con una doble barra vertical sobre el esternón. A vista de televisor se confundían. Seguirlo requería un leve pero constante esfuerzo. Algo así como seguir una buena película mal enfocada en la pantalla.
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Por si fuera poco con los cuartos árbitros, el fútbol padece ahora la mala plaga de diseñadores incompetentes, a los que jefes de marketing a su vez bobalicones piden segundas, terceras y cuartas equipaciones con la pretensión de darle al club un aire moderno y, de paso, sacarles si es posible las perras a aficionados incautos a los que se considera meros compradores compulsivos de camisetas, sean cuales fueren, con tal de que lleven el escudo de su club y un nombre grabado a la espalda. Sostienen que con eso van a pagar la inflación galopante del fútbol.
Pero con eso no pagan ni sus propios sueldos. Ni el del alucinado que las diseña, ni el del desahogado que las ofrece ni el del cándido que las adquiere para el club. El fútbol camina desde siempre y hasta siempre hacia una gloriosa ruina, como todos sabemos. Está bien. Que así sea. Pero una cosa es alimentar parásitos y otra alimentar insensateces. Esto del fútbol se basa en un par de principios: el balón ha de ser redondo y las camisetas de los dos contendientes deben ser claramente diferenciables. Quien quiera que sea que se acerque a esto, que respete eso tan fácil.
