El buen Madrid
Con un gran primer tiempo en nada parecido a la Liga, el equipo blanco liquidó al Anderlecht y logró la clasificación.
El Real Madrid se marcó un bailecito en Bruselas ante el Anderlecht para entrar en la segunda ronda de Champions con aire de arrogancia. Hasta el descanso fue una exhibición. Una maravilla de fútbol al primer toque, con profundidad, desmarque, sentido colectivo y todas aquellas cualidades exactamente de las que adolece en el campeonato de Liga.
¿Por qué en Europa sí? Aceptemos que equipos como el campeón belga son de la mitad para abajo en la tabla española, pero se trata de comparar la actitud agarrotada en el torneo doméstico frente a este eurodesparpajo capaz de arrancar los aplausos rendidos del mismísimo público del estadio Vanden Stock.
En diez minutos la situación estaba bajo absoluto control del Real Madrid. Apenas un par de escaramuzas de Mornar y Aruna Dindane fueron lo más vistoso del Anderlecht. Pero los dos puntas tienen más de Ben Johnson que de Maradona y el balón les era huésped en la bota. Por eso Pavón le fue tomando la medida al ex sevillista hasta dejarlo en fuegos de artificio, igual que sucedió con Dindane, un delantero peleón irreductible.
Era un partido para tocar y tocar la pelota hasta fundirla con la apuesta del ralentí que son Celades y Makelele. El Anderlecht dio metros en la zona de creación y eso fue su perdición. Una defensa demasiado atrasada y dos pivotes inofensivos en la brega (Vanderhaeghe y Iachtchouck) fueron caldo de cultivo ideal para un Guti muy dinámico y un Raúl metidísimo en funciones de apoyo y remate. No podía salir mal este cóctel si además aparecía de vez en cuando la electricidad de ese futbolista soberbio que es Roberto Carlos.
El brasileño es un espectáculo cuando se siente feliz, sin presiones externas y sin tensiones sobre el césped. Es trapecista, domador y hasta mujer barbuda. Su ausencia en la Liga ha sido, probablemente, tan dolorosa como la de Zidane para el Madrid en ciertos partidos.
En fin, el propio Roberto Carlos se encargó de romper el marcador con uno de esos disparos culebreados, poniendo las cosas en su sitio después de varias ocasiones claras de gol por parte madridista. El Anderlecht se resquebrajó como un equipo juvenil. Quedó a merced de Figo, Raúl y Guti, quienes hicieron bueno el mensaje de Del Bosque en la víspera, cuando dijo aquello del irresistible perfil atacante del Madrid. Tanto como para hilvanar una jugada de 25 toques, de esas de pachanguita en entrenamiento, dejando la pelota McManaman en la red de De Wilde. Una obra maestra colectiva del pase, control y apoyo con la que el Madrid dio por cerrada la noche.
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La segunda parte fue un dejarse llevar a sabiendas de un resultado final feliz. El Anderlecht apretó con Said y una red más asentada de su medular, pero el Madrid nunca se vio ahogado. Más aún, Del Bosque dio entrada a Rubén por Hierro, dejando en plena Champions a un eje de centrales de canteranos, que se batieron el cobre por alto y por bajo con emotiva bravura. Pasaron sus apurillos, pero ahí estaba un César muy serio y centrado, empeñado en justificar la titularidad que reclama en los periódicos. Los chavales abren un horizonte a la esperanza de que este Madrid tiene en casa recambios para tan delicada zona defensiva.
En el segundo tiempo el Madrid no tiró de la goma. No lo necesitaba. Con Savio y Morientes no se vieron cosas nuevas, sino peores y lo mejor fue que el partido se fuera al cierre con el apreciable sabor dulce de una primera parte que debería servir de guía y modelo al equipo blanco en la Liga.