El Madrid, en su competición favorita
Es otra cosa. El aire a ratos frívolo, a ratos inseguro, a ratos despistado, a ratos brillante, a ratos espeso y siempre desconcertante con que el Madrid ha arrancado en la Liga, se convierte en otra cosa en la Champions. Con los que estén, sin los que falten, el equipo es otro. Mete la pierna dura, aguanta la pierna dura, está atento, mide cada jugada, va y vuelve, se agrupa, acierta y falla, se dibuja y se desdibuja, pero siempre está metido en el partido. Así es más fácil ganar. Aunque se escapen goles, aunque el portero rival pare a veces lo imparable.
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Me dirán que el Lokomotiv es un petardo. Sí. Lo es. Es menos equipo que el Málaga o el Betis. Pero el Roma no lo era, y al Roma también le bailó el Madrid. Y cuando tocó resistir, por circunstancias del partido, un mal trance final, lo soportó con dignidad y sin daño. Es sobre todo cuestión de estar metido, de darle importancia a lo que se tiene enfrente, de respetar el partido, el momento, la situación. De respetar al compañero y de respetar la situación que se vive. De no despistarse y de elevarse por encima de la circunstancias que se van sucediendo, a veces adversas.
Lo digo porque ahora volverá Zidane. En la Champions no está jugando, y hay la tentación de pensar que cada vez que él entra se escacharra el equipo. Es sólo apariencia. Lo que resulta vital es que en la Liga el Madrid se agarre a los partidos como se agarra en la Champions. En los ratos buenos y en los malos. Que dejen todos de pensar en si Zidane está contento o no, si se la pongo ahí o me la devolverá allá. Que jueguen al fútbol con la misma despreocupada entrega con que juegan en la Champions. Cuando consigan eso, se habrán acabado sus problemas.
