Zidane está llamado a ser el anti-Dunga
Le pregunté ayer a Maldini: "¿Qué hace ahora Dunga?" Me respondió con una evasiva: "Está retirado. Me parece que hace algo como comentarista, pero no estoy seguro". Usted pensará: ¿y quién fue Dunga? Y yo me veo en la obligación de decirle que Dunga es el que tiene la culpa de todo. O la culpa de casi todo. Dunga fue un mediocentro de Brasil de no ha tantos años atrás. Jugador de corte, de rompe y rasga. Un blanco con peinado de marine y maneras de base de baloncesto. Un tipo de cortar, entregar al de al lado y colocarse para el siguiente corte...
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Un buen tipo, sin más pecado que el exceso de amor que su figura despertó en los entrenadores de todo el mundo. El modelo Dunga gustó per sé. Y encima tenía el sello de origen de Brasil. Cada cual quiso tener un Dunga. A ser posible, dos. Incluso Brasil quiso tener dungas de dos en dos. El país de Pelé se puso a producir dungas. Y como produce futbolistas como churros, empezaron a salir los nuevos dungas en serie: Mauro Silva (el mejor de todos), Mazinho, Emerson (hay dos), Flavio Conceiçao, Cesar Sampaio, Vampeta, Assunçao, Doriva, Rochemback...
Sobre la base de esa explosión de dungas, Brasil naufraga. Incluso tiene problemas para clasificarse para el Mundial. Pero hasta en una posición de debilidad, como la de hoy, el viejo prestigio del fútbol brasileño nos condiciona. Lo que antes llamábamos castizamente mediomatraca, nos aparece ahora dignificado como última oferta de la factoría brasileña. Pues he ahí el gran desafío de Del Bosque: en lugar de jugar dos dungas (Makelele, que no es brasileño sino francés, pero de esa escuela, más Flavio) un sólo mediomatraca con Zidane. Y cuatro delante. Ése es el desafío.
