El protagonismo estéril de la UEFA
Anoche no hubo fútbol. Hoy tampoco lo habrá. La UEFA lo ha decidido así. El fútbol ha parado en Europa. ¿Qué más cosas han parado? No han cerrado las bolsas, como bien sabemos por los telediarios, que dedican buena parte de su tiempo a preocuparse por los ahorros de los vivos. Tampoco han cerrado los cines, ni los teatros, ni los restaurantes, ni las discotecas, ni los pubs. Las televisiones no han retirado sus programas de entretenimiento, que se intercalan entre los noticiarios, necesariamente alargados ante la magnitud de la noticia. Sólo paró el fútbol.
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¿Y por qué para el fútbol? ¿Y por qué ayer, y no anteanoche? Si se jugó la jornada del martes, bajo la conmoción del suceso, bajo el temor a una escalada de consecuencias que afortunadamente no se está produciendo, ¿por qué paramos ahora? Si anoche se pudo ir en cualquier ciudad europea al cine o a cualquier espectáculo, ¿por qué no se pudo ir al fútbol? ¿Por qué ese énfasis en el duelo? ¿Por qué ese interés en estar por delante de todos a la hora de mostrar solidaridad con las víctimas? ¿Cómo no ven que en el fondo lo suyo es un gesto de pleitesía ante los terroristas?
El primer objetivo de todo terrorista es alterar la normalidad. Parar el fútbol europeo es una forma de conceder a los autores de la descomunal fechoría una pequeña victoria más. Sobre los millares de muertos, sobre las cenizas de las torres gemelas y del Pentágono, a los terroristas se les ha regalado un pequeño añadido: la fútil victoria de la interrupción del fútbol en la vieja Europa. La UEFA otorga ese tributo añadido a la fechoría terrorista. ¿Por qué? Por pura, simple y lamentable paletería. Porque no saben lo que tienen entre manos. Porque se han aturdido.
