Un varapalo estructural
La contundente derrota del Barcelona en el Metropolitano pone el acento en sus problemas colectivos y deja lecturas inquietantes para Flick.


El extravío del Barcelona ante el Atlético parece más que una noche aciaga y cuestiona la sostenibilidad de un equipo con tendencia, aunque no se circunscriba a todos los partidos, al descontrol. Flick se quedó sin respuestas tácticas ante el plan de Simeone, que antes utilizaron otros como Iñigo Pérez con el Rayo o Hayen con el Brujas. De ahí que no sorprenda el mal funcionamiento culé, con una línea defensiva tan adelantada como desatenta y expuesta, en realidad, por las deficiencias colectivas de un Barça que perdió mal la pelota y presionó aún peor.
Si algo caracteriza a Flick, es su aprensión hacia la precaución. Con todo, el entrenador había matizado en algunos encuentos el posicionamiento de su equipo, pero ante el Atleti retomó el camino del riesgo. Una actitud demasiado osada que fue un caramelo en el primer tiempo para un rival de extraordinario potencial. Simeone planteó atacar las espaldas del Koundé y Balde con Lookman y Giuliano, incluso en un dos contra uno incorporando a Ruggeri y Nahuel, actuación sobresaliente la del argentino, para después conectar con Griezmann y Julián entre líneas. Sobra decir, a la vista del resultado, que la estrategia resultó todo un éxito ante un Barcelona que nunca activó las correcciones necesarias y se desnudó demasiado fácil.
Por la banda derecha, Nahuel —36 pases completados, tres ocasiones creadas, tres centros...— y Giuliano tuvieron un pasillo que dejó en mal lugar a Balde, que nunca ha destacado por su inteligencia en los movimientos defensivos. Pero la culpa no fue exclusiva del lateral izquierdo. Descolocado, Olmo flojeó en las coberturas y Casadó-De Jong salieron de sitio a destiempo liberando las zonas interiores. El agujero era evidente y Griezmann-Julián intervinieron de manera desahogada entre líneas para triturar con su indiscutible calidad y visión de juego el precario escudo de Flick.


Sobre el papel, es poco entendible que las vigilancias sobre Griezmann y Julián fueran tan laxas. Pero el campo no engaña a nadie. El Barça no funcionó como colectivo y se fracturó en el balance. La brecha abierta entre los centrales y los centrocampistas vació los espacios interiores y provocó que el francés y el argentino repartieran juego y acudieran a la finalización (cinco remates entre los dos).


El Barcelona también se deshizo en el lado débil. Al desorganizarse en la presión, nunca administró con firmeza lo que ocurría en el otro perfil del campo. La basculación de la zaga, sin apenas ayudas, se olvidó de la custodia de Lookman, Giuliano o Nahuel. Sucedió en demasiadas ocasiones. El Atlético atacó por un lado y acostumbró a acabar por el otro. Con apenas 15 entradas en el último tercio de campo en la primera parte, los de Simeone generaron siete remates y seis ocasiones claras. Los cuatro goles, no así la diferencia porque el Barcelona también tuvo sus oportunidades, se quedaron cortos.

Fue un descalabro general. La fragilidad del equipo de Flick no remitió a las piezas de su defensa. No se trata de si Koundé, Cubarsí, Eric y Balde estuvieron mejor o peor, sino que se vieron arrollados por la presión equivocada de todo el bloque, agrietado entre líneas y lento en la reacción tras pérdida. El Barça no viajó junto, perdió la posesión en zonas poco convenientes y se desangró en el repliegue. Simeone optó por ubicar a Llorente en el centro del campo, tirado hacia el lado de Lamine para auxiliar a Ruggeri, con el objetivo de meter intensidad y aumentar sus opciones de recuperar el balón. La decisión fue más que acertada, descrita en los nueve robos del internacional español. Con la colaboración de Koke, enorme otra vez, Llorente quitó y movilizó las transiciones del Atlético que tanto daño hicieron a los de Flick.

Durante esa primera parte nefasta, el Barcelona fue incapaz de alargar sus acometidas, incurriendo en excesivos errores —29 pérdidas de Lamine, 17 de Olmo, 12 de Fermín, 10 de Koundé, 8 de Ferran, 7 de Casadó... —, un hecho que promovió que el Atlético pudiera correr y pillarle desacomodado. Fue bastante revelador el desajuste en la banda izquierda. Al jugar Olmo como falso extremo (ver campo inferior), el Atlético tuvo siempre salida por ese costado después de recuperar la pelota. El Barça se desacopló tras la pérdida porque no estaba junto, careció de agresividad en los saltos y se desinteresó en la supervisión de Giuliano, Griezmann, Julián o Lookman. Estaban demasiado lejos de poder atar en corto a las referencias ofensivas de Simeone. El desastre era inevitable.

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Flick tiene motivos para preocuparse. Las causas del cataclismo no sorprenden a nadie, con una debilidad manifiesta que rebaja sus expectativas de éxito y sacude los cimientos de todo el equipo. El problema es que viene de tiempo atrás y esa sensación se agudiza cuando jugadores como Pedri y Raphinha no están por su aportación superior en la gestión del balón y la presión, cada uno en su registro. En cualquier caso, el descrédito del Barcelona en el Metropolitano no va de jugadores, sino de los desarreglos de su estructura.
Verticalidad y vértigo

Con la mitad de pases y solo el 34,4% de posesión de balón, el Atlético remató cuatro veces más a portería y dio prácticamente los mismos toques en el área rival (22 por 23) que el Barcelona. El equipo de Simone abogó por el contragolpe como hoja de ruta. No necesitó ostentar el domino posicional, simplemente atacando por ráfagas hizo que el Barça se desviara del camino correcto y concediera un contexto de partido que no le favorecía. El juego directo del Atlético le pasó por encima.
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