Barcelona

De Jong, por fin en capitán

El holandés llevó el brazalete real del Barça y tuvo impacto en la final. No sólo en la posesión (99 toques, 94% de acierto), también en las ayudas. Mantuvo compacto al equipo y demostró carácter. Hasta se pasó de frenada y fue expulsado.

De Jong, con la mascota CAT, celebrando la Supercopa.
HAITHAM AL-SHUKAIRI
Juan Jiménez
Redactor jefe de AS. Fue colaborador en AS (2000-04) y, después de pasar por Málaga Hoy, regresó como jefe de Sección en Málaga. Delegado de Andalucía entre 2009 y 2012, colaboró en la integración digital-papel de AS en Madrid. Cubre la información del Barça y la Selección de baloncesto. Tres Juegos Olímpicos. Colaborador de SER, Canal Sur y Gol.
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Acusado tantas veces de tierno, discutido siempre su carácter, Frenkie de Jong se marchó de la Supercopa reforzado. Demostrando, y seguramente también demostrándose, que puede ser un líder, el holandés tuvo un impacto real en la final de la Supercopa. Mantuvo compacto al equipo. Tocó el balón en 99 ocasiones, con un 94% de acierto. Recuperó hasta seis balones y estuvo fabuloso en las ayudas. Pero su partido fueron más que números. Transmitió unas sensaciones fantásticas. Marcó junto a Pedri el ritmo del partido, contuvo a Bellingham. Si hizo falta, fue vertical y pisó el área (forzó una falta peligrosa del inglés en la frontal del área). Lució el brazalete para protestar a Martínez Munuera cuando consideró necesario, como en el pisotón de Carreras a Lamine y la patada de Asencio a Pedri. Y, encendido como iba, terminó expulsado por pasarse de frenada en una entrada excesiva sobre Mbappé. Se fue contrariado, pero con el trabajo hecho.

Renovado hasta 2029 el pasado mes de octubre, De Jong es un jugador que genera debate en Can Barça. Incluso algunas puristas han empezado a descreer de él. Esperaban más de un jugador que costó más de 80 millones de euros y al que no se ha visto cuando se le ha pedido dar un paso adelante. Por poner un ejemplo, el jugador criado en el Ajax no ha marcado un solo gol en la Champions desde que llegó en el verano de 2019. Pero para eso no se fichó a De Jong, un jugador capaz de avanzar muchos metros con el balón y romper líneas, pero con alergia al área. Para Flick, sin embargo, como para muchos, es un jugador fundamental porque da algo que considera básico: estabilidad a un equipo que ya tiene jugadores que toman más riesgos y brillan más aunque pierdan más balones.

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En Yeda, De Jong se rebeló contra alguno de los clichés que tiene colgados y que, como él mismo ha admitido, es difícil que ya se pueda quitar. Jugó con amor propio, como ya había hecho contra el Athletic. Demostró hambre, no es escondió en los duelos y ganó muchos. En definitiva, se ganó su sitio en el equipo. Porque Flick no regala camisetas de titular y, durante un par de partidos, De Jong tuvo que esperar en el banquillo su oportunidad porque al alemán le estaba funcionando el doble pivote Eric-Pedri. Su partido del domingo le reconcilia con la afición. Tal vez, con él mismo. Y, sobre todo, abre de nuevo una puerta a la esperanza.

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