El perfil ideológico del ‘mourinhismo’: “Era conmigo o contra mí; está en vías de extinción”
Periodistas, deportistas y aficionados ilustres dibujan un movimiento con origen en Londres y Milán y que sigue latente a medio camino entre la religión y la fractura.


José Mourinho (Setúbal, Portugal, 63 años) está de vuelta. Al final y tras días de misterio, acudirá al Bernabéu, estadio que le acogió con los brazos abiertos en mayo de 2010 y que le despidió tres años después entre división de opiniones. Pero lo que está asegurado es que su figura sobrevolará una vuelta decisiva de Champions entre el Madrid y el Benfica. De su lado continúa la legión de fieles que se abrazaron antes o después a sus postulados. Y enfrente permanecerá el resto que, con similares oscilaciones, han estado en la oposición. Entre dos aguas, el balón y poco más. El mourinhismo no tiene término medio. Amor u odio. Religión o piperío. La fractura no ha cicatrizado.
Aunque el comienzo de esta corriente de opinión dual habría que situarlo en España desde el día de su presentación, los devotos laten con carácter retroactivo. En 2004, hizo campeón de Europa al Oporto, posibilitándole ir al Chelsea con galones. Allí comenzó a ganarse sin saberlo al madridismo. Aquella dura eliminatoria frente al Barça de 2006, en la que criticó la roja a Del Horno por su hostigamiento a Messi (“teatro del bueno”), le acercó a Chamartín. Pero fue su paso por el Inter el que le acabó convirtiendo en algo más que un santo. El Barça y Guardiola fueron quienes más horas de sueño le robaron, pero también los que le elevaron a los altares.
En aquella campaña 2009-2010, el Barça se encaminaba hacia una nueva Champions a levantar curiosamente en la capital, pero los italianos, con Etoo de carrilero, aguantaron el asedio hasta el punto de bailar en el Camp Nou entre aspersores para acabar campeonando por sorpresa. “No hay madridista en el mundo que no le agradezca aún hoy lo que hizo con su Inter: impedir que un millón de culés ultrajaran la Cibeles”, sentencia Toñín El Torero, unos de los fans más ilustres al que su ídolo llegó a recibir en su despacho de Valdebebas, tras finalizar su último entrenamiento y junto antes de su partida, como sincero agradecimiento a tanto aliento y calor. “Hasta me firmó y regaló su camiseta”.

Sin ni siquiera haber rubricado su contrato, Jose ya era un ídolo más del santoral capitaneado por Juanito, así que Florentino Pérez le ofreció cuatro años, empujándole a que se despidiera de los suyos entre lágrimas, en la rampa de su futuro estadio, la misma noche que levantó la Orejona. Debía firmar de inmediato para que no se enfriaran los ánimos. El objetivo no era otro que frenar el dominio aplastante del enemigo. Salvo la trinchera culé, todo el mundo vio lógico que fuera nombrado generalísimo de todos los ejércitos para recuperar el orgullo perdido. No importaron los 8 millones invertidos por su libertad ni que a esa misma hora salían por la puerta Raúl y Guti. El Madrid venía de caer en Europa en octavos con una rutina dolorosa.
Juanma Rodríguez (EsRadio), uno de los más famosos costaleros de la cofradía de Mou, reflexiona: “El mourinhismo es una forma directa de afrontar los problemas, sin recovecos. Al principio asusta y sorprende, pero luego te acostumbras. Nada más llegar, todo el mundo en el Madrid era mourinhista. Durante la tercera temporada hubo deserciones. Recuperó la autoestima de un equipo (de un club, diría yo) que en el momento en que llegó Mou se quería muy poco. Y le dio la vuelta a la tortilla. Lo peor es que acabó estresando al vestuario y a muchísimos aficionados. Pero, pese a todo, si la tercera temporada hubiera ganado la Liga o la Champions habría seguido. Si no siguió no fue por el estrés sino porque no ganó”.
En esta línea camina Siro López: “Le asocio a la meritocracia y, sobre todo, a la defensa del club por encima de todo, incluidos sus propios intereses. Todavía tiene más fieles que detractores. Cimentó las bases de lo que después vino con las Champions. Le sobraron polémicas generadas en torno a la plantilla. Queda el espíritu que infundió. Eso sigue vigente, aunque se va perdiendo. Aún recuerdo el día que tuve un incidente con Fernando Burgos (fuimos a juicio). A la siguiente noche me llamó, con el equipo en Málaga. Pensé que era una broma. Le dije: ‘Dejad de vacilarme, qué imitador eres’. Pero no, no. Me agradeció que le defendiera”.

Otros periodistas como Juanma Trueba, cronista estrella de aquellas batallas en AS, tiene una visión diferente: “El mourinhismo es, sobre todo, una evocación nostálgica que parte de un relato falso y que ha encontrado acomodo entre quienes gustan de los entrenadores autoritarios. No es cierto que acabara con el dominio del Barcelona de Guardiola, invito a repasar el palmarés entre 2010 y 2013. Lo que sí consiguió fue sentar las bases de éxitos posteriores. Lo que tampoco se le puede negar es su incalculable contribución a la crispación general y a la división del madridismo. Lo mejor fue la tensión competitiva y el perfeccionamiento del contragolpe. Lo peor fue el dedo en el ojo de Tito, fomentar que el club asumiera el papel de villano, la persecución a Casillas y la división entre la masa social”.
El runrún empieza pronto
El primer y sonado capítulo que inició la división llegó en noviembre, a los tres meses del estreno, cuando la UEFA castigó al Madrid por forzar las amonestaciones de Xabi Alonso y Ramos ante el Ajax para cumplir ciclo. Comenzó a enseñar sus cartas. Poco después llegó el 5-0 en el Camp Nou que demostró que su plan de contención aún tenía goteras. Pero la victoria en la clásica final de Copa de 2011 le elevó. Tanta importancia se le dio a aquel triunfo firmado por Cristiano que hubo rúa. Fue el primero de los tres que logró Mou sumado a una Liga, la de los récords con 100 puntos y 121 goles, más una Supercopa de España. El verdadero punto de inflexión llegó con una espectacular tormenta de Clásicos: cuatro en tres semanas. Alberto Cosín, autor de La Galerna, no lo olvida: “Mou tuvo una influencia fundamental en hacer un equipo competitivo y ambicioso como se demostró. También influyó en crear una gran unidad dentro del club y en el vestuario para seguirle a él en absolutamente todo. Redefinió la tan manida palabra de señorío. No se trataba de una filosofía barata, sino que radicaba en el compromiso total y en decir lo que uno piensa a sabiendas de que le van a llover numerosas críticas”.
En las semifinales de Champions de 2011 que enfrentó a Madrid y Barça se mascaba la tensión de aquella catarata de Clásicos. En la previa, Mou saltó por los aires por la filtración de que Pepe sería mediocentro en el duelo de ida para contrarrestar los típicos aparcamientos de Messi entre líneas. Y ni qué decir cuando Diego Torres caricaturizó en El País sus patadas a las botellas de avituallamiento dentro del vestuario. La expulsión de su paisano aquella noche, el pivote inventado, tras un cruce suicida con Alves, acabó por sacar a Mou de sus casillas. Fue la noche del famoso “¿por qué?”. Como afirmó en la sala de prensa Pep, sabedor de que sus chicos le veían desde el hotel de concentración, Mou ahí era “el puto amo”. El líder del Madrid llegó a estar tan crecido que en una ocasión, antes de un derbi, retó a su afición a acudir con antelación al estadio para que le pitaran a él solo antes de comenzar el duelo.
La resaca de aquel serial trajo consigo una mayor polarización. Llegó incluso a haber miedo. Mou, según diversas fuentes consultadas en Valdebebas, “se obsesionó”. Una mañana, en la sesión de activación antes de un Trofeo Bernabéu, dijo a una buena remesa de canteranos que quién había filtrado su convocatoria masiva a los periodistas. “Algunos ni pestañeaban”. En otra sesión, viendo que Marca había desvelado que Di María estaba lesionado antes de jugar con el Barça, le hizo saltar en la previa a trotar para despistar pese a que casi no podía moverse. Luego le convocó, le hizo concentrarse y hasta le subió al bus camino del estadio para finalmente… dejarle en la grada. No quería regalar ni una pista. Y mucho menos darle la razón a quien le tenía en el paredón constantemente.
El columnista Javier Aznar vivió esos episodios con palomitas: “Parece que aquello durase mucho más de tres años. Le acabó devorando el personaje y no supo aprovechar para hacer algo más tras la salida de Guardiola. Obra inacabada. Ancelotti fue lo mejor que le pudo pasar al Madrid. La huella en Arbeloa y en otros jugadores-entrenadores que ha tenido se ve en ese afán por ponerse delante absorbiendo críticas y atención para proteger. Algo que se lleva hasta el paroxismo. Rozando falta de critica o exigencia”.
En el lado culé afincado en Madrid, Rafa Cabeleira (SER, AS y El País) lo ve así: “El mourinhismo es una pequeña derrota del madridismo porque nace como contraposición al guardiolismo: es una copia y no precisamente barata. En el Madrid nunca existieron los ismos de ningún tipo o no los recuerdo. Si hacemos caso a las redes sociales puede parecer que el mourinhismo es todavía mayoritario, pero yo que soy muy de testar este tipo de cosas en los bares, o en la cola de la carnicería, diría que es una moda que pasó a mejor vida, como las chupas con tachuelas o las camisetas de Acid House”. Moisés Llorens (ESPN) analiza el fenómeno desde el lado culé de la Ciudad Condal: “Podría haber sido algo futbolísticamente muy interesante, pero se convirtió en una manera de encarar todo al extremo y de expresarse demasiado violenta. La gente se fue radicalizando. Aquella pancarta (‘Tu dedo nos señala el camino’, tras acosar a Tito, al que luego llamó Pito) es la definición perfecta de lo que se pretendía. Queda la huella de un técnico que traicionó a un compañero y agredió por la espalda. La definición de un cobarde. Sin embargo, una vez me lo encontré en una gira y era muy natural. Con los niños, antes de saltar al campo, es divertido y cariñoso. Tiene un corazón muy grande pero la necesidad de llevar todo al límite compitiendo…”.
La prensa e Iker...
Con estos detalles el ambiente se enfangó. Y mucha culpa fue por su divorcio con los periodistas, a los que acabó por expulsar del avión y del hotel de concentración. En la plantilla comenzó a haber también una fricción acentuada. Mientras Arbeloa lideraba la escuadrilla de fundamentalistas con Pepe triturando a Casquero, otros, entre los que fueron sumándose de Ramos a Cristiano, disentían. Menos mal que aquello no contaminó del todo en la Selección. Miguel Ángel Díaz, hoy en la Cope, aún respira aliviado: “Era conmigo o contra mí. El todo vale. Es sinónimo de división y de fractura. Es pretender enseñar a aficionados que llevan toda la vida siéndolo, qué es el madridismo. Hoy tiene muchos más detractores que defensores. El mourinhismo está claramente en vías de extinción. Tuvo mucha repercusión. Sus titulares rellenaban solos los programas y páginas. Lo peor fue el clima irrespirable que generó que, como reconoció él la semana pasada, rozó la violencia”.

Miguel Gutiérrez (La libreta de Van Gaal) fiscalizó como nadie aquellos continuos conatos de incendio: “Vino a eliminar un concepto tan arraigado como el de ‘señorío’, que tan a gala llevaba el madridismo y que Mourinho redefinió como ‘morir en el campo’”. Aumentó la crispación en el fútbol español (no toda achacable a él). Es curioso, pero hoy podría haber ‘indiferencia’ y eso casa mal con un personaje como él”. Al mismo tiempo del ruido que generó, comenzaron a brotar cuentas a favor y en contra de Mourinho en Twitter. Unas, como bastiones de defensa (El bar de Mou). Otras, al ataque o simplemente parodias (Llourinho). Aquello era un cuadro. Casi un esperpento. Antón Meana (entonces en Radio Marca y ahora en la SER) vivió en su carne este recrudecimiento al sufrir un cara a cara tenso en una sala privada junto a Mou y su ayudante Silvino Louro. “Intentó rebelarse contra el poder establecido y valía cualquier forma. Tiene más fieles pero la suma de los detractores y los silenciosos es mayor. Lo mejor fue que compitió cara a cara a un equipazo. Es su mejor legado. Lo malo es que se enfrentó a todos y ridiculizó a muchos. Fue un personaje bastante nocivo. En 2017 le vi en una rueda de prensa en una gira en UCLA, cuatro años después de lo nuestro, y me dieron turno de pregunta en una rueda de prensa suya porque él quiso y me saludó con una amabilidad increíble”. En esa pretemporada, pese a compartir instalaciones con el Madrid en EEUU, donde aún quedaban alguno de sus jugadores, no se pasó ni a saludar. Prueba de que las relaciones ya no eran las que fueron.
Susana Guasch (Movistar) tiene mil anécdotas con un buen hombre con pinta de francotirador en aquella etapa en la que vivía a pie de campo con La Sexta. “Tuvo cosas buenas, pero dejó momentos inaceptables. A estas alturas está todo superado. El Madrid posterior ganó seis Copa de Europa. Es un recuerdo. La mejor huella que dejó es no rendirse. Lo malo es el barullo. A veces necesitaba montar conflictos, como tantos otros entrenadores. Cuando el Madrid gana su Liga en San Mamés, el árbitro pitó el final y fui la primera persona en ir a felicitarle. Me apartó con un manotazo y me tiró el micro. Se lo dije incluso a Ramos. Estaría enfadado por algún comentario que hice… He tenido la habilidad de encabronar a Mourinho, Zidane, Luis Enrique y Guardiola. Sólo me falta Mendilibar”.
Los pro y los anti buceaban en cada una de las apariciones de Mourinho para defender sus posiciones o criticar las del adversario. Según conviniera. Su caballito con Callejón, el listado con agravios arbitrales, sus gustos con Higuaín o Benzema y su hartazgo con los asuntos médicos partían el mundo en dos. Su altavoz Eladio Paramés tampoco era un bombero. Cómo estaría el panorama para que hasta Alejandro Sanz, por poner un ejemplo de hombres de paz, acabara pisando fuerte y le criticase. Poco le importó. Tiempo después, Mou se hizo con una de las casas del cantante. No existen haters para frenarle. Pesa más el barco que pilota su agente Jorge Mendes, donde han viajado durante este siglo una nutrida Guardia de Corps, con jugadores para los que fue un padre como Ibra, Figo, Drogba, Zanetti o Lampard, más miembros de su staff como Rui Faria. Y a ellos se han ido sumando todo tipo de personajes del deporte, la cultura y el espectáculo. Ricardo Gómez, Carlitos en Cuéntame, fue uno de sus grandes defensores. Como Julio Iglesias (“soy profundamente mourinhista, estoy atraído por su imperfección”), la cantante Vega (“en el fútbol hay mucha pose y me va la vena macarra”) y hasta Feliciano López (“es un pedazo de entrenador y, sí, se puede ser amigo suyo y de Casillas”, dijo hace nada en El Cafelito de Pedrerol).
Hablando de Casillas… Sentar al yerno perfecto, para dar la titularidad a Adán en primera instancia y tiempo después a Diego López, no fue precisamente un guiño o acercamiento. Aquello no sólo arrastró a los amigos de Iker, algunos de ellos pesos pesados de la prensa. El sectarismo se acentuó tanto que se llevó por delante a los que ya debatían hace años por el legado de Del Bosque y similares. Todos en el mismo saco. Y, para colmo, reveló aquello de que había un topo en el vestuario y se sumó la ocurrencia de negarse a dar más conferencias ante los plumillas y mandar a Karanka a los leones. Pero no todos eligieron entre papá o mamá. Hay mucha gente que como Feli aún sigue queriendo a los dos. Toñín conoce a mucha gente así: “Su Liga fue increíble. Puro rock and roll. Benditas ruedas de prensa. Había salsa y generaba debates hasta en la iglesia. Lo de Casillas fue duro. Aquellas declaraciones de Sara Carbonero, entonces su mujer, diciendo que había problemas en el vestuario… Iker es un mito y a Mourinho le añoramos. Todo cabe”.

Episodio aparte fue lo ocurrido con otro emblema como Jorge Valdano. El argentino convivió con él como director general del Real Madrid y acabó saliendo por la puerta de atrás por no ejercer la portavocía con la beligerancia exigida. Mourinho pasó a ser nombrado mánager general con una directiva entregada a su causa que le dio poderes totales y los aireó con un comunicado oficial incluido. Pero más allá de las cuitas extradeportivas, Europa, y no el dedo de Tito, marcó el camino de Mourinho. Encadenó tres semifinales de Champions pero, sin embargo, no fue capaz de plantarse en una final y, sobre todo, ganarla. La Décima no llegó hasta que apareció en escena Ancelotti. Así, su final de trayecto se anunció un 20 de mayo y su despedida llegó ante Osasuna. Los aficionados más radicales, antes de que la grada de animación blanqueara su fondo, le regalaron una placa. Y desde ahí, tras un adiós oficialmente “pactado” antes de tiempo, se dedicó a repartir caramelos a los que habían dado la cara por él. Hubo entrevistas emotivas.
Edu Pidal (Onda Cero, y en aquellos años en la SER) resume estas dos caras del personaje: “Era siempre afable y empático. En una de esas entrevistas con De la Morena soltó la frase que encendió a Preciado: ‘Hay equipos que piensan que no pueden ganar al Barcelona y regalan el partido, salen con los suplentes. Si pasa muchas veces será difícil para nosotros’. Manolo me contó que volvía a casa de cenar con unos amigos y, en el coche, iba escuchando la radio. Se fue a la cama con el calentón y al día siguiente se desahogó. Con el tiempo lo arreglaron, lo visitó en Valdebebas y se regalaron elogios. Al conocerse se cayeron bien”.
Mourinho era así. Un día instaba en San Sebastián a Julio Cendal, jefe de seguridad, a arrancar el autobús aunque dejara en tierra al mismísimo Florentino, el presidente con el que aún se mensajea. Y otro tomaba café en privado con periodistas como un colega más. Por eso esta noche, después del Caso Vini y el racismo, es capaz de todo. Se descarta, en principio, que se cuele en el estadio dentro del cesto de la ropa como ya hizo una vez en el Chelsea. Pero nadie lo confirma. Ya lo dice Courtois: Mou es Mou.
Noticias relacionadas
¡Tus opiniones importan! Comenta en los artículos y suscríbete gratis a nuestra newsletter y a las alertas informativas en la App o el canal de WhatsApp.
¿Buscas licenciar contenido? Haz clic aquí





Rellene su nombre y apellidos para comentar