ESPANYOL

Pendín, una vida entre Bielsa, Maradona y Aragonés

El asistente de Vicente Moreno, encargado del balón parado en el Espanyol, se dedicó al fútbol tras “un click” con 17 años en Newell’s.

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Dani Pendín.
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Cuando hay un saque de esquina, Vicente Moreno se sienta y emerge una figura espigada y de melena que no para de hacer aspavientos, de gritar, de moverse y de saltar con una pasión propia. Es Dani Pendín, ex compañero del técnico del Espanyol en Xerez, amigo y responsable de un balón parado que le ha dado al Espanyol seis de los 14 goles que acumula. Pero detrás de su papel secundario, se esconde el protagonista de una vida con historia.

Pendín nació en Rosario en 1974 y empezó a jugar a fútbol en ‘La Consolata’ junto al Kily González, que después hizo carrera en Zaragoza o Valencia. Criado en una familia de clase media, con unos orígenes entre Venecia y Salamanca, su padre era mecánico y su madre se encargaba de cuidar de su hermana Claudia y de él. “Recuerdo los sacrificios de mi padre para llegar a fin de mes y para comprarme unas botas de fútbol”, explica Pendín, que ingresó en las inferiores de Newell’s y que charló con AS de su vida hace unas semanas.

Marcelo Bielsa, en aquella Argentina que idolatraba a Diego Maradona, era el coordinador. Su sabiduría cambió la vida de Pendín, como él mismo relata. “Con 17 años empecé a tomármelo en serio. Bielsa ya me explicaba cómo debía cuidarme. Hubo un día en el que hice un click”, comentó. Ese click se produjo una noche a las cuatro de la mañana. Los equipos de Newell’s estaban convocados a esa hora para ir a jugar a Buenos Aires. Pendín, que había salido con unos amigos a divertirse, llegó algo tarde. “Bielsa me echó una bronca. Vi a mis padres decepcionados. Me dijo que no le hiciese perder el tiempo a él ni a mi padre. Ya no salí más”, explicó.

“Viví en un barrio pobre, donde la droga y otras cosas estaban a la orden del día. Tengo amigos que cayeron, algunos estuvieron presos e iba a verles pero necesitaba dejar el pasaporte para poder cenar con ellos. Quién dice que no estuviera coqueteando… Tuve la suerte de jugar al fútbol y quitarme de esas cosas”, reflexionó Pendín.

Dani Pendín.

"Las dos operaciones de cara" y el gafe de Pedro José

Fue escalando el mediocentro hasta que con 19 años vivió otro momento imborrable. Diego Maradona necesitaba preparar el Mundial de Estados Unidos 1994 y Newell’s lo acogió debido a su buena relación con Eduardo Solari (padre de Santiago): “Para mí era un ídolo. Entiendo lo que es Messi, pero Maradona es indiscutible para una generación. Nos regalaba ropa Puma, aún tengo cosas de él. Éramos sus sparrings, nos poníamos de barrera en las faltas. Flipábamos”.

Tres años después de aquel “sueño”, Pendín viajó a España. Llegó al Oviedo pero para unirse a sus 22 años al filial. A la segunda temporada, Luis Aragonés, que entrenaba el primer equipo, le dio el empujón que necesitaba para consolidarse como un futbolista importante en Segunda División. “Me dijo, ‘Flaco’, ven aquí. No jugará con el primer equipo, no pierda el tiempo. Váyase a un equipo de capital de provincia, necesitan que hablen de usted”. Luis Aragonés le ayudó a irse al Burgos. Marcó el gol del ascenso, jugó tres años y fue un ídolo.

"Me dijo, ‘Flaco’, ven aquí. Usted no jugará con el primer equipo, no pierda el tiempo. Váyase a un equipo de capital de provincia, necesitan que hablen de usted"

De Burgos pasó a Xerez, donde sintonizó rápidamente con Vicente Moreno. Bernd Schuster cambió el sistema de juego para que ambos se acoplaran al mediocampo. El argentino les costó 1,2 millones de euros. Luego Castellón y Pontevedra antes de la retirada. Pero su carrera no había sido de color de rosa: “Me rompí dos veces la cara”.

Y, curiosamente, en todas ellas hubo un futbolista, Pedro José, que vivió su mejor época en Primera con el Extremadura. La primera vez fue en un choque en una acción fortuita cuando jugaba en el Burgos: “Estuve tres meses fuera”. Y, la segunda, cuando jugaba en el Pontevedra con Pedro José presente en el campo. “A la tercera vez que lo vi le dije que se alejara de mí”. Ese agresividad a balón parado (“yo vivía de mis goles de cabeza, por eso tengo fracturas por todos los lados”).