REAL ZARAGOZA / HISTORIAS DE SEGUNDA (XXXIV)

El séptimo ascenso del Real Zaragoza (I)

El equipo aragonés, bajo la presidencia de Soláns hijo, acabó en Segunda División 24 años después. Paco Flores, un técnico de la cantera del Español, fue nombrado entrenador y Miguel Pardeza regresó al club como director deportivo.

Zaragoza
El séptimo ascenso del Real Zaragoza (I)

Después de 24 temporadas consecutivas en Primera División, al Real Zaragoza se le apagó la luz en El Madrigal la noche del 5 de mayo de 2002. Fue un domingo tristísimo y con un final lamentable, porque a la conclusión del partido, correspondiente a la penúltima jornada, varios energúmenos del Villarreal saltaron al terreno de juego, sin que nadie los detuviese, para increpar primero y agredir después a los abatidos jugadores del equipo aragonés. Láinez recibió un golpe en la nuca de un seguidor amarillo y respondió derribándolo de un puñetazo; Acuña se peleó con Martín Palermo y persiguió después por todo el campo a un hincha local y lo pateó varias veces hasta que cayó al césped, donde lo pisotearon Juanele, Rebosio, José Ignacio y Drulic; Milosevic, fuera de sí, golpeó por dos veces a Oliver Duch, fotógrafo de ‘Heraldo de Aragón’… Nunca un descenso del Zaragoza había tenido un colofón tan desagradable, tan bochornoso y tan doloroso, porque una generación entera de zaragocistas no había visto a su equipo en Segunda División y sí había disfrutado de tres títulos de Copa y de la Recopa de París.

Pero toda la temporada 2001-02 fue un puro esperpento para el Real Zaragoza: Goran Drulic, el que fuera antes de Aimar el fichaje más caro de su historia, se rompió la rodilla en el primer entrenamiento de la pretemporada y estuvo seis meses de baja; el Logroñés, de Segunda B, y el Servette suizo lo eliminaron, respectivamente, de la Copa y de la Copa de la UEFA; la fractura social fue una constante, con el punto culminante y autodestructivo de que una gran parte de la afición de La Romareda le pidió al ‘Toro’ Acuña que fallase un penalti contra el Villarreal para así precipitar la destitución de Chechu Rojo, al que no se quería ni en las victorias... Rojo cayó, pero Luis Costa, el socorrido remedio casero de Soláns hijo, no surtió el efecto deseado en su tercer regreso y a los dos meses, superado por las circunstancias y la irresponsabilidad de varios jugadores, presentó su dimisión. A la desesperada, el Zaragoza repescó a precio de oro a un desconocido Milosevic, pero en febrero el equipo entró en coma y ya no se recuperó. Marcos Alonso, el tercer entrenador, llegó a siete jornadas del final del campeonato y puso en marcha la maquinaria de la propaganda desde su presentación –“He venido en el avión repasando el calendario y no veo contra quién podemos perder”-, pero el Zaragoza no le ganó a nadie y acabó el último.

Alfonso José Soláns, el hijo del presidente que ganó la Recopa, envió días después una carta a todos los socios proclamándose responsable aunque no culpable del descenso, pero la realidad es que aquel fracaso fue la directa consecuencia de haber ido vendiendo todos los años a los mejores futbolistas (Morientes, Dani, Gustavo López, Kily González, Milosevic…) y, sobre todo, de rebajar el presupuesto del Real Zaragoza desde el quinto o sexto puesto del fútbol español, donde había estado desde la aparición de los ‘Magníficos’, hasta el decimotercero. Y todo ello por llevar hasta las últimas consecuencias, y de una manera reiterada, su prioridad empresarial de privilegiar el precio sobre la calidad.

Ya la temporada anterior el Real Zaragoza había evitado el descenso en la última jornada mediante la carambola del empate en La Romareda frente al Celta de Víctor Fernández, en un partido de verdadero guante blanco, y de la derrota del Oviedo en Mallorca. Pero el presidente fue el único que no se salvó. “Soláns, aprende la lección. Invierte”, se podía leer en una enorme pancarta que un grupo de aficionados le colocaron delante del palco a la conclusión del partido y en medio de una gran bronca.

Doce días después de salvarse del descenso, y contra todo pronóstico, el Zaragoza ganó en La Cartuja su quinta Copa, precisamente frente al Celta de Víctor, pero eso no le dio tregua a Soláns hijo, que, enfadado por las críticas, prohibió por primera vez en la historia del club la entrada a periodistas y conspicuos aficionados a la cena de celebración del título en el hotel Los Lebreros de Sevilla.

El presidente Alfonso José Soláns.

Sin embargo, la presión social surtió su efecto y Soláns se decidió por una vez a ‘tirar de talón’. Y destinó gran parte de los 4.230 millones de pesetas que el club había ingresado un año antes por el traspaso de Milosevic al Parma a tres contrataciones relevantes: el serbio Drulic, el argentino Galletti y el brasileño Esquerdinha. Y tras la grave lesión de Drulic llegaría como relevo de urgencia el croata Bilic y en el mercado invernal se lograría la apuntada cesión de Milosevic. En total, 3.643 millones de pesetas de inversión, o de gasto, como acostumbraba a decir Soláns. O lo que es lo mismo, casi 22 millones de euros, moneda que entró en funcionamiento en la Unión Europea el 1 de enero de 2002. Sólo el Real Madrid, el Barcelona y el Valencia desembolsaron ese curso más que el Zaragoza en fichajes.

Pese a que ha quedado como asumido que por Goran Drulic se abonó al Estrella Roja un traspaso de 2.500 millones de pesetas, lo cierto es que la venta pura y dura se acordó en 1.500 millones y que el resto hasta 2.481 millones fue una parte importantísima del contrato de cuatro años del jugador, que le abonaba el propio Estrella Roja en Belgrado, además, de las comisiones a los intermediarios de la operación. El 5 de febrero de 2008 la polícia serbia descubriría que el que fuera presidente del Estrella Roja, Dragan Dzajic, se quedó con 500 millones de pesetas del traspaso de Drulic, además de apropiarse de otros 520 millones del salario del futbolista, tras falsificar su firma en varios documentos y una cuenta bancaria.

Así que la paradoja de aquella temporada 2001-02 tan nefasta y calamitosa fue que la vez que Alfonso Soláns se decidió, por fin, a gastar, se le fue el equipo a Segunda División.

Hasta la llegada de las sociedades anónimas al fútbol español, los presidentes asumían con su inmediata dimisión su responsabilidad o culpabilidad por un descenso, y así el nuevo presidente, nombrado o elegido, podía partir de cero. Pero con el 85% de las acciones del club heredadas de su padre, Soláns hijo continuó al frente del Real Zaragoza, pese al enorme desgaste personal que había sufrido en la temporada.

Paco Flores, el entrenador del séptimo ascenso.

El descenso fue tan traumático que durante una semana larga en la ciudad se disparó contra todo y contra todos, aunque no cabían ya más lamentaciones ni falsos actos de contrición y el Zaragoza se tuvo que poner enseguida manos a la obra para regresar en un año a Primera División. La primera medida era contratar al entrenador del ascenso y, por recomendación expresa de Luis Costa, el 15 de mayo de 2002 Soláns le ofreció el cargo de entrenador a Paco Flores, un barcelonés de 51 años, hijo de aragoneses de Ambel y de Borja, y que había desarrollado toda su carrera como técnico en las categorías inferiores del Español, con dos pasos por el primer equipo ‘perico’ y un título de Copa en 2000. Flores, apodado ‘El Vinagres’ por su carácter frontal y difícil, no se anduvo con rodeos en su presentación con el Zaragoza y dejo muy clara su filosofía futbolística: “El objetivo es ascender y habrá que correr como diablos. El que quiera espectáculo que se vaya al circo”. Y aún añadió sobre su propia personalidad: “La mano izquierda es para los toreros, no para los entrenadores”. Firmó por un año más un segundo opcional, con una ficha de medio millón de euros brutos, más una prima adicional de ascenso de otros 900.000.

Pero como en aquellos días se pedían muchas cabezas, principalmente las del secretario técnico Pedro Herrera y el asesor presidencial Javier Paricio, Soláns quiso dar la impresión de un nuevo Zaragoza y dos semanas después del acuerdo con Flores, se anunció la incorporación como director deportivo de Miguel Pardeza. El Zaragoza había negociado previamente con el también ex jugador Chema Amorrortu, pero se impuso la opción de Pardeza, avalada por el consejero José Carlos Lacasa y que el presidente se vio obligado a aceptar ante la presión periodística y su entonces escasa credibilidad. En el fondo, Soláns sólo buscaba un paraguas protector, pero Pardeza nunca cumplió ese papel. Es más, en julio de 2004, una vez consumado el ascenso a Primera División, llegó a señalar en una entrevista cuando el presidente se resistía a firmar al brasileño Savio por su salario e insistía en que se fichara a un tal Jofre, del Levante: “Yo prescribo, pero no tengo la llave de la caja fuerte”. A los tres días, el Zaragoza anunció la incorporación de Savio Bortolini.

Pardeza, que no tuvo, pues, nada que ver en el fichaje de Paco Flores, firmó el 29 de mayo de 2002 un contrato de carácter indefinido, pero comprometió su continuidad en el cargo al ascenso: “Vengo para hacer un trabajo y espero hacerlo, y si no se logra, me marcharé como llego, dándole la mano a todo el mundo”.

Miguel Pardeza regresó al Real Zaragoza como director deportivo.

Soláns había sufrido un importantísimo deterioro de su imagen y otro de sus golpes de efecto fue renovar el consejo de administración, sobre todo prescindir de aquellos consejeros que habían tenido mayor sintonía con su padre, especialmente Javier Paricio, ex director general desde 1992 a 1999, asesor presidencial en las últimas tres temporadas y que le llevaba a menudo la contraria en cuestiones de política deportiva. Horno, Ortiz y Merino, que en un principio iba a ser el nuevo jefe de prensa, sustituyeron a Paricio, Pepe Soláns y Gimeno (antigua mano derecha de Soláns padre en Pikolin), y Lacasa pasó a ser el nuevo ‘hombre fuerte’ del presidente. La verdad es que por poco tiempo, apenas un año, porque el director general Jerónimo Suárez se encargó de torpedearlo desde el principio.

El Zaragoza rebajó su presupuesto en diez millones de euros, pasando de 33 a 23 millones, hizo caja con los traspasos de Acuña al Deportivo (10,8 millones), de José Ignacio al Celta de Vigo (700.000 euros) y de Marcos Vales al Sevilla (150.000 euros), y se reforzó con cuatro canteranos (Soriano, Generelo, Miguel e Ibán Espadas), tres jugadores libres (el portero Valbuena, el volante Iñaki y el lateral David Pirri) y un cedido (el mediocentro Jesús Muñoz, que entró en la ‘operación Acuña’ con el Deportivo). El único jugador que llegó mediante un traspaso fue el lateral zurdo paraguayo Delio Toledo, un empeño de Flores, por el que se pagó un millón de euros al Colón de Santa Fe argentino.

Un jovencísimo Cani, incorporado ya a la plantilla profesional del Real Zaragoza de pleno derecho.

Así que en una categoría sin apenas figuras, la diferencia en el Zaragoza la tenía que marcar el grueso de los titulares que vivieron el descenso. Es decir, Láinez, Paco, Rebosio, Aragón, Corona, Galletti, Juanele, Jamelli o Yordi, repescado tras su cesión al Blackburn Rovers inglés. Unos nombres propios que no tenía ningún otro de sus directos rivales en la pelea por el ascenso. Y a todos ellos se unió de partida un jovencísimo Cani, un proyecto de gran jugador que ya había debutado en la última jornada de la temporada anterior frente al Barcelona con un caño a Reiziger y que fue la gran sensación de la campaña 2002-03.

También seguía en la plantilla el capitán Aguado, aunque convaleciente de una gravísima lesión que le tendría en blanco todo el curso y le obligaría a colgar las botas.

(El relato de esta temporada continuará mañana en el capítulo XXXV de esta serie de Historias de Segunda).