REAL ZARAGOZA / HISTORIAS DE SEGUNDA (XXI)

1953-54: una transición obligada

Al nuevo presidente Alierta le tocó afrontar los restos del naufragio del Zaragoza ‘millonario’ y planificó un ascenso sin prisas y sin indigestiones.

1953-54: una transición obligada
ÁNGEL AZNAR

El tercer paso del Real Zaragoza por Primera División fue igual de efímero que los dos anteriores: sólo dos campañas, la 1951-52 y la 1952-53, que resultó catastrófica en todos los sentidos –el equipo fue colista de principio a fin- y se llevó por delante primero al entrenador húngaro Berkessy y luego al presidente Julián Abril. Hubo elecciones a mitad de temporada, las primeras por sufragio universal en la historia del fútbol español, y el empresario Cesáreo Alierta, vocal de la directiva de Abril, resultó elegido presidente el 11 de diciembre de 1952 en pugna con el capitán de Infantería José Poblador, presentado a última hora y por sorpresa. Y a Alierta, de 43 años, socio número 237 y en su juventud también seguidor del Iberia, le tocó pechar con los restos del naufragio del Zaragoza ‘millonario’. Se encontró con una deuda pavorosa de 9.793.638 pesetas, pero desde el primer día se encargó de combatir el creciente ambiente de disolución del club que se respiraba en la ciudad: “La situación no es clara y el presente tiene muchas dificultades, pero el Zaragoza no puede morir, porque hay muchos dispuestos al sacrificio por este club”.

El regreso a la Segunda División provocó, además, una huida de socios, con hasta 1.886 bajas, y Alierta tuvo que afrontar un panorama ciertamente desolador. “En los días de pago, los martes, la cola de acreedores nacía en el tercer piso de la sede en Requeté Aragonés y llegaba hasta la calle”, recordaba años después el tesorero Mariano Arribas. La primera medida de la junta directiva para la temporada 1953-54 fue reducir drásticamente el presupuesto hasta 3.830.000 pesetas, lo mínimo imprescindible para atender al funcionamiento del club y afrontar los contratos de la plantilla, y la segunda fue lanzar entre los socios más conspicuos 200 bonos de tesorería de 5.000 pesetas, reintegrables con intereses, para poder empezar la temporada.

Pese al descenso, Alierta renovó al entrenador Domingo Balmanya, que había sido el relevo del húngaro Berkessy en la campaña anterior, y éste, aprovechando su vinculación histórica con el Barcelona, logró rápidamente las cesiones del extremo Arocena y del delantero centro tanque Boada, sin sitio en el primer equipo de Las Corts. Fueron los únicos ‘caprichos’ deportivos que le dio el presidente.

El Zaragoza tuvo que volver los ojos a la cantera por obligación. Y tras recuperar al defensa Castañer de su cesión al Escoriaza, fue incorporando al portero Yarza, un estudiante guipuzcoano de Químicas enrolado en el Arenas local, al defensa derecho turolense Torres (Manchego de Ciudad Real), al fino y driblador interior izquierda zaragozano Baila (Amistad) y al defensa central Bernad (Huesca), además de otras promesas como Dimas (Córdoba), Rojo (Melilla) o Rivas (Gimnástica de Torrelavega). Para hacerles hueco se licenció a medio plantel del descenso. Se fueron con la carta de libertad el húngaro Sarosi, el chileno Díaz Zambrano, Higinio, Noguera, Pitarch, Tacoronte, Riera, Calo, Cantero, Ojinaga…

Cesáreo Alierta, nuevo presidente del Real Zaragoza.

Fuera por obligación o por devoción, Balmanya tuvo un ataque de entusiasmo en pleno mes de agosto: “Así como el año pasado me sentí pesimista desde el primer momento en que me hice cargo de la dirección técnica del Zaragoza, esta temporada me siento francamente optimista. Creo que construiremos buen fútbol y poco le faltará si no volvemos a la categoría que perdimos la temporada pasada”. Y para elevar más si cabe el castillo en el aire una semana antes de comenzar el calendario oficial, el Real Zaragoza agradó sobremanera en su clásico amistoso de presentación en Torrero frente al Atlético de Bilbao: 6-4, con goles de Chaves (2), Parés (2), Baila y Dimas. Fue un resultado que llamó la atención, pero que levantó unas expectativas ciertamente irreales.

La Segunda División mantuvo su diseño de 32 clubes divididos en dos grupos de 16, agrupados por criterios de proximidad geográfica. Los dos primeros equipos de cada grupo ascendían automáticamente a Primera División, mientras que los segundos y terceros, junto al decimotercero y al decimocuarto clasificados de Primera División, disputaban una promoción, con una liguilla a doble vuelta, que daba dos plazas de ascenso o permanencia en Primera División. Por su parte, los tres últimos clasificados de cada grupo descendían directamente a Tercera División, mientras que los decimosegundos y decimoterceros clasificados iban a una promoción de permanencia ante los subcampeones de cada uno de los seis grupos de Tercera División.

El Real Zaragoza quedó encuadrado en Grupo I o Norte, sin candidatos claros al ascenso.

A pesar del optimismo declarado de Balmanya, Alierta no tardó en perder la confianza en el entrenador gerundense, y ya en la sexta jornada encargó al ex presidente José María Gayarre, siempre una autoridad en cuestiones futbolísticas y contratado inicialmente esa temporada como representante del club en Madrid para despachar asuntos burocráticos ante la Federación Española, que se desplazara secretamente a Éibar para hacer un informe confidencial sobre el partido. El Zaragoza perdió por 3-1 en Ipurúa en una tarde lamentable y, aunque se rehízo con un triunfo ante el Sabadell y un empate en León, dio un tumbo fatal frente al Avilés en Torrero (0-1) el 22 de noviembre de 1953. El público despidió al Zaragoza y al entrenador con una impresionante pañolada y Balmanya, muy frágil por aquel entonces para resistir presiones de la grada, presentó su dimisión irrevocable.

“Me ha ocurrido exactamente igual que a mis antecesores, y no seré el último en sufrir el mismo resultado. Mucha culpa de lo que ocurre en el Real Zaragoza corresponde al público, que exige a los jugadores más de lo que, por su clase, pueden dar. Me ha pillado el toro por los cuatro costados. Me voy en contra de los deseos del presidente, pero considero que es hacerle un favor”, señaló Balmanya en su adiós.

Domingo Balmanya inició la temporada como entrenador del Real Zaragoza.

Mundo y el húngaro Berkessy se ofrecieron entonces a Alierta, mientras el presidente le propuso el cargo a Ramón Colón, ex entrenador del Atlético de Madrid y que había estado presenciando en Torrero el encuentro frente al Avilés. Pero el primero y el tercero se iban de precio y la opción de repescar a Berkessy un año después era arriesgadísima.

Paralelamente, la junta directiva del Zaragoza se reunió dos días después y, a propuesta de Alierta, designó como asesor técnico a José María Gayarre, que propuso a su vez como entrenador a Pedro Eguíluz, pero bajo su directa supervisión. Eguíluz, de 32 años, ex jugador del Real Zaragoza (1950-52) y destituido un mes antes precisamente en el Avilés, se vio ante la oportunidad de su vida: “Yo estaba a punto de firmar por el Orihuela, de Tercera División, cuando el señor Alierta me vino a ver a Madrid y me ofreció el puesto de entrenador del Zaragoza. Reconozco que al principio me asustó el encargo y lo pensé mucho, pero al final pudo más mi deseo de volver a Zaragoza. Creo que hay jugadores para hacer un buen papel y acabar entre los seis primeros. La afición del Zaragoza pensaba que la Segunda División iba a ser muy fácil, porque yo creo que el resultado del partido de presentación frente al Atlético de Bilbao los confundió”.

Alierta, por su parte, salió a la palestra para explicar el relevo en el banquillo y para aclarar una vez más las líneas maestras de su proyecto deportivo: “La dimisión de Balmanya ha sido inesperada. El Zaragoza va un poco peor de lo que habíamos calculado, pero la clasificación no es alarmante. El objetivo del Real Zaragoza es la Primera División, pero ya quedó claro en la última asamblea de socios que el propósito de esta junta directiva es hacer un equipo joven, con jugadores de cantera, que en dos o tres años pueda conseguir el regreso a la élite del fútbol español con suficiente solidez y, sobre todo, con suficiente holgura económica. Es decir, un ascenso sin indigestiones”.

Pedro Eguíluz relevó a Balmanya en el banquillo del Zaragoza el 26 de noviembre de 1953.

Y como corolario el presidente volvió a poner el acento en la delicadísima situación financiera del club: “No es verdad que la directiva que yo tengo el honor de presidir atienda más el aspecto económico que el deportivo, pero la situación económica es tan agobiante que no podemos olvidarla ni dejarla de lado. Al margen de la deuda heredada, la vida del club requiere de más recursos que los que llegan de las taquillas. Y es que la marcha del Zaragoza no estará en franquía hasta que el importe de las cuotas de socios cubra el total de los contratos de los jugadores, y con las recaudaciones de los partidos se puedan atender a los demás gastos del club, empleándose el importe del ‘Día del Club’ para amortizar la deuda. No podemos descuidar el aspecto financiero, porque entonces nos quedaríamos sin club. Hace falta que el público ayude en todos los aspectos, porque al fin y al cabo el Real Zaragoza es suyo, y ellos son quienes nos han de ayudar. Hay que borrar como sea la leyenda de que el Zaragoza es un club millonario. Y hasta que no se borre, hasta que nadie crea que en Torrero hay un filón, no se enderezará el Zaragoza”.

Eguíluz se estrenó con un triunfo en Salamanca (3-4), aunque la alineación la hizo ese día Gayarre, que desde el primer día se propuso relegar a la suplencia a algunos veteranos para dar oportunidad y confianza a los jóvenes fichajes. Y así prescindió de los internacionales Jugo y Gonzalvo II e hizo debutar a Torres, que se revelaría enseguida como un fabuloso defensa derecha, y convirtió en indiscutible a Castañer en el flanco izquierdo de la zaga.

Gonzalvo II, de 34 años, acabó rescindiendo su contrato de común acuerdo dos meses después y decidió colgar las botas. “Considero –señaló en su despedida- que no hago falta en el Zaragoza y no quiero ser un elemento inútil. Yo hubiera querido, antes de retirarme, ayudar al Zaragoza al ascenso, pero como no soy preciso, me voy y me retiro del fútbol”. Y añadió: “El problema del Zaragoza es de desorden, que tiene su origen en una precipitación llena de buenos deseos. Esa precipitación trajo nerviosismo y el nerviosismo, errores que, además, se reflejaron, inevitablemente, en el rendimiento de los jugadores y en la actitud del público”.

29 de noviembre de 1953 (El Calvario), Salamanca 3 - Zaragoza 4. El día que debutó el turolense Manolo Torres. De izquierda a derecha: Yarza, Torres, Belló II, Rivas, Boada, Bernad y Vela (portero suplente). Agachados: Chaves, Samu, Dimas, Parés y Castañer. El Zaragoza vistió con su uniforme de respeto: camiseta azul clara, pantalón azul oscuro y medias azul claro con vueltas blancas.

En el adiós pactado de Gonzalvo II influyó y no poco la cuestión económica. Era, con diferencia, el que más cobraba de la plantilla -200.000 pesetas de ficha- y, como ha quedado apuntado, entre Alierta y Gayarre se habían propuesto rejuvenecer el equipo, pero también aligerar la nómina de jugadores. Y tras Gonzalvo II, fueron abandonando el club antes de acabar la temporada otros futbolistas entrados en años y de elevada ficha como Pío y Tino. A dos jornadas para el final del campeonato, también acabaría marchándose Luisito Belló, el segundo sueldo más alto del equipo, a cambio de perdonar una importante cantidad dinero. Con la carta de libertad, firmó de inmediato por el Atlético de Madrid.

De la mano de Eguíluz, el Zaragoza pareció despegar con dos fuertes goleadas en Torrero frente a La Felguera (6-1) y la España Industrial, filial del Barcelona (5-1), que le elevaron a la tercera posición, plaza de promoción de ascenso, pero tres derrotas consecutivas, dos de ellas en Torrero frente al Lérida (1-2) y el Baracaldo (0-3), propiciaron una nueva crisis. El partido frente al Baracaldo fue tan calamitoso que el delantero centro Avelino Chaves, en el futuro una figura cumbre en la historia del Real Zaragoza como secretario técnico, llegó a declarar sin excusas: “En mi vida he pasado tanta vergüenza”. El equipo se colocó peligrosamente a cuatro puntos del descenso directo y la directiva desautorizó a Eguíluz, dejándolo en la práctica como un mero responsable de los entrenamientos diarios, y facultó a Gayarre para que hiciera a partir de ese momento las alineaciones.

De ahí al final del campeonato, el Zaragoza fue dando una de cal y otra de arena, con creciente espantada de público en Torrero y sin que Eguíluz y Gayarre, totalmente enemistados, quisieran hacer declaraciones tras los partidos ni aun en las victorias. Aunque ubicado en la mitad de la tabla, el equipo aragonés llegó a la última jornada necesitado de un punto para eludir matemáticamente la promoción de permanencia y lo acabó logrando en Lérida frente a un rival ya clasificado para la promoción de ascenso y en un encuentro con tintes amigables, que concluyó con empate a cuatro.

Ascendió a Primera División de forma directa como campeón el Alavés y acompañó al Lérida en la promoción el subcampeón Baracaldo-Altos Hornos. El Zaragoza concluyó en novena posición, muy lejos de los puestos de honor, pero fue el equipo más realizador con 76 goles. El extremo Parés, con 18 tantos, fue el segundo máximo goleador del grupo y Chaves, el cuarto, con 15.