ATLÉTICO DE MADRID

Todos los fantasmas de Costa

Suplente en el Pizjuán, su salida cambió al Atlético, a quien devolvió la furia. Pero a su partido no le acompañó eso que tanto necesita: el gol. Sigue seco. Y eso es un problema para el Cholo.

Morata y Koke rodean a Costa que no celebró el gol que marcó al Sevilla, después anulado por el árbitro porque Correa estaba en fuera de juego.
Aitor Alcalde Getty Images

Esa foto es el retrato de todos esos fantasmas que acosan a Diego Costa esta temporada en el Atlético. Porque Costa, que había salido al comenzar la segunda parte del Sevilla-Atlético, había cambiado el partido, llevaba las botas cargadas de furia. Diez minutos después lograba el gol, al fin el gol, al cabecear en el segundo palo un fantástico centro de Correa. Entonces, Costa se queda detenido. No celebra, ni alza los brazos, los fantasmas y demonios de todos estos días sin goles, larguísimos partidos sin encontrarlos (trece, titular en ocho) están en sus ojos. Le rodeaba Koke, su capitán, gritándole gooool al oído, gooool al fin, gooool de una vez. Lo hace Morata, tironeando de su camiseta por detrás, pero Costa sigue impretérito. Y no por lo que vino después, que el VAR avisaría en el oído del árbitro que ese gol en realidad no había sido, que Correa estaba en fuera de juego, que había que bajarlo del marcador. En Mallorca también había pasado. Exactamente lo mismo. Costa marcó y no lo celebró. Su primer gol en partido oficial seis meses después. Por eso la foto es el retrato de sus fantasmas. Costa, dos goles en 1.033 minutos. Es decir, uno cada 500, cada cinco partidos y medio. La sequía ya le ha costado la titularidad. Después fallaría el penalti que hubiera sido el 1-2. Vaclik adivinó dónde lanzaría su disparo. Los fantasmas aullando, a pesar de que su entrada fue la clave del Cholo para cambiar el partido.

Mirándole desde agosto, parece que el Costa de entonces sea el mismo que éste, que Costa esté así en noviembre, después de la pretemporada que hizo. Llegó fino, delgado, centrado, trabajado, para que las malditas lesiones que tanto le habían lastrado en su regreso al Atlético se quedaran atrás. El Atlético comenzó a jugar y ahí estaba el Costa de siempre, el que pidió Simeone un verano tras otro después de marcharse, el Costa que atemorizaba defensas y desataba el caos a su paso, al que los goles se le caían del bolsillo. Cinco hizo (cuatro de ellos al Real Madrid en aquel amistoso de New Jersey), mostrando un entendimiento con João Félix que hacía que Simeone, y la afición rojiblanca, se frotaran las manos. 

Pero todo se esfumó cuando los balones que comenzaron a rodar eran oficiales. Aún castigado en la primera jornada de esa Liga, además de lesionado, la única esta temporada, duró dos semanas, siguió arrastrando los mismos problemas que la temporada pasada, cuando seguían cercando las lesiones y fue baja dos meses por un viejo tornillo en el pie que comenzó a molestar (y que le obligó a pasar por el quirófano): Costa pasó nueve meses sin hacer un gol (desde que le marcara al Sevilla en la 17-18, la temporada de su vuelta, hasta el partido de la primera vuelta ante el Barcelona en el Metropolitano) y después de aquel tampoco siguieron tantos. Cerró la temporada con cinco en total, dos en Liga. Morata, que llegó en invierno, logró seis. Esta temporada ya suma cinco, los últimos cuatro en los últimos cuatro partidos. 

La defensa de Simeone

Morata que fue titular en Sevilla colándose entre pensamiento, también impretérito, de Simeone: que Costa es su titular, siempre, esté como esté. Porque Costa siempre tiene ese intangible que le hace único, el terror que despertaba el Costa incontenible en los rivales, que nunca sabías por donde te iba a salir, el que jugaba con chupa de cuero y atronando alto el rock and roll en sus botas. Porque no hay delantero que ejecute como él lo que quiere su pizarra. El técnico volvió a defender ayer su delantero, como se defiende a un hijo, con confianza absoluta, con ese ahínco con el que lo pedía verano tras verano mientras por el Atlético pasaban Mandzukic, Jackson Martínez y Vietto. Pero la maldición que persiguió al último en el Atlético parece haberla tomado ahora con Costa. Los dos en lo mismo. La portería rival del tamaño de una pelota de golf. Y sin agujeros. "O estás con Costa o no lo estás, yo confío en él", dijo ayer el argentino desde las tripas del Pizjuán, con el partido aún caliente, martilleándole en el pecho. Tajante. Porque nadie como él sabe cuánto es Costa al Atleti. Sólo falta eso. Que entren los remates dos partidos seguidos y se lleve a los fantasmas que dejan fotos como esa. Costa marcando y no celebrando. Parecen dos términos que no encajan, que no pueden hacerlo. Como que lleve nueve partidos sin ver una amarilla.