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LA ENTREVISTA

Sergio del Molino: “El espíritu del futbolista antiguo se ha acabado”

Sergio del Molino (Madrid, 1979) es un periodista y escritor con un gran prestigio por los éxitos de sus novelas y ensayos como ‘La España vacía’.

Alfonso Reyes / Diario As

Sergio del Molino (Madrid, 1979) es un periodista y escritor con un gran prestigio por los éxitos de sus novelas y ensayos como ‘La España vacía’.

- ¿Sigue viviendo en el barrio de San José de Zaragoza?

- Sigo teniendo contacto, porque mi madre vive allí, pero yo estoy ya en el centro.

- ¿Qué recuerdos tiene del barrio?

- Son los más importantes de la vida, los que construyen tu personalidad. Pero es un barrio que yo ya no reconozco. Yo apuré el momento final de la vida de barrio en España. De esos barrios que se formaron en España en los años 50 y 60 y que duraron hasta finales de los 90, cuando llegó la primera gran oleada migratoria y la burbuja inmobiliaria. Aquello acabó con la vida de barrio. Lo que yo retraté en mi penúltimo libro es un poco el final de ese mundo, porque soy de esa generación que aún pudo vivir ese mundo que era común en todas las periferias españolas. Fueron barrios todos construidos con una arquitectura muy parecida, muy pobretona, improvisada en definitiva, y caracterizada por los descampados…

- ¿Qué lugar ocupa el descampado en su imaginario?

- Eran los lugares en los que se cruzaba todo, que había que evitar pero por los que inevitablemente había que pasar. Eran una especie de bosques encantados donde pasaban las peores cosas pero a la vez pasaba la vida. Se jugaba a las chapas, se bebía cerveza y se fumaba, y a la vez por la noche podían pasar cosas espantosas. Era el símbolo, o la metáfora, del abandono que sentía gran parte de la sociedad… Eran las cicatrices urbanas que corroboraban que, efectivamente, no le importábamos a nadie y estábamos dejados de la mano de dios.

- ¿Y se jugaba al fútbol?

Por supuesto. No tanto yo, porque era muy torpe. Y tenía un problema enorme de miopía que me hizo ser muy mal coordinado. Aunque tenía muy buena voluntad, mi rol se limitó, muchas veces, a llevarme balonazos (risas).

- ¿Cómo era la vida de barrio de alguien a quien no se le daba bien jugar?

- El caso es que te veías obligado, porque era la única manera de socializar. Mi problema es que yo engañaba. Era grandote y parecía que podía tener trazas de ser alguien atlético. Pero nada más lejos de la realidad, era un zote. Lo que no he hecho es sufrir nunca por ello.

- ¿No lo intentó?

- De chiquitín, siendo mi padre futbolero, quiso que yo jugara. Y me metió, de muy pequeñito, en un equipo en el que lo pasé un poco mal. Dimos con un entrenador que se lo tomaba demasiado en serio y quería hacer de nosotros estrellas de algo, y nos gritaba mucho.

- Era una especie de sargento.

- Una cosa muy desagradable. Y ahí metí un gol, pero fue en propia puerta (risas).

- ¿Se declara seguidor de algún club?

- Del Atlético, por cuestiones familiares. Hay una novela mía, ‘Lo que a nadie le importa’, donde este tema aparece mucho, porque el Atlético fue muy importante para mi abuelo, que es el protagonista. En realidad es la historia de España del siglo XX contada a través de su biografía…

- ¿Y era del Atlético?

- Yo aún tengo, como objeto muy preciado, su carnet de socio. Entonces, jugaba el Atlético en el Metropolitano. Mi abuelo era muy devoto, iba al campo siempre. Y hay una vinculación que va mucho más allá. Mi abuelo nació en Bubierca, un sitio perdido donde nació el doctor Cabeza, el que fuera presidente del Atlético antes de Gil, un tipo muy famoso, forense…

- ¿Y estaba orgulloso su abuelo?

- Lejos de sentir ese orgullo, siendo un pueblo de no más de 40 habitantes, le repateaba muchísimo esa situación, porque al parecer eran como familias rivales. Mi abuelo no podía ver a los Cabeza… Y cuando salía en televisión, despotricaba.

- Vaya…

- Mi abuelo era un hombre muy austero, y el único lujo que se permitía era el Atleti. Y yo creo que iba muy bien con su personalidad. Le gustaba mucho esa época de los perdedores, o de los segundones, o de ir suspirando por la vida. Si el Atlético hubiera tenido un momento de gloria estratosférica como el que ha vivido en los últimos años creo que no lo habría sabido asumir.

- ¿Cree que ahora el fútbol sigue siendo una vía de escape para gran parte de la sociedad?

- Me da la sensación de que se ha desvirtuado mucho buena parte de su carácter popular. Se ha convertido en un espectáculo muy de masas y eso ha creado una distancia. Antes el que iba al fútbol vivía una liturgia, una especie de ritual íntimo que ahora se ha diluido en el espectáculo de masas. Y ha cambiado la misma figura del futbolista.

- ¿A qué se refiere?

- La figura de Cristiano en nada se parece a la de los futbolistas a los que mi abuelo pudo admirar, muchos de los cuales podrían haberse encontrado felizmente en el barrio. El espíritu del futbolista antiguo era el de un chaval esforzado, que podía ser tu vecino y al que se admiraba por eso, por la constatación de que venía de abajo. Y eso se ha acabado un poco.

- Desde su papel de articulista de El País. ¿No cree que ahora se habla de política con el mismo hooliganismo que de fútbol?

- Desgraciadamente sí, y eso es muy malo para la política y también para el fútbol. Porque no poder apreciar las virtudes del contrario es algo que me sorprende. Es un rasgo contemporáneo el de atrincherarse. Vivimos en un mundo de muy pocas certezas y muchas incertidumbres. Y tu micromundo, tu pequeña tribu, te ofrece una seguridad que el mundo no te da. Y tiendes a atrincherarte en ella porque te sientes seguro con los tuyos, gente que crees que es como tú, y no indagas en los otros.

- ¿Encuentra el paralelismo entre esa España despoblada que usted analiza en ‘La España vacía’ y la España que no tiene fútbol en Primera y Segunda.

- Absolutamente. El As lo contó impecablemente hace poco tiempo. Hay una España de Primera y otra de Segunda que se traslada al fútbol. No hay más que ver dónde estaba el Zaragoza hace unos años y dónde está ahora. Porque tiene que ver con muchas cosas, y entre ellas con el peso de Zaragoza en el conjunto del Estado y cómo se ha ido desplomando. En cómo la ciudad se ha ido desindustrializando, descolgándose y convirtiéndose también en una ciudad de segunda. Y qué casualidad que eso haya tenido un reflejo en el equipo, que era tan brillante hace 20 o 30 años.

- Claro…

- O la aparición de los clubes del cinturón sur de Madrid. Quién iba a hablar hace unos años de que el Leganés o el Getafe iban a estar donde están… El auge económico y comercial español, evidentemente, se va trasladando al mapa futbolístico. Las cosas crecen donde estaba el dinero.

- ¿Por qué España tiene esas zonas despobladas?

Las causas son antiquísimas, y estructurales, y tienen que ver ya casi con la Edad Media o antes… Ya los romanos hablaban con sorpresa de lo vacío que estaba el interior peninsular. La estructura demográfica del centro de España se configuró sobre todo en la Edad Media por las guerras de la Reconquista, que hacen que no se asiente definitivamente nunca la población. Por eso Castilla eligió ser una nación de ganaderos en lugar de agricultores, y lo que necesitaban era espacio para que sus ovejas fueran de un sitio a otro. Y ya en la edad moderna, Castilla parte con una despoblación grande. Y eso es difícil de remontar.

- Es curioso…

- Y luego hay razones mucho más recientes que es lo que yo llamo en el libro ‘El gran trauma’. Es el último éxodo rural que hubo a partir del año 59, cuando el franquismo decide modernizar el país, desarrollarlo a golpe de decreto, y toda la gente que vivía en el campo se arremolina en torno a las ciudades. Y cambia la estructura social y demográfica del país.

- ¿Nos ha marcado eso de alguna manera?

- Yo creo que es un trauma, como le digo, y es demasiado reciente. Por eso el discurso sobre la España vacía ha tocado a tanta gente. Hay mucha gente que lo ha vivido en España o que es hijo o nieto del que lo ha vivido. Es un trauma que está en el país, no es del pasado. Y hay incluso un sentimiento de culpa con el abandono al que hemos sometido ciertos lugares que son muy importantes para nosotros. No sé de qué manera ha podido condicionar el carácter nacional, que eso tampoco, pero que sí que es importante para entender cómo funciona este país.

- ¿El éxodo rural ya ha terminado?

- Para nada, y es un fenómeno global.

- ¿No cabe una vuelta al origen, al campo?

- Con el sistema económico actual es imposible.

- ¿Ni a través del turismo?

- Hay lugares, ciudades muy turísticas, que incluso se han convertido en una especie de decorado. Y se convierten en caricaturas. Sitios en los que se escenifica una determinada época, casi siempre inventada, recreada para la ocasión. Y el turismo de masas lo que hace es destruir las ciudades.

- ¿Sí?

- Pero también las grandes ciudades. Vivir en el centro de Barcelona hoy puede ser el mismo horror que vivir en el centro de Roma. No encuentras una panadería, un bar de toda la vida, casi ningún colegio… Lo que necesita una comunidad para vivir desaparece porque todo se pone al servicio del turista. Y en ciudades más pequeñas, lo que ocurre es que todo se convierte en un escenario donde no cabe otro tipo de vida que ofrecer al turista comer lechón y beber vino de la tierra. Y hay que disfrazase un poco, incluso, para darle gusto. Eso puede ser lucrativo pero destruye la comunidad.

- Hay un tema que domina parte de su obra y es el de la muerte. ¿Le sirve de terapia o desahogo?

- No, no… Es sólo que la vida ha venido así. Hay que enfrentarse a ello pero no hay nada de terapia. Escribo de lo que sé, de lo que sufro y de lo que me importa. Tampoco me gustaría que los lectores buscaran terapia en mis libros porque no la hay. Sí intento, en cambio, desdramatizar la muerte.

- ¿Se puede?

- No se puede vivir de espaldas a ella. La hemos apartado por completo de nuestra vista y la metemos en tanatorios y hospitales muy lejanos donde no nos molesta. Y es algo propio de nuestro tiempo que nuestros abuelos no entenderían.

- ¿Se siente cómodo en el papel de observador de la actualidad que le ofrece ser columnista de El País?

- Yo digo que hago de predicador (risas). Yo soy grafómano. Escribo mucho, constantemente, y me viene bien tener sitios donde desahogar la escritura constantemente. Y aunque de broma diga que hago de predicador, no me tengo por un intelectual moralista que va diciendo cómo debe ser el mundo… Sólo comparto algunos apuntes o reflexiones de cosas que creo que no son obvias y que pueden ayudar a ampliar la visión del mundo.

- ¿Qué le saca de quicio?

- La simplonería. La gente que agarra algo complejo y lo reduce a un tuit. La gente que cree que tiene las claves de todo y las expone reducidas a unos pocos caracteres y que creen arreglar el mundo. No puedo con ellos. Ni con el puritanismo que quiere hacer replantearte cada palabra que escribes, cosa que yo no hago.

- ¿Hay que andarse con cuidado para no meter la pata?

- No meter la pata, se trata de que hay gente dispuesta a salir con antorchas constantemente y a enfadarse con cualquier tontería. Ni siquiera habría que hacerlo con el fútbol.