AS COLOR: nº 240

Dybala: en el nombre del padre

El exquisito delantero de la Juventus es uno de los ases a seguir en 2017. Encandila en Italia y Madrid y Barça ya le tienen en su agenda.

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Dybala: en el nombre del padre
GIUSEPPE CACACE AFP

Sevilla-Real Madrid en directo

Paulo Dybala (15 de noviembre de 1993, Laguna Larga, Argentina) aprendió a jugar al fútbol antes de nacer. Su camino estaba dibujado en la mente de Adolfo, su padre. Adolfo Dybala, de padre polaco exiliado a Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, soñaba con que uno de sus tres hijos triunfara en el fútbol. Gustavo, el mayor, no llegó; Mariano llegó a jugar de enganche en las categorías inferiores de Gimnasia de La Plata, pero se quedó por el camino; pero Paulo, el pequeño la rompió. Desde muy niño, Adolfo recorría con él, en el Vectra negro a gas de la familia, los 50 minutos que separan Laguna Larga de Córdoba, a donde le llevaba a los infantiles de Instituto. 50 minutos de ruta donde se iba alimentando un sueño que Adolfo no vio cumplir. En septiembre de 2008, un cáncer se lo llevó antes de tiempo. Paulo tenía 15 años. “No había día que no me acompañara a los entrenamientos. Cuando falleció, pedí permiso a Instituto para volver a Laguna Larga. Estuve seis meses jugando en el equipo del pueblo. Luego volví y me quedé en la pensión, la residencia del equipo; nadie podía ya llevarme y traerme en coche. Me encerraba en el baño y lloraba. Fue duro, pero aguanté porque quería cumplir el sueño de mi padre”, relató Paulo Dybala en una entrevista en Sportweek.

Hoy, aquel niño al que en Laguna Larga conocían como ‘curita’ porque la camiseta de fútbol le llegaba hasta los pies tiene 23 años, es un delantero con una técnica exquisita al apodan La Joya (fue el periodista Marcos Villalobos el que tituló así una de sus crónicas en La Mañana de Córdoba después de su debut con el primer equipo de Instituto, con 17 años), luce en la Juventus después de crecer e ‘italianizarse’ en el Palermo (al que llegó en 2012 por 12 millones de euros), y encandila a los más grandes de Europa (Madrid y Barça le siguen de cerca). Dybala, que sobre el césped todo lo hace por su padre (cuando entra al campo y cuando marca un gol, eleva los dos brazos hacia el cielo), muestra un carácter poco propio para los jugadores de su edad, tal vez heredado de su abuelo paterno, Boreslaw, que durmió durante dos semanas en campos de maíz de Córdoba tras dejar su Krasniow (Polonia) natal. “Tiene mirada de killer”, le define Allegri, su técnico en la Juve, donde lleva el dorsal 21, un número con peso e historia. Para Dybala fue una prueba. “En Instituto jugué con el 9, también en el Palermo. Cuando llegué a la Juve, ese número lo llevaba Morata. Se iba Pirlo, un ídolo, pero lo agarré igual. Fue como para ponerme a prueba, quería probarme con el peso de ese número. Un desafío a mí mismo”, confesó La Joya en una entrevista reciente a El Gráfico.

Y no sólo no sucumbió a la presión, sino que en su primera temporada como ‘bianconero’ (2015-16) se convirtió en uno de los pilares del Scudetto haciendo olvidar al Apache Tévez. 23 goles y nueve asistencias en 46 partidos lucen en la hoja de servicios del primer año de La Joya en le Vecchia Signora. Méritos que le valieron para estar entre los 30 nominados al Balón de Oro. “Se dio más o menos como imaginaba el primer día que llegué. Se fueron cumpliendo las metas”, declaró Dybala tras ganar el título. Algo que no está sucediendo en esta 2016-17. Las lesiones (se ha perdido hasta ocho partidos por problemas físicos), tal vez debido al aumento de la carga física para fortalecer su musculatura, están impidiendo que le coja el paso a la temporada. Cinco goles y tres asistencias en 16 partidos son su balance, lejos de lo que se le presupuestaba a estas alturas. Pero este delantero de ojos pícaros, curtido en la derrota de la vida y del fútbol (se quedó a las puertas de ascender con Instituto y eso aún le anuda la garganta), cuya vida deportiva se rige por los principios que le inocularon en la pensión de Córdoba (esfuerzo, trabajo y paciencia), no se inquieta. Ni cuando le llueven elogios (hay quien le compara con su ídolo Messi) ni en los momentos grises.

Hay muchos que creen (entre ellos, el que aquí escribe) que este 2017 debe ser el año de Dybala, en el que demuestre que ya está listo para disputarle el trono del fútbol futuro (mientras Messi y Cristiano estén en plenitud, es coto privado de caza) a jugadores como Neymar o Gareth Bale. “Sueño que algún día puedo lograr un Balón de Oro”, confesó en Argentina. Y los sueños, como el que tenía su padre Adolfo, se pueden cumplir.