Nacen juntos el alambrado y el gol olímpico (1924)

El 15 de junio de ese año la International Board había decidido un par de cambios en las normas: a partir de ahora harían falta solo dos, y no tres, jugadores entre un atacante y la línea de fondo para no incurrir en fuera de juego. Y la otra: podría cobrarse un gol en lanzamiento directo de córner, que hasta entonces tenía la consideración de tiro indirecto. En esas estábamos cuando Uruguay ganó el título de campeón olímpico, tras llegar a París como un equipo desconocido (y como un país desconocido, que los europeos se imaginaban como una amalgama poco recomendable de aventureros de fortuna, indios salvajes y menesterosos llegados de cualquier parte de Europa empujados por la desesperación) para ganar sorprendentemente, y en serie, a Yugoslavia, Estados Unidos, Francia, Holanda y Suiza. Su regreso fue triunfal. Y como Argentina tenía también entonces un gran fútbol, se concertó un doble partido entre los «hermanos de La Plata».
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El de Montevideo, el 21 de septiembre, terminó 1-1. El de Buenos Aires, concertado para una semana después, no se puede disputar en el día previsto por la excesiva expectación, que hace que se desborde el campo del Sportivo Barracas, en la Boca. La gente rebosa e inunda el campo y no hay fuerza pública capaz de despejarlo para que los jugadores puedan disputar el partido, tal era la pasión que había despertado la visita de los campeones olímpicos, a los que se quería ganar a toda costa. Se decide aplazar, pues, el partido al 2 de octubre, mientras se instala un vallado que separa la grada del campo a fin de que no puedan irrumpir en el césped los espectadores, caso de acudir de nuevo en número excesivo. Fue la primera vez que se instalaron vallas en un terreno de juego. Pronto se hará costumbre en Suramérica para sujetar las pasiones del público y proteger a los protagonistas. Y más adelante saltarán a Europa, hasta que los sucesos de Heysel (véase el día 29 de mayo) y Hillsborough (véase el día 15 de abril) demostraran que estaba resultando peor el remedio que la enfermedad.
Se juega, pues, ese día, con estreno de vallado. Gana Argentina 2-1 entre el entusiasmo de su público, y el primer gol, marcado por Cesáreo Onzari en un lanzamiento de córner directo, es bautizado como el «gol olímpico», puesto que se lo ha marcado a los campeones olímpicos. Su saque, muy cerrado, provocó el choque entre el meta Mazali y el gran capitán de la «Celeste», Nasazzi, y se coló. Onzari, descendiente de vascos, había jugado en Almagro y Mitre hasta pasar a Huracán, donde alcanzó fama. Su nombre quedó para siempre en el santoral del fútbol argentino por aquel gol. De hecho, aunque pertenecía a Huracán, Boca le incorporó a la gira europea que realizó al año siguiente como un reclamo especial.




