366 HISTORIAS DEL FÚTBOL MUNDIAL | 15 DE SEPTIEMBRE

Rivera pone presidente a su gusto en el Milán (1975)

Gianni Rivera, junto a Silvio Berlusconi.
Stefano Rellandini REUTERS

Si hay un jugador que de verdad haya mandado en un club, ese es Gianni Rivera, en el Milán. «Il Bambino d’Oro», le llamaron desde su aparición. Figura mundial desde antes de los veinte, demostró fuerte carácter y personalidad al atacar nada menos que al catenaccio, dogma de fe en el fútbol italiano. «Contra los equipos extranjeros jugamos con uno menos», se quejó en su debut en la selección, refiriéndose a que al tener un líbero por detrás de los defensas quedaban en inferioridad. Picchi, el líbero (era del Inter, rival del Milán), se sintió ofendido. También polemizó con el seleccionador de México-70, Ferruccio Valcareggi, que les consideraba incompatibles a él y a Mazzola, y armó un tremendo revuelo más tarde al acusar a los árbitros de «sometimiento psicológico ante la Juventus», opinión, por cierto, muy extendida en Italia. Por ser la Juve el equipo de la FIAT, la gran empresa de Italia, muchos piensan que tiene una gran influencia sobre los árbitros.

Para 1975 su estrella empezaba a declinar, y el 19 de abril, el que entonces era presidente del Milán, Albino Buticchi, tuvo la mala ocurrencia de comentar que sería una buena idea cambiarlo por Sala, una estrella emergente en el Torino. Rivera se sintió ofendido. Y más cuando el presidente del Torino, Orfeo Pianelli, rehusó: «No tengo vocación de anticuario». Rivera replicó que hacía bien, porque «para ser anticuario se necesitan conocimiento, sensibilidad y buen gusto, y Pianelli carece de todo eso». Pero el incidente indignó a Rivera, que estuvo un mes sin ir a entrenarse. Cuando volvió, el entrenador, Gustavo Giagnoni, le excluyó del equipo. Rivera utilizó sus influencias y lo hizo saltar, lo que fue la primera oportunidad de Trapattoni para entrenar. Luego buscó amigos con capital que compraran el club, y los encontró.

La guerra que desató hizo que cayera el propio presidente Buticchi, a los seis meses de sus inoportunas declaraciones. Acaudalados admiradores suyos pusieron el dinero para hacerse con la mayoría del club, en el que él quedó como dueño absoluto, tomando las decisiones desde el mismo césped, cuando aún era jugador. No era extraña tal devoción por un jugador que, aparte de ser un verdadero superclase, mantuvo siempre en alto la bandera del arte y del fútbol bello en un país dominado por el cerrojo y la especulación. Cuando se retiró por fin, pasó a ser vicepresidente del club, hasta la aparición de Berlusconi (véase el día 20 de febrero), a cuya llegada se opuso, lo que en definitiva le costaría la salida de «su» Milán, para el que ganó dos copas de Europa, una Intercontinental, dos recopas, tres ligas y cuatro copas de Italia. Además de eso, ganó el Balón de Oro de 1969 y tomó parte en cuatro mundiales.

Pero quizá nada le produjo más satisfacción que hacer saltar del club al impertinente Albino Buticchi, el presidente que le había despreciado de tal forma. Que era, en el fondo, despreciar al Milán, del que fue bandera durante tantos años.