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Lazcano estrena una obra de teatro en El Escorial (1931)

366 HISTORIAS DEL FÚTBOL MUNDIAL | 12 DE AGOSTO

Lazcano estrena una obra de teatro en El Escorial (1931)

Lazcano estrena una obra de teatro en El Escorial (1931)

Jaime Lazcano, pamplonica, fue un gran jugador a caballo entre los veinte y los treinta. Debutó en Osasuna con quince años y con dieciocho ya le había fichado el Madrid, donde se hizo muy querido. Su pelo rizado y largo por la frente hizo que se le conociera como «El niño de los caracoles». Era un extremo poderoso, más partidario de entrar en diagonal y marcar gol que de abrirse a la banda. Se decía de él que tenía vocación de delantero centro. Marcó los primeros goles del Madrid en la liga, en el partido del estreno de este campeonato en Chamartín: un 5-0 sobre el Europa, en el que él marcó cuatro. También fue uno de los héroes del 15 de mayo de 1929, porque formó parte de la selección española que aquel día inolvidable ganó a Inglaterra. En el Madrid jugó desde 1928 hasta 1935, cuando se fue a Salamanca a rematar sus estudios de Medicina.

Luego jugaría también en el Atlético. Con el Madrid ganó dos ligas y llegó a cuatro finales de Copa, de las que solo ganó una. Jugó en total 147 partidos, con 79 goles en el equipo blanco. Dejó pronto el fútbol de primer nivel porque le llamaba más la atención la medicina. Pero su peculiaridad más llamativa, más allá de sus estudios universitarios de medicina, era su condición de autor de obras teatrales, que solía estrenar en San Lorenzo de El Escorial, en el teatro Carlos III, coincidiendo con las fiestas del verano. La primera de ellas, Lujuria, la describe él mismo en una entrevista con Rienzi como cruda, «asunto moderno. La sociedad, la queridita, la carroña…». Otras obras suyas fueron Lo que oí en mi confesionario, Las ciudades malditas y El Rey del Astrágalo, título que incoporaba el apodo con que era conocido su compañero de equipo Gaspar Rubio, el rey Gaspar, llamado así por la frecuencia con que se quejaba de dolor en ese huesecillo, que nadie creía que existiera realmente. En la misma entrevista, Lazcano cuenta que desde los doce años leía todo lo que caía en sus manos y que recitaba de memoria parrafadas enteras de distintas obras de Tirso, Lope, Cervantes o Moreto. Cuenta cómo un artículo de José Betancort le hizo saber de John Galsworthy, que buscó traducido sin encontrarlo, y se declara admirador de Marcel Achard: «Apenas conozco nada como su farsa Voulez-vous jouer avec moi?». Se muestra partidario de un teatro de ideas con contenido. «La forma como aquellas se expresan no me interesa. La factura, el enfoque, la convención del teatro clásico quizá nos parezca anticuada, porque lo es. La vida va muy deprisa y el teatro es vida, ¿no crees? Pero lo clásico, como lo moderno, de lo que se sostiene, de lo que vive, es de la idea… ¿Es que Hamlet puede pasarse mientras los hombres seamos de carne y hueso?».

El público llevó de una forma desigual esa otra actividad de Lazcano. Con frecuencia le llamaban «¡Dramaturgo!» cuando jugaba mal, pero nunca cuando jugaba bien. A Lazcano no le gustaba mezclar ambas cosas. Pero siguió con su hábito de estrenar en El Escorial en las fiestas de agosto. Retirado del fútbol, terminada la guerra, abandonada esta afición, Lazcano fundó en Madrid la Institución del Colegio Apóstol Santiago, centro deportivo situado en la salida de la capital por la autopista de Barajas, y que fue escuela de grandes deportistas madrileños durante años.

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