México-Venezuela

'Tecatito' le quita el liderato a Venezuela en el último suspiro

Una fantástica actuación del atacante mexicano, quien neutralizó el golazo de Velázquez en el primer tiempo, salvó a México de perder ante Venezuela en Houston. El Tri gana el Grupo C.

PERFORM

Houston, no hubo problema. Pero sí una contingencia. Muchas, a decir verdad. Pero, Houston, no hay de qué preocuparse. Jesús Corona, investado ahora como nuestro insigne capitán de nave, ha solucionado la despresurización. Todo conforme a calendario, Houston. El próximo sábado aterrizaremos en Santa Clara, California. Justo como lo habíamos presupuestado.

Aquí el reporte de la emergencia, Houston. El comandante Osorio cumplió su palabra y dibujó un sistema que garantice la utilización de todas las piezas disponibles. Dudamel, quien en la conferencia previa justificó la filosofía ‘osoriana’, se convirtió a ella. Angel, Seijas, Villanueva, Del Valle. Ocurrió que el fondo del armario le moldeó buena figura a Venezuela. Dudamel a sus cazas por el espacio aéreo mexicano, menos vigilado que las fronteras de Somalia. Santos recentró y Velázquez remató, inspirado en Hugo Sánchez, o en su homónimo, el pintor de Sevilla: su pose homenajeó a la ‘Venus Del Espejo’.

México afiló los machetes y Venezuela abrochó el chaleco antibalas. Aquino rompió las cuerdas de su violín al afinar y Corona, usualmente primer instrumento, entró en remplazo. Hirving Lozano, la navaja más filosa, comandó la acometida tricolor. Junto a Oribe desgarró a Vizcarrondo y Velázquez, pero su sablazo final sólo abolló el escudo de Hernández. Los hombres de Dudamel protegieron su territorio como Sam Houston el suyo, mientras que México, ensimismado, se planteaba resolver con ecuaciones cuadráticas lo que bien podría hacer con una bofetada. Torres Nilo, el verde más irracional, encontró una alternativa a tanta ‘cientificidad’: los cabezazos de Peralta y Herrera, derivados de arrebatos suyos, trazaron el diagrama de flujo. Eso sí, Venezuela sobrevivió al primer asalto, como Joe Fraizer a Ali en “The Ring”.

Osorio inyectó a Layún y desterró a Torres Nilo, sin méritos para tal castigo. La transfusión llenó a México de vigor, aunque tuvo el efecto (y la duración) de una brutal descarga de cafeína: la catarsis y la depresión. Entretanto, ‘la Vintotinto’ reposó en los decantadores González, Peñaranda y Del Valle, futbolistas con pasaporte venezolano y estirpe brasileña. El tesón de ‘Tecatito’, activado en su versión ‘leyenda’, montó otro Caracazo que terminó con una plegaria de Molina. Después, Layún probó la bayoneta, pero Hernández no cedió ni un ápice. La secuencia terminó con Peñeranda merendándose la arepa que Rincón le había lanzado. La insaciabilidad define a la juventud.

Javier Hernández fue la tercera vacuna de Osorio. Su incursión causó que Dudamel ordenara el acuartelamiento de sus soldados. Y entonces, el milagro; Hernández, bendecido por Nuestra Señora del Coromoto, sobrevivió a las balas de Reyes y Moreno. Ni Maduro podría explicarlo. La carambola llenó de esperanza a México; la falla actuó más como mecanismo de inspiración que de negación. Entonces, Corona, broche en la pierna, pintó el gol de la Copa pero olvidó la firma. Y las obras sin firma, condenadas al anonimato, son el relleno de los museos no obstante su belleza. Pero ‘Tecatito’, artista voraz, sabe que nunca han dado las doce. Como cohete de propulsión a chorro destruyó la muralla de Dudamel y el castillo inexpugnable de Hernández.

La batalla tuvo historia hasta que el juez decretó la amnistía. Hasta entonces, Josef Martínez, inspirado en Hugo Sánchez (y en Hakeem Olajuwon, por su movimiento de espaldas), ocasionó el vuelo de Corona desde el Salto del Ángel. Acto seguido, una jugada supersónica (Aguilar-Lozano-Chicharito) fue detenida por la misión suicida de Velázquez, el Káiser de Ciudad Bolívar. A final de cuentas, su sacrificio no impidió que México tome la ruta hacia Santa Clara; el camino menos tortuoso para llegar a Nueva York. Es el reporte, Houston. Cambio y fuera.