La mayor de las convocatorias madridistas en Cibeles (1998)

Desde 1966 el Madrid no había vuelto a ganar la Copa de Europa,su competición favorita. Había ganado las cinco primeras y luego la que hacía la sexta, pero desde entonces entró en un largo túnel. Nunca dejó de creerse algo así como el poseedor moral de ese trofeo, aunque hubiera pasado de constante ganador a eterno aspirante. La relación del Madrid con la Copa de Europa fue para mí, durante tantos años, comparable con eso que se cuenta de las familias sefardíes que guardan la llave de su vieja casa de Toledo, de la que se fueron hace siglos, con la esperanza de volver un día a ella, meter la llave en la cerradura, abrirla y ocuparla. En algún momento tuvo el Madrid equipo para intentarlo. El llamado de «los Garcías» llegó a la final de la edición número XXV, pero perdió ante el Liverpool. En realidad, demasiado había hecho. No tenía nivel para tanto. Más adelante, el Madrid de la Quinta del Buitre ganó dos veces la Copa de la UEFA y después hizo una gran campaña en la Copa de Europa, eliminando sucesivamente al Oporto, el Nápoles y el Bayern, para caer en semifinales, con verdadera mala suerte, ante el PSV Eindhoven, por un 1-1 en el Bernabéu y un 0-0 en la vuelta. Inmediatamente apareció el gran Milán, que fue mejor equipo, y esa generación se quedó sin su Copa de Europa.
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El milagro por fin llegó, el 20 de mayo de 1998, traído por un equipo inconstante, muy poco del estilo histórico del Madrid. Un equipo de jugadores buenos, pero sin la ética del trabajo que requiere la liga, en la que el Madrid se retrasó mucho aquel año, hasta acabar cuarto, puesto que no le hubiera entonces permitido clasificarse para la Copa de Europa siguiente. Pero en Europa llevó una buena marcha, pasando primero un grupo con el Rosenborg, el Oporto y el Olympiacos para eliminar luego sucesivamente al Bayer Leverkusen y al Borussia de Dortmund. La final es en Ámsterdam, en el precioso Arena, el campo más moderno de Europa en ese tiempo, y ante un clásico, la Juve. Juegan Illgner; Panucci, Hierro, Sanchís, Roberto Carlos; Seedorf, Karembeu, Redondo, Raúl (Amavisca, 90’); Mijatovic (Šuker, 89’) y Morientes (Jaime, 81’). El partido se resuelve con un solitario gol de Mijatovic, que no había marcado en toda la competición, aunque sí bastantes veces en la liga. Cuando lo marca, corre a abrazarse con Fernando Sanz, el hijo del presidente. Luego se sabrá que este le había dicho que la noche anterior había soñado que ganarían, y que el gol lo marcaría Mijatovic.
El equipo vuelve en triunfo con la Copa, y medio millón de madridistas abarrotan Cibeles, la diosa adoptada por los hinchas del club blanco como patrona de sus triunfos. Es la primera Copa de Europa «en color», lo que le permite al Madrid quitarse de encima el remoquete de equipo que vive solo del pasado, de la memoria. Luego trasciende un detalle: en la víspera, el entrenador, Heynckes, le ha dicho al presidente Sanz que está hundido, que no puede con la plantilla. Sanz se lo dice al grupo, que se autogestiona. Luego se irá Heynckes y Sanz emprenderá una renovación del equipo, conocido como la «Quinta de los Ferraris». Con otro grupo, en el que ya no estarán ni Seedorf ni Mijatovic ni Šuker, Sanz ganará la Champions dos años después. Y, dos más tarde, el club ganará un tercer título en color, este ya con Florentino Pérez de presidente y sus «galácticos» en el campo. El Madrid había roto el maleficio del pasado y se había reencontrado con «su» Copa. De ahí aquella grandiosa manifestación en Cibeles.




