366 Historias del fútbol mundial | 20 de enero

Nos deja Garrincha, la 'Alegria do Povo' (1983)

Pau Grande es un pueblo que hoy tendrá unos 5000 habitantes, a hora y media en coche desde Río de Janeiro, por carreteras empedradas y empinadas, entre montañas y vegetación selvática. Allá está enterrado Manuel dos Santos, Garrincha, porque allá fue donde nació, el 23 de marzo de 1933. Fue un niño atacado de una poliomielitis leve, que le dejó una pierna algo más corta que otra, y con la rodilla metida un poco hacia dentro. Garrincha tenía la pierna derecha de cowboy, arqueada y sana, pero la izquierda era extraña, de curva paralela a la de la otra, en lugar de hacer el paréntesis común. ¿Cómo pudo jugar al fútbol así? Pues jugó, y lo hizo extraordinariamente bien. Tras pasar por Vasco da Gama, Fluminense y San Cristóbal llegó al Botafogo, el equipo de su vida, con el que se le vio ya en España, en el viejo Metropolitano, el día en que se presentaba el fichaje de Pazos por el Atlético. Pero fue una celebridad mundial sobre todo por sus proezas en los mundiales de Suecia y de Chile, los cuales ganó con Brasil.

Al primero había ido como suplente de Joel, igual que Pelé había ido como suplente de Altafini. Pero el equipo no respondía, y al tercer partido, ante Gales, el seleccionador los sacó a los dos y quedó conformada una gran delantera: Garrincha, Didí, Vavá, Pelé y Zagallo. En el de Chile, Pelé se lesionó pronto y Garrincha cargó con el peso del equipo, al que hizo campeón. Nunca sabía contra quién jugaba. Para él, todos sus marcadores se llaman João, porque así se llamaba el primero que le marcó en un partido oficial. Cuando acabó el Mundial de Suecia se apenó, porque creía que había una segunda vuelta, como en la liga, en la que había que volver a jugar contra todos.

Para Inglaterra-66 ya estaba en leve decadencia, y le discutía el puesto Jairzinho. Pronto entró en barrena, y empezó a correr de club en club (Corinthians, Portuguesa, Flamengo y Atlético Junior de Barranquilla, en Colombia) y de barra en barra. Cambió la vida de deportista por la de la farándula, en compañía de la cantante Elsa Soares, a la que se unió tras abandonar a su esposa, de la que solo consiguió tener hijas, pero ningún varón.

Sin embargo, el pueblo le siguió adorando, más que a Pelé, que se fue al Cosmos y se hizo un hombre grande del business system norteamericano. Garrincha, apodado así por el nombre de un pajarillo de la selva, había salido del pueblo y volvió a él. Se convirtió en un desheredado más. Años después le cantaría Zitarrosa: «¿Quién se llevó de pronto la multitud? ¿Quién le llenó su vaso en la soledad?». De Garrincha se sabe de cuando en cuando, cada vez que se le ingresa para una cura de desintoxicación. En los carnavales de Río de 1980, una imagen patética da la vuelta al mundo: una carroza celebra los títulos de Brasil, y a su frente, sentado, va un Garrincha delgadísimo, depauperado, que mueve mecánicamente la mano para saludar a la gente.

Meses después fallece. Aparece en el suelo con un golpe en el ojo. Su hermana y alguna de sus hijas acusan a su última mujer, Vanderleia, de asesinato, pero la autopsia desvela que ha fallecido por un cuadro clínico de alcoholismo crónico: congestión pulmonar, degeneración del hígado, pancreatitis y pericarditis. Llevaba veinte días seguidos bebiendo, incluso colonia, y tres sin comer. Su modesta tumba en Pau Grande siempre tiene siete velas, homenaje al siete más grande de la historia.