“El gol de Zidane en Glasgow debería estar en el Prado”
En Las Estaciones de Juan, Manolo Tena, este rockero criado en Lavapiés, y que iba para guardameta, confiesa su debilidad por Zidane y Guti a pesar de sus orígenes atléticos.

—He leído que el fútbol influyó lo suyo en su rescate del infierno.
—Yo amo la vida y el fútbol me ha sacado de muchos problemas. Es algo muy sano. Jugar al fútbol, ver, opinar y discutir sobre fútbol. Es un poco la democracia que no existe en la política. Que es un negocio, además, sí, pero hay negocios bastante más sucios que el fútbol. Hay penas muy graves que se sofocan viendo con los amigos un partido de fútbol. Es bastante consolador.
—De jovenzuelo eligió ser portero de fútbol...
—Fui portero porque nadie quería serlo, todos querían ser delanteros centro. Entonces dije, me pongo yo y resultó que no se me daba nada mal. Lo paraba todo aunque me pegaba unas buenas panzadas y en invierno volvía a casa con barro hasta en las cejas. Pero, bueno, me lié pronto con la música y el fútbol fue quedando en un segundo plano.
—¿El rock and roll nos privó de un grandioso guardameta?
—Bueno, en fin, apuntaba maneras, sí, pero a ver si me entiendes… Recuerda a Handke cuando hablaba del miedo del portero al penalti. Seguramente el tío Peter estaba pensando en mí. El puesto de portero es jodido porque cualquiera de sus fallos, por pequeño que sea, es muy visible y, la mayoría de las veces, decisivo.
—Y entre parada y parada se compró su primera guitarra y ahí cambió un sueño por otro.
—Mi primera guitarra la compré con el sueldo que ganaba siendo botones en Agromán, y empecé a sentirme más músico que futbolista, pero el fútbol nunca lo olvidé. Además, he tenido el privilegio de llenar algún campo de fútbol que otro a golpe de guitarra.
—¿Cuál ha sido el equipo de su vida?
—Fui del Atlético de Madrid por culpa de un tío mío que me llevaba con él siempre al campo. Durante mucho tiempo creí que era del Atleti y sólo del Atleti, pero como no soy nada fanático esa identidad me fue abandonando y ahora no soy de ningún equipo en especial. Me gusta el fútbol y me gusta el que lo juega bien, sea de donde sea.
—¿Qué imagen inolvidable del fútbol guarda para siempre?
—Sin duda, el gol de Zidane con la zurda en Glasgow en aquella final de la Novena Copa de Europa para el Madrid. Hay pocos momentos tan bellos y extraordinarios en la vida como ese. Es una obra de arte digna de figurar en el Museo del Prado. Y, además, me parece un buen tipo. Lo lamentable es que mucha gente recuerda el error que cometió en la final del Mundial con el cabezazo a Materazzi. ¡Qué le diría el italiano para que Zidane reaccionara así!
—Viniendo de un atlético le honra esa admiración por Zidane.
—Pues muchas gracias, pero es que la envidia mata, y en este mundo eso se da mucho. Yo he cambiado la envidia por la admiración y si tengo que admirar a un rival por algo que haya hecho fetén, le admiro sin ningún problema.
—Cuando un futbolista desaparece del mapa suele ser para siempre, ¿a qué sabe sentirse de nuevo vivo y artista?
—Las derrotas humanizan mucho. Y hay que aprender de los errores, una canción mía dice: ¿Cuál ha sido el error, el error, el error? Es una canción de esperanza aunque no lo parezca. Recuerdo que en un vídeo dedicado a Djukic cuando falló el penalti que le dio la Liga al Valencia le pusieron esa canción, pobre hombre. Yo he aprendido mucho de los errores. Y lo he aprendido de las palabras mágicas, que son: perdón, por favor, gracias…, eso te abre todas las puertas, si vas de prepotente por la vida estás perdido. La mejor enseñanza de las derrotas es que nada es para siempre. Hay que disfrutar los buenos momentos. Como se dice en la película ‘Esplendor en la hierba’: la belleza permanece intacta en el recuerdo.
—Lo difícil es que la cabeza sea capaz de gestionar como se debe los buenos y los malos tragos.
—Es complicado, sí, porque cuando estás muy abajo, sobre todo, tiendes a encerrarte, a convertir tu vida en un búnker y a rechazar la ayuda de tu gente. Uno de mis grandes aciertos fue aceptar a tiempo la mano que me tendieron.
—Leemos que Mano Tena está de vuelta, ¿se imaginaba esto hace unos pocos años?
—De vuelta no estoy, he vuelto a grabar después de ocho años. Durante todo este tiempo creo que me hecho más fuerte, estoy volviendo de un viaje iniciático y ha cambiado mi concepto del amor, la amistad y todo eso.
—¿Cuándo empieza a entrar en el espacio de sombra?
—No sé, descubrí que no era un artista de un disco al año. Yo necesito estudiar mucho, componer, repasar, corregir y, después, entre 70 canciones, escojo diez. Todo fue un proceso, hace 8 años dejé de trabajar y ya está. La novela de Vargas Llosa ‘Conversaciones en la catedral’ comienza con esta frase: ¿Y cuando se jodió el Perú? Y a partir de ahí tienes 500 páginas para jugar y disfrutar. Yo te podría decir lo mismo, me retiré cuando me retiré, pero la cosa ya venía de atrás. Ya no llenaba los teatros, no estaba bien físicamente, estaba más pendiente de otras cosas que de mi público y así pasa lo que pasa.
—No todo el mundo puede decir que ha probado el éxito y el fracaso.
—Yo sí lo puedo decir, y lo dicen también los Kinks: “...el éxito y el fracaso caminan juntos de la mano por Hollywood Boulevard”. En el fútbol ocurre mucho, el que hoy es un héroe, al siguiente día es un villano.
—Usted está vivo y lo puede explicar, muchos amigos de su generación, sin embargo, ya no están aquí para contarlo.
—Una mierda, sí. Nosotros fuimos víctimas de una época en la que la desinformación era tremenda. La gente se hacía líos con todo, con la política, con la música, con el arte… El rock and roll era sinónimo de drogas, vale, quizá imitamos el modelo a lo tonto. Pero no es lo mismo ser adicto a la heroína si eres Mick Jagger que si eres un chaval de Lavapiés. Hemos sido víctimas de unos iconos fatales y ahí están las consecuencias. Ahora yo puedo estar agradecido porque tengo otra oportunidad que muchos no han tenido. Y seguro que se la merecían.
—¿Por qué ha llamado al disco ‘Casualidades’?
—Realmente el disco se iba a llamar ‘La vida por delante’, pero empezaron a ocurrir casualidades, cosas imprevistas que te conducían a otras. Pensábamos hacer una obra y salió otra. Así es la vida, una casualidad. Pero es importante que esas cosas te pillen preparado, y yo lo estaba. Tenía casi 70 canciones compuestas.
—Usted ha sido del Atleti, un equipo con un falso aire de perdedor y eso le otorgaba un poso literario singular. ¿Eso es saludable?
—Para nada, y lo hablo mucho con mi querido amigo Joaquín Sabina. Ser un perdedor quizá mola mucho en las películas y determinadas novelas, pero en la vida real no tiene gracia. Yo siempre he querido recuperarme de los peores momentos.
—¿Cómo asiste a un partido de fútbol sin sentir pasión por ningún equipo en concreto?
—Esa falta de forofismo hace que durante un partido vea cosas que los hinchas no ven. Y te vuelves ecuánime, incluso llegas a entender a los árbitros. Muchas de las protestas del público son absurdas, siempre vistas desde mi falta de furia futbolera.
—No sé por qué no me extraña que uno de sus mejores amigos futbolistas sea Guti.
—Guti es genial, qué grande es el tío. Cuando en sus últimos años empezaron a pasar de castaño oscuro las críticas hacia él salí en su busca para darle un abrazo. Eramos medio vecinos y un día le vi por el barrio, me bajé del coche y le dije: mira, tronco, no te preocupes, que los que hemos estado en un lado y en otro ya sabemos de qué va esta vaina. Y el hombre se emocionó, me dio las gracias y se abrazó a mí de verdad. El fútbol es muy ingrato y se empeña en derribar a los genios.
—Y muchos de ellos, a pesar de su fama y su cuenta bancaria, las deben pasar canutas.
—Ufff, yo creo que si no tienen un buen sicólogo, alguien que les consuele y refresque con conocimiento, se vienen muy abajo. Porque en el fondo son unos chavalitos, inmaduros, que no han tenido demasiado contacto con la vida real y esa presión les puede volver locos. La fama trae lo mejor y lo peor. Y luego están los amigos ocasionales, que son la muerte. Cuando yo decidí dejar de gastar el dinero en ciertas cosas desaparecieron todos como las ratas del barco.
—¿Cómo ve la figura de estrellas como Cristiano Ronaldo, con esa espectacular ambición, ese ansia casi descontrolada por conseguir el triunfo?
—El caso es digno de estudio y hay que entenderlo. Figuras como Cristiano, que actúan de esa manera, a veces desmesurada, deben tener ciertos complejos difíciles de resolver que tienen que ver con sus orígenes, su infancia. Cristiano vivía en una chabola en Madeira y perdió muy pronto a su padre, muerto por el alcohol. Sus comienzos fueron muy duros y eso no se despeja de un plumazo. Ese chaval no viene de cero, viene de menos diez. Y creo que es más tierno que el Día de la Madre, pero necesita estar en la cima.
—¿Aparte de Zidane y Guti, cuál ha sido para usted el futbolista más fabuloso?
—Aparte de ellos, y otros más, creo que el jugador por excelencia ha sido Di Stéfano, al menos para mí. Ha habido otros grandes: Pelé, Cruyff, Maradona, no sé. Yo voy al Prado y me gusta más Goya que Velázquez y eso no quiere decir que Velázquez sea peor. Aunque hablando de pintores, me quedo con Antonio López, mi favorito.
—Dice que no es hincha de ningún equipo, ¿hay alguno al que le tenga un cariño especial?
—A mí el que más me conmueve es el Eibar. Si me dicen hace años que iba a estar ahí sobreviviendo en esa selva le habría dicho al confidente que cambiara de dealer. El Éibar me parece un equipo mágico.
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—Vuelven las giras, ¿qué sentirá cuando vuelva a salir al escenario y agarrar el micro en el primer concierto?
—Seguro que me voy a emocionar como es debido y hasta me caerá alguna lágrima. Y también sentiré mucha gratitud.



