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Licencia para soñar

Liga de Campeones | Real Madrid 4 - Tottenham 0

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Fantástica goleada del Madrid. El Tottenham no se repuso de la expulsión de Crouch. Doblete de Adebayor. De los visitantes sólo se salvó Bale.

El empate a cero hubiera sido un magnífico resultado, pero el 4-0 es sensiblemente mejor. Con ese marcador viajará el Madrid a White Hart Lane, donde la leyenda del estadio no sostiene la levedad del Tottenham que se vio ayer. Si tanto le trastocó la expulsión de Crouch, el pecado del equipo es la falta de ánimo. Y si no fue eso, será todo lo demás. Casi todo mediocre menos el joven Gareth Bale, al que muchos madridistas, en plena fiesta, imaginaron fichado por Florentino en el descanso, en fulminante operación. La única verdad, a falta de compulsar el impreso, es que el Madrid estará en semifinales contra quien sea menester.

Y lo mereció, quede claro. La superioridad del Real Madrid fue absoluta, jugando mal una parte y jugando bien la siguiente. Suyo fue el interés y la intensidad, el amor propio, la agonía y, por supuesto, el campo. Sólo los jugadores muy grandes sobreviven a un ambiente así y el Tottenham únicamente tiene a uno de esos, el chico velocista, el apolo con orejas de soplillo. Se hizo justicia, por tanto.

Aunque el partido será recordado como una hazaña, el comienzo fue un tanto particular. Lo más importante de la primera parte se concentró en el cuarto de hora inicial. Después de un par de aproximaciones locales, a los cuatro minutos marcó Adebayor, de limpio cabezazo a la salida de un córner. Ni Modric, bajo palos, ni Gomes se pusieron de acuerdo para sacar el balón. Casi tanto como el gol, tempranero, sorprendió el recurso utilizado por el rematador, pues, a pesar de su altura (1,92), Adebayor no es un futbolista que explote su ventaja en los balones aéreos, quizá por no abusar.

La roja. A los catorce minutos fue expulsado Crouch, otro alto en escena. Siete minutos antes había visto la amarilla por una entrada desproporcionada a Ramos, absurda por la intensidad y por la latitud, a pocos metros del área de Casillas. En su segunda amonestación Crouch no se manejó con tanta dureza, pero, debido a su anatomía (dos metros de piel y huesos), cualquiera de sus movimientos resulta aparatoso y, en consecuencia, sospechoso. Además, Marcelo le estaba esperando para dibujar ante el árbitro un bello salto carpado.

No sientan al paradójico Crouch (su apellido se traduce como "agacharse") como un víctima. Fue culpable por ser impetuosamente torpe y, según indican las estadísticas de la UEFA, por reincidente: no hay futbolista, central o ariete, que haya cometido más faltas (26) a estas alturas de la competición.

Sin Crouch, el Tottenham perdió el palo mayor. En su ausencia, Van der Vaart intentó ejercer de único punta, pero ni él creyó en esa solución ni sus compañeros tampoco. A falta de 75 largos minutos (molto longuis), el visitante parecía dar por buena la derrota por un gol y jugaba sin otro objetivo que conservar su mínima desventaja, virgencita que quede como estoy.

No metan a Bale en ese saco. Lo suyo es otra cosa. Toda la fama que le precedía quedó justificada en su primera carrera por la banda izquierda. En apenas 20 metros le sacó la mitad a Pepe. Forzó una amarilla (único modo de pararle sin utilizar armamento ligero) y hubiera forzado una docena de haber insistido por el mismo flanco. Lástima para el espectáculo que los primeros minutos se los pasara en la derecha, como teórico tapón a las subidas de Marcelo, miseria imperdonable de su entrenador.

Bale fue el único jugador del Tottenham que no se sintió acomplejado en el Bernabéu y el escasísimo peligro que creó su equipo le tuvo como responsable: primero con un formidable saque de banda que dejó solo a Van der Vaart (lento y obtuso) y luego con una internada propia que acabó con el balón en el lateral de la red.

Los banquillos también eran reflejo de la enorme diferencia de estilos y actitudes, casi de siglos. Mientras Mourinho, de negro satinado, recordaba a un miembro de los Oceans Eleven, Redknapp, sonrosado y contemplativo, parecía el hijo de los Roper. Si Harry pintó algo sobre la pizarra debió ser abstracto. Modric y Sandro estaban patéticamente perdidos y Jenas, teórico relevo de Lennon, lesionado en el calentamiento, se disimuló entre los centrales.

La primera mitad se cerró, sin embargo, con una extraña sensación. El Madrid había dejado con vida a un rival que se batía en retirada. Y lo que es peor, el fútbol del anfitrión, como sucedió ante el Sporting, no daba la impresión de ir mucho más lejos. Cierto es que el árbitro le había escamoteado un penalti (manos de Dawson al estilo Míchel Salgado) que pudieron ser dos (empujón a Manolito). Pero salvo el primer arrebato y el último, el Madrid no se había comportado como el de las grandes noches europeas.

Concienciados. En la segunda parte cambió por completo el panorama. Algo ocurrió en el descanso que los dueños del campo entendieron la importancia del momento, lo cercano del objetivo, como si alguien, entre los ánimos de rigor hubiera pronunciado las palabras mágicas, semifinales, chicos, semifinales.

Salió otro Madrid y regresó el mismo Tottenham, con la única novedad de Defoe por Van der Vaart, poca cosa. El nuevo no tuvo otra aportación que entregar a Bale en un contragolpe que acabó en el limbo, el último ataque de los visitantes.

Después vino el torrente. A los 57 minutos, Marcelo templó en dirección al volcán y por allí volvió a aparecer la testa rasurada de Adebayor, que anoche descubrió el dulce oficio de cabeceador. Segundo frentazo y segundo gol. Y el rival groggy, con la mirada perdida en un punto del horizonte, tal vez el Txistu.

Mourinho abrió el campo y sólo fue cuestión de esperar. Al miedo, el Tottenham iba sumando nuevos achaques: el desorden, el cansancio, la pena y la nostalgia de Bale, medio renqueante desde el minuto 70... Curioso que el lema del club sea to dare is to do ("atreverse es hacer"), porque la pasada noche ni osaron ni fabricaron.

Adebayor, despedido como un héroe por la grada, dio paso a Higuaín y, para jalear la fiesta, Di María consiguió el tercero de un modo que tiene muy practicado: recorte hacia dentro y zurdazo a la escuadra más lejana. Por allí se coló la pelota, lanzada casi desde un pico del área grande. Mientras el estadio se desparramaba, el Fideo lo celebró como corresponde: comiéndose la hierba (con esta dieta no engorda).

El cuarto lo marcó Cristiano Ronaldo por pura insistencia. Minutos antes había pedido el cambio, visiblemente maltrecho, cansado y magullado. Sin embargo, continuó, como si olfateara el gol que estaba por llegar. Y llegó. Conviene consignar que el pase se lo dio Kaká, presente desde el minuto 76 y ligeramente activo. Cristiano empalmó la pelota con todos los músculos que le moldean y que deben ser más de los que están catalogados en los libros de anatomía. Gomes, amable, puso el resto.

Kaká. Y un apunte: qué importante sería que Kaká volviera al reino de los vivos para iluminar algunos apagones, para cubrir las intermitencias de Özil o, simplemente, para enriquecer a un equipo que necesitará de todos los efectivos posibles para alcanzar la última orilla.

De momento, los hechos acompañan. Adebayor fue el héroe en sustitución de Benzema y a la espera de Higuaín. Las lesiones no frenan a Cristiano y Marcelo, y la sensación general es que el viento sopla a favor y el Madrid navega con las velas infladas.