La estrella se estrella
Los portugueses acabaron jaleando a su equipo entre olés, para desesperación de esta España que no termina de recuperar el feeling futbolístico desde la final de Sudáfrica. Cristiano se salió en lo que pareció un aperitivo del Clásico...


Cristianato. Algún día se recordará así el período de la historia futbolera en la que este coloso con botas lució sus músculos de acero por los campos de todo el orbe. Cristiano no entiende de amistosos ni en las fiestas familiares de cumpleaños. Siempre compite, siempre busca retos, siempre da la cara, siempre quiere más... Su pique con Piqué durante el primer tiempo fue para enmarcar. Si esto es lo que nos espera el 29-N, ya pueden frotarse las manos señores. Espectáculo asegurado. El gigante de 192 centímetros le ganó al portugués los primeros asaltos. Incluso, le atosigó susurrándole algo al cogote tras un roce de orgullos entre Busquets (que le dejó un recado en el tobillo de apoyo) y el dueño y señor del partido. Pero Cristiano esperó su momento.
Llegó en el minuto 35. Piqué, lesionado en el gemelo, no pudo frenarle en el área. Recorte sublime, pisada de balón mágica y vaselina para la hemeroteca. Pero la ceguera del linier y la torpeza de Nani por remachar, dentro de la portería, un balón que ya había entrado, invalidaron un golazo que habría dado la vuelta al mundo. Cristiano arrojó al suelo su brazalete al ver destruida su obra de arte. Pero el Súper 7 reaccionó con grandeza y al borde del descanso inventó unas chicuelinas por la izquierda, culminadas con una estocada desprendida y mortífera (Casillas rechazó como pudo), para que Martins firmase el descabello con el gol que hacía justicia. Cristiano, medio cojo, ya no pudo seguir. Piqué, heroico salvando un gol bajo palos, tampoco. Si yo fuera portugués, estaría orgulloso de tener un jugador de este calibre...
Sin testigos. Flaco favor ha hecho la afición portuguesa para dar lustre a esa Candidatura Ibérica que debería llevarnos a coorganizar el Mundial 2018 con nuestro país amigo. En el estadio de La Luz se vieron muchas sombras no sólo en el juego de la España de mi admirado Del Bosque, sino en las gradas del imponente estadio del Benfica. El aspecto de las tribunas resultó desolador. ¿Se jugaba un Portugal-España o un Boavista-Rio Ave? Sólo 28.000 espectadores sobre una capacidad de 75.000 resultó ridículo. En el campo había de entrada once campeones del Mundo y un Balón de Oro: Cristiano. Los precios, entre 10 y 35 euros, tampoco eran disuasorios por mucha crisis que haya. Si esta va a ser la tónica, la FIFA debería pensárselo. O llenan los campos o en España nos bastamos de sobra para lidiar este toro sin ayudas vecinales...
Cierre del mágico 2010.En el mejor año de nuestra historia, no seré yo el que toque las narices con un imprudente ataque de amnesia. Pero me reconocerán que nuestra Roja está luciendo la estrella que corona su escudo con mucha pena y poca gloria. En el estadio de La Luz nuestro tiqui-taca se quedó a oscuras. Llegamos a trenzar mucho, pero sólo Iniesta, un genio, y Capdevila tenían claro el asunto. Villa, anclado en sus raulianos 44 goles. Silva, agua sin gas. No competimos, sólo paseamos. Argentina y Portugal nos han dejado dos moratones y ocho goles. ¡Basta ya!
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Cutre-look.Así se puede definir la nueva camiseta que estrenamos en Lisboa. Esas bandas de colorines en las mangas nos rescatan la camiseta-paellera de infausto recuerdo del Mundial de España-82. Volvamos al rojo imperial y limpio, sin incursiones de diseño que restan tronío a nuestra puesta en escena. Y da mala suerte...
Reflexión. España no debe rasgarse las vestiduras. La fotografía de los héroes de Johannesburgo levantando la World Cup sigue en el disco duro de nuestros corazones. El equipo de todos regresa en febrero. Tres meses para descansar mente y cuerpo. ¡Volveremos!



