El Atlético se convierte en superviviente

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El Atlético se convierte en superviviente

El Atlético se convierte en superviviente

Por un camino lleno de baches, el Atlético accede a semifinales de la Copa del Rey. A dos partidos de una final que puede arreglar una temporada hasta ahora con mucha más arena que cal. Forlán marcó tras un regalo de Noguerol y el Atlético, con poco fútbol y pocas llegadas, contuvo a un Celta que esta vez no tuvo la autoridad del Caldéron. Los de Eusebio echaron en falta las ocasiones perdonadas en la ida y se quedan con mucha dignidad en el camino como antepenúltimo obstáculo de un Atlético que, a trompicones, sigue adelante.

Lleno de cicatrices, con el cuerpo molido a golpes y con cara de veterano de guerra, de quien se ha dejado jirones de alma por el camino. Sacudido, cansado y sin rastro de inocencia, el Atlético es semifinalista de la Copa del Rey. Le vapuleó el Recreativo y prevaleció con una exhibición de épica histérica en el Calderón. Le ninguneó el Celta y sobrevivió otra vez, esta vez a base de oficio y blindaje. Y con un toque de suerte. Un conjunto de argumentos que casi nunca se alían con un equipo que puede celebrar que no sufrió demasiado ante un equipo de la zona mileurista de Segunda División. Es lo que hay.

No fue mejor el Atlético en Balaídos pero impuso la ley del más fuerte, que era él aunque nadie que viera la ida hubiera apostado por ello. Allí, en la orilla del Calderón, se dejó el Celta las semifinales. Fue tan superior, llegó tanto y dominó de forma tan insultante, que el 1-1 sonaba a master de supervivencia de los Quique. Así fue. Todo lo que perdonó el equipo vigués se le apareció como una visión fantasmal en el ecuador del primer tiempo, cuando Noguerol falló estrepitosamente y dejó el balón en los pies de Forlán, que galopó hacia la portería y definió con fuerza y estilo. Se llama pegada. La da el presupuesto. Va implícita en la diferencia de categoría.

Eso mató a un Celta que a los puntos mereció la eliminatoria. Pero el fútbol no es boxeo y no es el festival de Eurovisión, aunque con la defensa del Atlético a veces no se sepa que pensar al respecto. Y lo que cuenta es el knockout, la dinamita. El Celta perdonó en la ida y el Atlético mató en la vuelta. Fin de la historia y los de Quique en semifinales de Copa. De derrota en derrota, como mínimo de susto en susto, hacia la victoria final. Queda en el Caldéron motivo para la sonrisa porque con todo lo que ha llovido, con todo lo que se ha escrito en los diarios y se ha gritado en las gradas, el Atlético está a dos partidos de pelear por un título.

El Atlético aprende a blindarse

Como la noche basculaba entre el bálsamo y los cuchillos largos, Quique se guardó los experimentos y apostó por lo que ahora mismo parece su equipo ideal, que hay que asumir que incluye a De Gea y que se reinventa en la medular con un doble pivote de hierro: Assunçao y Tiago. Por delante, toda la dinamita y noventa minutos para salvar el cuello y lavar la imagen. Lo segundo era accesorio y se consiguió solo a medias. Lo primero innegociable y se logró con un golpe de suerte, mucho trabajo y el infaltable sufrimiento final.

El balón fue del Celta otra vez, como en la ida, pero esta vez sin filo, sin veneno. Salvo en los primeros minutos en los que Antonio López vivió un vía crucis en su banda y Aspas, Abalo y Michu se mostraban hiperactivos, el partido se vivió sin apenas llegadas en las áreas. El Atlético casi no construyó fútbol y llegó con cuentagotas más allá del gol casi regalado, pero se mostró más sólido de lo habitual, con un centro del campo más impermeable bajo el mando de un Tiago algo acelerado de cabeza y lento de pies pero con jerarquía y pulmones. Hasta Perea se manejaba con una seguridad que emanaba hasta la defensa desde la medular y desde la portería, donde De Gea lució maneras de portero con fundamentos de manual.

En el segundo tiempo el partido se resquebrajó tras muchos minutos de pacífica tranquilidad para el Atlético. Ya sin Tiago y bajo la lluvia, los colchoneros parecieron tomar finalmente el mando cuando al Celta la fallaba la energía y la fe. Ahí empezó a aparecer Agüero y cabalgó Forlán, que perdonó igual que Simao ante un acertado Yoel.

Cuando la sentencia parecía en camino, el Celta tuvo un último hálito de vida, se reconstruyó en torno a Trashorras y puso nervio a la recta final del partido con una referencia arriba, Joselu, que remató al larguero en un balón que llevaba tarjeta de embarque hacia la prórroga. Esta no llegó porque hoy era la noche de un Atlético blindado, duro, con un toque de suerte y un espíritu de sufrido superviviente. Con cicatrices y moratones, con más sudor que fútbol, pero en semifinales. En medio de la tormenta, a dos pasos de la gran final de Copa. Así es el fútbol, así es el Atlético.