Y Dios creó a Cristiano
Cristiano se apoderó de la escena y el Vélodrome se rindió a la exhibición del futuro Balón de Oro 2010. Los corsarios marselleses jugaron al límite de la ley. La Peña La Gran Familia es feliz. Su Madrid entró en octavos por la puerta grande...


Pichichi de Europa. La caldera del Velódrome se apagó en sólo cuatro minutos. Los que tardó Cristiano en aparecer como un ave fénix, un ángel con musculatura sacada de la Grecia Clásica y un golpeo de pelota impactante, perfecto, demoledor. Se cuadra delante del balón como si diseñase la falta con regla y cartabón. La espalda se convierte en un trapecio de acero. Bufa antes de lanzarse a por su presa favorita: la bolita. Le da con el efecto justo, diabólico. La pelota sube hasta el sky line de Marsella y de pronto desciende como si fuese una exhibición de acrobacia aérea. Mandanda se estira hasta crujirle las costillas, llega a tocar el esférico, pero los dedos se le doblan ante el cañonazo inmisericorde. Cristiano es el Mesías de la Décima. Es el elegido. Rezaré cada día que pase para que no aparezca otro Diawara en su vida. Si la salud le respeta, meterá al Madrid en la final del 22 de mayo. Es tan bueno que la Liga BBVA debería pedir que el sábado juegue en Mestalla. Hasta la afición valencianista lo celebraría porque su sola presencia justifica el precio de una entrada por cara que sea. Su segundo gol fue una lección de poderío. CR9 puso un broche de oro a su puente sobre aguas turbulentas. Lleva 12 goles oficiales en sólo 39 días compitiendo (el resto estuvo lesionado). Tantos como Villa, uno más que Ibra y dos más que Messi. Europa, a sus pies...
Kárate Kid Casillas. Los marselleses equivocaron el camino para la goleada de nunca jamás. Saltaron al campo con la misión de intimidar al Madrid a base de patadas, plantillazos y cabezazos. Los temidos ultras del Vélodrome estaban sobre el terreno de juego. Parecía la colina de Iwo Jima, con Pepe vendado como Quincoces y los nervios desatados entre tarascada y tarascada. Ni el gol de Lucho González les hizo recapacitar. Deschamps debió proyectarles la película El Castañazo en el hotel de concentración. Zidane y Kopa, cuatro Copas de Europa de blanco en la Tribuna, debían estar avergonzados por su condición de franceses. Pero apareció Casillas, como si se hubiese bebido la pócima de Astérix, y se llevó por delante a Niang, un descargador de muelles senegalés que tenía aterrorizada a la zaga merengona. El hombro se le descoyuntó y los médicos del Marsella le remataron al sacarle el brazalete de capitán sin anestesia. Ahí se acabó la batalla.
Ultras calladitos. El Madrid no sólo selló la clasificación a octavos como líder. Se ganó el respeto de sus enemigos, porque no le arrugaron ni los rayos láser del ejército de Santos Mirasierra ni las cornadas de los bleus ni la presión ambiental del Vélodrome. Este Madrid apunta a la final del Bernabéu...
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Nobleza vikinga. Les voy a explicar por qué el Madrid es tan grande. La israelí Ada Yonath ha ganado el Premio Nobel de Química, tras haber presentado un estudio sobre el efecto de los rayos X en el mapa atómico del ribosoma. Ayer dio una charla curiosa titulada: "Osos polares, carreteras sin asfaltar y subir al Everest". ¿Saben qué dijo a los que se acercaron a escucharla?: "El Real Madrid interesa más que nada que podamos descubrir". Tranquila, doctora. El Madrid es el auténtico descubrimiento.



