Así se forjó un genio
LA VIDA DE CRISTIANO (CAPÍTULO I). Cristiano logró el martes ante la LDUQ su primer gol con el Madrid y en el Bernabéu. AS les va a ofrecer cuatro capítulos sobre la vida del luso. Hoy nos centramos en su infancia, en la que ya empezaba a mostrar sus condiciones de futura estrella.


Debió haber sido un amistoso de tantos, en pleno verano, con la temporada por delante y las piernas por proteger. Un bolo más, como suele decirse. Aquel 6 de agosto de 2003 el Sporting de Lisboa y el Manchester United inauguraban el nuevo José Alvalade y un crío la rompió. Ferguson no le conocía todavía, pero le impactó tanto que en el avión de vuelta se improvisó una cumbre para organizar su fichaje. Y no le dejaron escapar. Unos cuentan que le convencieron los jugadores. Otros que fue iniciativa de Ferguson. Lo cierto es que aquel no fue un partido más ni para el Sporting, ni para el fútbol inglés, ni para el europeo...
Se iniciaba la era europeo...
Se iniciaba la era del entonces desconocido Cristiano Ronaldo, un crío de la Isla de Madeira que años más tarde entró a formar parte de la leyenda futbolística. Nació en la parroquia de Santo Antonio (Funchal) el 5 de febrero de 1985 y allí creció, en las calles de Madeira, con un balón como mayor obsesión. En Funchal muchos recuerdan a aquel niño, siempre con una pelota "por la ilusión de cruzarme con amigos y ponerme a jugar", confesaría mucho después el portugués a El Gráfico de Argentina.
Primeros pasos.
Lo cierto es que sus condiciones se vieron pronto y su difunto padre, José Diniz Aveiro, le llevó a los campos del modesto Andorinha. Apasionado del Benfica, jardinero en las plazas públicas de Funchal y también en el club, le llamó Ronaldo por su simpatía con el actor que más tarde fue presidente de EE UU, Ronald Reagan (el primer nombre se lo puso su madre María Dolores). Incluso en sus inicios en el Sporting muchos entrecomillaban lo de Ronaldo convencidos de que era un apodo en homenaje al brasileño. Pero no, todo por su padre, que vio a su hijo progresar en los campos del Andorinha. Allí disfrutó más que nadie su primer maestro, Francisco Afonso: "Montábamos partidillos de tres contra tres para verle en espacios reducidos", reconoció. Eso le sirvió para mejorar el regate.
Su crecimiento como futbolista era imparable, y ya con diez años jugaba en el Andorinha contra chicos de dieciséis. Y llegaron las ofertas. Hoy suena a broma, pero el Marítimo ofreció por él cincuenta mil escudos (trescientos euros). La oferta fue rechazada y el Nacional se lo llevó a cambio de un pack de camisetas, pantalones y medias de fútbol. Así, como suena. Nada más llegar al Nacional se ocupó de él Antonio Mendoza, su entrenador entre los diez y los doce años. "En cuanto le vi me impresionaron sus cualidades: rapidez de ejecución, velocidad, fintas, toda una exhibición técnica que aprendió en las calles".
Individualista.
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Mendoza logró en parte vencer su individualismo, su primera gran batalla. "Hubo que enseñarle que el fútbol es un deporte colectivo". Más tarde reconocería el propio Cristiano su obsesión por Maradona y aquel gol a Inglaterra en México. Incluso parecía querer repetirlo a diario. En realidad fue algo en lo que también tendría que trabajar Sir Alex Ferguson años más tarde.
Su instinto ganador también cautivaba ya por entonces, y según Mendoza "detestaba perder un partido. Muchas veces le he visto llorar por ello, era un ganador nato". En realidad no tuvo tiempo para mucho en el Nacional de Madeira. Dos años entre críos y poco más. Otro de sus técnicos fue Pedro Talinhas, que le entrenó una temporada y también le puso a jugar con chicos mucho mayores. Según Talinhas "siempre le vi como el diez del equipo. Bromista y divertido, le cambiaba la cara cuando perdía". Por todo ello a nadie le sorprendió su marcha al Sporting de Lisboa, con destino a la famosa escuela de Alcochete que vio nacer, entre otros muchos, a Futre y Figo. Allí aprendería del todo a ser futbolista.



