La alegría de España
La derrota ante Rumania en Cádiz no la recuerdan ni los pitagorines de las estadísticas. España suma y suma sin importarle el frío, la lluvia, el ogro turco o las ausencias de varios de los jugones. 1-0 y Suráfrica a la vista. ¡Viva España!


¡Imparables!. Ahí las tienen en la foto que preside esta página festiva. Ellas son la sonrisa de España. De esa Roja que hace 30 partidos que no nos sonroja. De esa Selección que concibe el fútbol como un honor y no como una obligación. Las cuatro representan el estado de ánimo de un equipo sin complejos, adolescente en la elaboración (tiqui-taca, libertad sin ira y atrevimiento permanente) y maduro en la ejecución (gol de pizarra y sin alardes). Del póker de bellezas, la rubia de la izquierda, look taurino incluido, sería Sergio Ramos: fulgor, entusiasmo, verticalidad, volcán en erupción... La morena que la acompaña sería Xavi: templanza, sabiduría, inteligencia y arte en la fachada y en el interior. La tercera, megaflor de España tapando el rostro, es Casillas: firme, sobria, aparente, líder, carismática, medidas perfectas, baterécords... Y culminamos la Pasarela Ibérica con la rubita de la derecha, que es el Niño Torres: felicidad en los ojos, eurodentadura perfecta, armonía en los trazos, carrera de búfalo, frenada de Bambi, golpeo de mamut, el 9 soñado por todas las suegras, el corte inglés mezclado con el aroma urbano de Fuenlabrada...
Suráfrica, allá vamos. Nunca estuve en Johannesburgo ni pretendo, pero adoro esa tierra desde que John Carlin inmortalizase el irrepetible Suráfrica-Nueva Zelanda de la final del Mundial de rugby de 1995, en la que los hombres de una nación martirizada por el racismo y las armas unieron sus brazos para gritar "libertad" y "victoria". Términos que concuerdan con la vida, filosofía y milagros de Vicente del Bosque, un Mandela de tez pálida capaz de cerrar una herida con esa mirada bondadosa y limpia. El heredero de Luis, al que siempre agradeceremos su impagable legado de Viena, sobrevivió anoche en su retorno a casa al peor partido que podría presentársele a la España de las Maravillas en su afán por prolongar el declarado estado de felicidad. Los turcos no descansan, no duermen, no se rinden, no especulan, no miran los presupuestos ni los nombres. Tienen talento de camiseta, lo que los convierte en un rival temible. Así fueron terceros en el Mundial de Corea y semifinalistas en la Eurocopa de Austria-Suiza. Ni Expreso de Medianoche ni Pasión Turca ni gaitas cinematográficas. Equipazo y seleccionador de book (¡Terim, enorme planteamiento!).
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Iker 90. El influjo de un Bernabéu lleno alimentó los dos vuelos de Casillas que evitaron una noche de cuchillos largos. Sólo la tele captó en el arranque una parada digna de Gordon Banks. De la Red, en la tribuna de invitados, resoplaba recordando cómo en la foto famosa del Prater vienés agarraba a Iker de su pierna derecha cuando levantaba la copa de campeones en aquella noche de junio que jamás se borrará de nuestras patrióticas memorias...
El tiempo. España juega bien a la sombra y a pleno sol. Faltaban Iniesta y Cesc y tampoco vas a pedir que seamos la Play Station. Pero entre el huracán costalero de Ramos (¡asistencia por accidente!), la magia de Xavi y el oportunismo de Piqué firmamos otra muesca. España es mundial. ¡Ahí estaremos!



