Campeón inoxidable
Ni césped pesado, ni gol de Sonck que acababa con la imbatibilidad de Iker ni Torres KO a los diez minutos. Tanto infortunio sacó la mejor cara de esta Selección que vive en estado de trance y matrimoniada con la dulce victoria.

¡Yo soy español! La emotiva canción la puso de moda la marea roja que invadió las calles de Austria el pasado verano para acompañar el vals de los eurocampeones. Anoche, cerca de 10.000 españoles cantaban eufóricos el "¡Yo soy español, español, español!". Su selección se ha convertido en la Octava Maravilla del Mundo, en el orgullo de un país que ha aprendido a quererse más gracias a La Roja, que hace mucho que ya no nos sonroja. Entre esos emigrantes ibéricos que llevan tatuado en el corazón el escudo de España estaban en las gradas del Rey Balduino (ex Heysel) mi amigo Balbino, acompañado por 59 compatriotas que llenaron un autobús que partió desde el restaurante Lorenas de Brujas para dar un aliento al mejor equipo que pisa la Tierra (¡que mi Madrid me perdone!). Escuché en la lejanía las voces rotas por la emoción de Ángel del Bierzo, Kiko de Huelva y los irreductibles de la cafetería Angelo de Limburgo. Me telefonearon bajo el diluvio de Bruselas y gritaron al unísono: "Tomás, el Balón de Oro que se lo den a España. ¡Y que lo entregue Platini en mano!".
Manchegazo. En un lugar de la Mancha llamado Fuentealbilla nació un pequeño de piel pálida y blanquecina llamado Andrés. Más conocido en el honorable pueblo como El Ingenioso Hidalgo Iniesta. Dios no le hizo alto ni guapo. Ni siquiera fuerte. Pero dejó que el genio de la lámpara frotase las botas que de pequeño le regaló mamá Luján. Es un Peter Pan que le enseña a los rivales el camino del País de Nunca Jamás (si es que el enemigo busca la victoria...). De la nada, convierte la pelota en una paloma que sale de la chistera para provocar el asombro de la grada, que acaba entregada al estudio de animación que Iniesta lleva pegado a su cuerpecito. Cesc, aliado ideológico de esta selección de orfebre, le habilitó cuando todo parecía torcido (1-0 en contra, Torres lesionado y lluvia pertinaz). Se inventó una autopista hacia el cielo con dos regates en seco made in Butragueño ante el Cádiz. Zaguero con la cadera partida en dos y portero mirando para el Manneken Pis. Ángulo ciego, pero el Houdini del fútbol español vio la luz y puso en pie a un país entero. Del Bosque sonrió orgulloso. En su Madrid Galáctico hacía esas cosas Zidane. Aquí ya no importamos el talento. Oro ibérico.
Noticias relacionadas
¿Diablos Rojos? Antes del partido, los belgas cantaron su himno con una pancarta que ponía We Believe ("Nosotros creemos"). Por eso, cuando marcó Sonck de soberano cabezazo me acordé del penalti de Eloy en México, de Pfaff y sus chulerías flamencas (belgas, no sevillanas), de la batalla perdida en Lieja, de la derrota en la Eurocopa de 1980 con mi Juanito llorando de rabia tras la debacle... Estos Diablos Rojos llegaron a serlo de verdad cuando nos tocaba mirarles a los ojitos. Pero ahora es España la que se ha ganado que le hablen de usted. Toreros en concepto y sentimiento. De blanco y oro.
Como La Saeta. El techo de Villa debe estar a la altura de ese rascacielos proyectado en Dubai que superará los 1.000 metros. El Guaje es como el indio de Apocalypto, capaz de superar todas las trabas imaginables para salvar su vida y la de su familia. Villa es un depredador vocacional. Anoche igualó los 23 goles de Di Stéfano, The Leyend. Eso sí, Don Alfredo los metió en 31 partidos y Villa en 40. Pero no le resta méritos a nuestro killer de Tuilla. Esta España es de acero. Inoxidable.



