Capitán Trueno
Pellegrini, técnico del Villarreal, comió ayer en el Donostiarra y se fue a ver el Madrid-Espanyol porque su equipo juega en Montjuïc el día 18. El chileno es un tipo listo y sabía que los pericos muerden. También pudo ver a Raúl. Sí. El Más Grande.

El 7 del Madrid. El fútbol nunca da la espalda a sus héroes. Raúl González Blanco lleva catorce años justificando el precio de una entrada. Sin necesidad de hacer chilenas imposibles, regates vertiginosos ni rulettes galácticas. El 7 del Madrid tiene una relación extramatrimonial consolidada que se apellida Bernabéu. Cuando pisa el remozado césped del santuario de La Castellana (últimamente le han aplicado abonos foliares, es decir, que estos son absorbidos por la hoja y no por la raíz), el Capitán Trueno levita, cose el escudo a su corazón de león y se olvida del paso del tiempo. A la vez que Robinho se pone gamba en la prensa anglosajona mientras pierde partidos con el City ("Aquí soy Dios", dijo el sábado), Raúl, El Terrenal, firmó un doblete que evitó un fiasco monumental ante un Espanyol lúcido y reactivado por al talento desatado de De la Peña y la picadura mortífera de Luis García y Tamudo. Pero Raúl Duracell maneja otro dial. Su doblete le sitúa con 296 goles (209 en Liga), a sólo once del récord histórico del Rey del ajedrez que les va a regalar AS (Di Stéfano) y a sólo uno de Pahíño, sexto goleador del ranking liguero (210). Ya lleva cuatro chicharritos y luchará por el Pichichi 2008-09. Eterno Raúl.
A la tercera. El Espanyol, como los carteros, siempre llama dos y hasta tres veces. En la Liga heroica de Capello se puso 1-3 y obligó a Higuaín a vestirse de Míster Increíble con un gol en el minuto 90 que aún recuerdan los amigos de Kameni (4-3). La temporada pasada arrancó con un gol de Valdo que enmudeció el Bernabéu, que cuatro días antes se había despedido de la Champions tras la dolorosa derrota con el Roma. Pipita, otra vez, y Raúl, el que siempre hace algo, salvaron los muebles. Y a la tercera fue la vencida. El Espanyol frenó ayer la galopada triunfal del campeón, y eso que Schuster tuvo sensibilidad y sentido de supervivencia sacando media hora a Sneijder para evitar que le dieran dos tiros. Nada que objetar al empate, porque los blanquiazules fueron siempre un equipo muy perico-loso ("peligroso" en la lengua de Cannavaro). Eso sí, Pérez Burrull no quiso salirse de la tónica del Villarato y dejó pasar por alto un penalti clamoroso de Lacruz a De la Red (vean la secuencia fotográfica que acompaña la página) y una mano de Moisés en la barrera en un golpe franco botado por el resucitado Wesley. Burrull, a mí no me engañas...
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