Touré Yaya también lleva la ilusión a la grada culé
El club abrió las puertas a los aficionados, que hacían cola

Dicen que viajando se fortalece el corazón, porque andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior. Los versos del poeta urbano Lito Nebbia calzan con la precisión de un guante en la actual situación del Barcelona. Tras el apoteósico recibimiento a Thierry Henry, jaleado por unos 30.000 aficionados el lunes, ayer se presentó el segundo refuerzo para la temporada 2007-08, el centrocampista antes conocido como Yaya Touré, desde ahora Touré Yaya, como luce en la camiseta blaugrana con el número 17.
La excitación del aficionado culé es tan grande que desbordó las previsiones del Barça. Los encargados del acto de presentación contaban con que los curiosos no pasarían de un centenar, pero pronto se vieron obligados a abrir las puertas a un gentío que hacía cola ante el Camp Nou, donde Gnégnéry Touré Yaya dio sus primeros toques como blaugrana.
A plazos. El marfileño, procedente del Mónaco, ha costado nueve millones de euros, según la información oficial, que podrían ser 13 en función de la actuación del Barça en la Champions League. Según Joan Laporta, los derechos federativos de Touré pertenecían al Mónaco y los económicos, al club francés y al Metalurg Donetsk (donde Touré Yaya jugó dos años) al cincuenta por ciento.
El Barça pagará los nueve millones de euros al Mónaco en cuatro plazos. Al Metalurg le corresponde una prima en función de los resultados del Barça en Europa: medio millón por cada vez que se clasifique para la Champions League y otro medio millón cada vez que logre el título. El contrato durará cuatro años, con una cláusula de rescisión establecida en 90 millones de euros.
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Laporta lo tilda de "imprescindible"
Tras los elogios que regaló el lunes a Thierry Henry, a Joan Laporta debió parecerle necesario piropear con generosidad a Touré Yaya. "Es un jugador imprescindible para nosotros, porque juega de mediocentro, una posición clave en el equipo", dijo el presidente, que también desveló que el marfileño "no hace nada sin antes consultarlo con su esposa", lo que subrayó como virtud.



