Pudieron los deméritos de Capello

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Puso la cara Capello. Puso el carnet, no el de identidad, como a él le gusta decir cuando condena a los jóvenes recién fichados, sino el de entrenador. No puso, sin embargo, ni su librillo ni sus propuestas futbolísticas. Algo debieron de influir las peticiones de Baldini y Mijatovic en la víspera para que lucieran en el Bernabéu, en la batalla de todas la batallas, la pareja Gago-Guti en la medular e Higuaín por delante. Y funcionó hasta que Capello mandó a sus hombres atrás con el 3-1.
No es éste único hecho, la desaparición de Emerson y Diarra, lo que pone en evidencia al técnico. También ayudó que Beckham, al que readmitió por petición popular, participara con sus centros en el segundo y tercer goles blancos. O que Helguera, al que humilló en otro tiempo, cabeceara providencialmente en los mismos tantos. No ayudó a lavar su imagen que se convirtiera en cómplice de una nueva lesión de Roberto Carlos, que se moría por jugar (¿Marcelo?). El mayor demérito del técnico fue no ver que, por fin, hacía falta el refresco de Emerson en la medular en los últimos minutos. Y llegó el gol de Van Bommel (87') en un rechace sobre la frontal. Toca sufrir en Múnich. Pero sobre todo, toca sufrir a Capello.



