Buenos Aires
Sólo una peineta vergonzosa de Capello (aunque le honran sus disculpas posteriores) enturbió una noche feliz para el madridismo. El Zaragoza cayó ante un rival liderado por los pibitos. Mientras, Victoria buscaba casa en Los Angeles...


El Himno. Se abre el telón y suena por megafonía el himno de siempre, el de las mocitas madrileñas, el que acompañó las noches mágicas de las Copas de Europa que forjaron la leyenda más grande jamás contada. Galaxia muerta. Himno de Plácido Domingo reposando en la memoria. Beckham, caballero en su derrota, festejando desde su palco VIP el gol de la reivindicación, del cambio de tercio, del volantazo, del nuevo modelo, de las ilusiones renovadas de una afición entendida que estuvo a la altura de la historia del club. Los únicos pañuelos que se exhibieron fueron para festejar las fantasías adolescentes de Higuaín, el pelotero más parecido a Van Basten que recuerdo. El himno clásico alumbró un triunfo lleno de sentimiento, de vuelta a la humilde barriada, de chavales hambrientos por tirar la puerta (Torres, De la Red, Gago...). Toñín, el torero que volvía al Bernabéu tras un susto navideño, gritó como loco tras cortar sus ídolos dos orejas ante el miura aragonés: "Si el fin de la Galaxia es un hecho, moriremos con el escudo en el pecho".
Adiós samba. El once inicial de Capello no escondía sus cartas. Robinho al banquillo. Fin de la samba. Primer once sin un solo brasileño en muchos años. Bien es cierto que las lesiones de Roberto Carlos, Marcelo y Cicinho le ayudaban a girar su navío hacia el acento de la Pampa de Gago e Higuaín, el que acompañó las conquistas de las cinco primeras Copas de Europa (Di Stéfano al frente), la Séptima y Octava (Redondo forever) y hasta la Novena (Solari dio el pase a Roberto que habilitó a Zidane en el gol de todas las finales). Hasta un mago como Aimar y un cuchillo siempre afilado como Diego Milito ayudaron a adornar un duelo que por momentos parecía un Boca-River. Partido de cancheros que contagió a Reyes (superior) y que lideró Higuaín con un debut en el Bernabéu soberbio. Pipita de Oro. Buenos Aires divino.
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Nueva vida. El Zaragoza cambió el refrescante discurso habitual de Víctor Fernández (juego directo, alegre y feliz) porque el Madrid siempre es el Madrid. Nadó lo justo, guardó la ropa y asumió su inferioridad por puntos. Pero es un rival que irá creciendo en torno a ese pibito que juega al balón como si el campo fuese una mesa de billar. ¡Bárbaro Aimar! Mis amigos de las peñas navarras de Peralta y Presidente de Honor (de Funes), me reconocían emocionados que "ganar así al Zaragoza y cazar al Barça es una pasada. ¡Y El Sevilla a dos puntos! Hay Liga". Pues sí. Gracias Manzano. Un amigo.
Fin de ciclo. El Bernabéu se fue feliz a casa. El sentimiento me recuerda al eslogan de la enésima versión de Rocky Balboa: "Nada termina hasta que tú sientes que termina". Fue bonito mientras duró, pero el Madrid siempre vuelve. Me cuentan que Amancio se emocionó en el palco viendo a Higuaín. "¡Qué chaval! ¿De dónde ha salido este jugadorazo?". Mucho brujo.



