Liga de Campeones | Real Madrid 2 - Lyon 2

Un empate con el corazón

El Madrid se recuperó con pasión del 0-2. Carew, estrella de un Lyon demasiado académico. Guti se retiró lesionado. Van Nistelrooy falló un penalti.

Carew ganó a Cannavaro
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El Madrid se quedó sin cerebro y vivió del corazón. Se puede. Aunque cansa horriblemente. Sin Guti sobre el campo desde el minuto 20, el equipo asumió su ausencia con cumplida resignación y de inmediato sustituyó las ideas por la pasión. Y ese giro, al que tienen querencia el entrenador y el prototipo, no sólo sirvió para igualar el marcador e igualarse con el rival, que parecía más alto y más fuerte, sino que permitió al Madrid concluir con la sensación de que había perdonado la vida de su enemigo, pues hasta dejó sin aprovechar un penalti. Apasionados y magnánimos. Con esa música se mecían anoche muchos aficionados blancos.

El Lyon, tras el empate de anoche será primero de grupo, pero eso es una carta del ayuntamiento si se compara con la heroica remontada que se vivió en el Santiago Bernabéu, el cantar de los cantares, y que ocultará con el confeti las críticas y los problemas, que me temo que alguno hay.

Recurriremos a las metáforas cinematográficas. En Sueños de un seductor, Woody Allen le decía a una ex novia, que le acusaba de haberse convertido en un tipo aburrido, que si hubiera seguido siendo tan chispeante como al principio de la relación le hubiera terminado por dar un ataque al corazón. Y a eso me refiero precisamente: a abusar del corazón, a combatir con él la monotonía, las carencias cotidianas. No sé hasta dónde se puede llegar así, ignoro si alcanza para ganar algún título. Tampoco sé si resistirá el corazón de los que miramos.

Sin embargo, admito que también se puede morir de todo lo contrario. Y eso le ocurrió ayer al Lyon, que se murió de guapo, de frío, de académico. Con 0-2 en la primera media hora, tuvo el partido en sus manos y lo manejó con guantes de látex, sin una pizca de pasión.

Aparte.

De esa frialdad excluyo, naturalmente, a John Carew, un delantero al que se suele tener por torpe, pero nunca más pecaremos. El prejuicio es simple: el tipo ronda los dos metros (1,95 largo) y de los que son tan altos solemos sospechar, como si el baloncesto nos hubiera colado espías. También nos pasa con Zigic o Crouch. Y en el caso de Carew, la extravagancia es todavía mayor, porque el muchacho (27 años, aún) es hijo de madre noruega y padre de Gambia.

Error. Las apariencias engañan. Y si los buenos delanteros se miden por los picores que causan a sus marcadores, hay que admitir que el noruego es un ariete más que notable, porque pincha como un erizo. Además de cuerpo, Carew tiene velocidad y sentido, intención. Puede jugar de espaldas y de frente. Lo sabemos bien porque ayer desplegó el catálogo.

Su gol fue extraordinario. Primero tiró un caño a Cannavaro y luego retó a sus enemigos a una carrera, dirección Casillas. Ganó. Ni le alcanzaron ni le consiguieron tirar. Su finalización fue excelente: un disparo que pareció con la puntera pero que pudo ser con el exterior.

Aunque fue generoso y tuvo para todos, Cannavaro fue el más damnificado por su desbocada inspiración. Tiene suerte el italiano de que ya le hayan retratado con el Balón de Oro. Santa Rita.

La exhibición de Carew fue tan completa que parte del público se rindió a la evidencia y acabó por aplaudir sus intervenciones. Esto también debería hacernos meditar: hace un año el Bernabéu aplaudía a Ronaldinho y ahora ovaciona a Carew.

Poco después de ese tanto se lesionó Guti y entró Reyes. Nadie se hizo con el timón del equipo y nadie podía hacerlo: no había médico a bordo. En el banquillo quedaban Cassano, Salgado, Raúl Bravo, Pavón y Mejía. Un delantero y cuatro defensas, pero ni un solo centrocampista organizador. Los medios del Castilla que pueden desempeñar esa función (De la Red o Borja Valero) disfrutaban ayer de su día libre.

El dibujo del Madrid dejó de ser cubista y pasó a ser abstracto, con extremos que no lo son cambiados de banda y mediapuntas más adelantados que los centrocampistas. Suerte que cuando el corazón interviene la geometría no es más que una asignatura del bachillerato.

Tal vez por eso el segundo gol del Lyon (Malouda y Casillas) no afectó demasiado. La depresión es una reflexión gris. Y el Madrid no recurrió al pensamiento. Se agarró al orgullo y a la rabia, al honor, llámenlo como quieran. El caso es que cuando en el Bernabéu y con ese escudo se invocan esos espíritus, por allí aparecen todos, de Puskas a Pirri, de Juanito a Camacho.

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Al viento de esa energía llegó la reducción de pena, fruto del asedio, alocado y delicioso. Reyes templó desde el córner, Van Nistelrooy puso la pelota en la olla y Diarra la devoró. En esa situación, el descanso no era el momento para beber agua: era una oportunidad para reagruparse, para gritar tú y para que el otro razonara, y temiera.

En la segunda mitad los franceses fueron mucho menos y el Madrid se elevó por la simple concentración de buenos futbolistas sobre el terreno de juego, nada más y nada menos. No había más plan que dejarse la piel en el intento, que probar hasta la extenuación. Y no son soldados, algunos son genios. Robinho desgarró, Reyes desconcertó y Raúl percutió. Y del ejército de la Republique sólo quedó Carew en pie. Insuficiente. Esa era la temperatura ambiente cuando Van Nistelrooy logró el empate, agónico, porque el balón se paseó por la línea de meta hasta ser remachado. Y casi a continuación, el penalti. Es curioso, porque la parada de Coupet más que causar decepción, creo que sació el hambre. Como si se aceptara el regalo. Lo importante era otra cosa: volvió el Madrid. Que llamen a un cardiólogo.

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