"Llegué a jugar con el peroné roto 45 minutos"
El Madrid lo ha invitado hoy al palco por su pasado glorioso en el Celta y en el Real. Desafió la rigidez política de la España que le tocó vivir leyendo a Tolstoi en las concentraciones del Madrid, en el que jugó de 1948 a 1953, marcando 124 goles en 144 partidos. Un crack de la época.


Las paredes de su pequeño piso del barrio de Chamartín están forradas de estanterías con libros. Se apilan desordenados autores rusos, tratados de Tolstoi, escritos sobre el marxismo... "Imagínese lo que significaba leer esto en mi época. Un amigo que tenía un kiosko en Las Ramblas de Barcelona me guardaba todo lo que llegaba de Rusia, de Viena... Luego yo devoraba los libros en los viajes".
A sus 83 años, Manuel Fernández Pahíño no pretende alardear de haber nadado a contracorriente en una España de vencedores y vencidos. "Simplemente nací antes de tiempo". Aunque en la cabeza le quedan algunas cuentas pendientes: "No fui al Mundial de Brasil en el 50 por los falangistas. Tenían ocupados todos los puestos de la Selección".
Pero no fue su ideología, sino sus goles, los que hicieron famoso a Pahíño. 124 en 144 partidos con el Madrid. Fue máximo goleador del campeonato con el Celta (1948, 20 tantos) y con el Madrid (1952, 28 tantos). Además, marcó dos goles con el Celta la primera vez que los vigueses visitaron el nuevo Chamartín en 1948 en el célebre 1-4.
"Jugué tres veces con el Celta ante el Real en Madrid. La primera fue en el viejo Chamartín. Me rompí los pantalones al abrir las piernas. Se me rajaron y se me salieron las partes nobles ¡Menudo trago! La última vez ganamos. El Madrid no bajó de milagro esa temporada".
Los ojos de Pahíño se hacen de vidrio, húmedos de emoción, cuando recuerda las dificultades que tuvo para abandonar el Celta: "En Vigo era un botones. Tenía que ir haciendo reverencias a los jefes. Cobraba 30.000 pesetas al año. Un día me revolví, y como tenían la cláusula del 15 por ciento querían retenerme y me declararon en rebeldía. Yo entrenaba por mi cuenta en la playa de Samil. El entrenador era Ricardo Zamora. Cuando llegué a Balaídos me dijo: 'Mire Pahíño, lo siento mucho, pero tengo órdenes de que no juegue hasta que no firme el contrato'. Yo dije: 'Bueno, no pasa nada'. Hasta que se arregló por narices, por las mías. Como el Celta no tenía un duro accedió a venderme cuando apareció el Madrid. Fue Ángel el Feo, el que se encargaba de los fichajes, quien medió. Una buena persona. Me enteré de que había fichado por el Madrid por la prensa. Hasta de lo que iba a cobrar Los jugadores éramos como presos".
Hablando de goles la conversación nos lleva a Ronaldo: "Me gusta a medias. Me gusta su remate, pero me da la impresión de que gana tanto dinero que no expone, no se arriesga. Antes luchábamos más. Una vez jugué con el Celta ante el Granada en el Metropolitano la fase de ascenso. Encinas, un gallego que luego fue entrenador del Valencia, estaba en la grada. En una jugada venía el balón a media altura y al rematar, el difunto José Manuel González, aquel defensa, me puso la plantilla y ¡buf, madre mía! Directo a la caseta. El médico me dijo que tenía fractura de peroné. ¡Fractura, eh! Y Encinas me dijo: '¡Venga, sal y juega como sabes, que eso no es nada!' Y jugué con la rotura 45 minutos. Cuando me hicieron la radiografía el peroné casi llegaba a la planta del pie. Menos mal que era verano y el médico me dijo que fuera todos los días a la playa, que me pusiera donde las olas rompían porque la espuma era buena para la curación... Y efectivamente, aquello se arregló más rápido. Eso no lo ves ahora. En cuanto estornudan ¡la camilla!".
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Pahíño presume de su mejor cualidad: entrar a la jugada a por todas: "Fui cinco temporadas titular en el Madrid. Era un futbolista que le plantaba cara a todas las situaciones. La única vez que desfallecí fue con un golpe que me dio en Chamartín el difunto Biosca, defensa central del Barcelona. Me dio en la nuca y perdí el conocimiento".
Después de una hora de conversación es difícil obviar la pregunta: ¿Era el Madrid el equipo de Franco? "No. Por lo que yo viví con Bernabéu, que fue muy intenso, sé que él era de tendencia monárquica. El equipo de Franco era el Atlético de los difuntos Mesa, Aparicio Esos sí que tenían galones militares. Les pagaban y actuaban como sargentos. Y por ahí Bernabéu me hizo la única faena. Cuando terminaba contrato quería renovar tres años. Ipiña, que era el secretario técnico, me dijo que se lo comentaría a don Santiago y luego fue el presidente el que vino a hablar conmigo: 'Manuel, no puede ser', me dijo. 'A partir de los 30 años hay norma de no renovar por más de uno a nadie'. Se enteraron de que lo tenía hecho con el Atleti. Helenio Herrera me quería, pero don Santiago vino otra vez: 'Manuel, a cualquier sitio menos al Atleti'.



