Cuesta abajo y sin frenos
Un error del árbitro volvió a trastornar al Madrid. Los blancos, impotentes ante un rival inferior. De la Peña sostuvo al Espanyol. Robinho, desconocido.

En el gol que da la victoria al Espanyol, el árbitro pita antes de que Jarque cabecee a la red, se escucha perfectamente en el vídeo, donde también se aprecia cómo se lleva el silbato a la boca, lo que demuestra que fue soplido y no resople. No queda claro si señala penalti o falta de uno de los rematadores y es hasta posible que no lo tuviera claro ni él. Pero la jugada debe quedar invalidada en cuanto se señala una infracción, la que sea, no hay ley de la ventaja posible. Por eso protestaron airadamente los jugadores madridistas, animados también, los que no fueron testigos, por el titubeo del árbitro, que tardó en arrancar y cuando lo hizo no sabía hacia dónde dirigirse, aunque finalmente se dirigió hacia el centro del campo, gol.
Dicho esto, y creo que reunidas pruebas suficientes de que nunca ha sido tan fácil equivocarse en contra del Madrid, considero que un equipo tan poderoso no puede justificarse en un error arbitral, por repetido que sea. Ni en los 67 minutos anteriores ni en los 23 que restaban, esa reunión de estrellas consiguió marcar un gol. Al igual que sucedió contra el Lyon en la Champions, hubo tiempo de reacción y no hubo reacción alguna, sólo dominio y movimientos previsibles a ritmo de jubilado que pierde el autobús.
Y en este caso el asunto fue todavía más flagrante porque el Espanyol no es el Lyon, sino un equipo infinitamente más débil, al menos en su versión de ayer, sin Zabaleta, Juanfran y Tamudo. Cómo sería la diferencia entre los contendientes que, después de cinco minutos de ligero tuteo, el Espanyol empezó a recular sin disimulo hasta acabar casi encerrado en su área y cercanías, daba la impresión de que resignado a su suerte.
Los locales sólo tenían dos motivos para la esperanza: Kameni e Iván de la Peña. El primero es un guardameta prodigioso de agilidad y reflejos que ha mejorado en las salidas por alto y en la comprensión del juego. Y el segundo es un centrocampista fabuloso, impecable en la técnica y vertical en todos sus movimientos, capaz de jugar y hacer jugar. Del mismo modo que decimos que el Madrid es un gran equipo sin organizador, podríamos afirmar que el Espanyol de ayer era un gran organizador sin equipo.
Hay que admitir que la entrada de Pablo García en lugar de Gravesen dio más consistencia al Madrid, aunque sólo sea porque el uruguayo no es, como el danés, un futbolista histriónico, sino un jugador con mucho oficio que evita sustos, pero que tampoco ofrece sorpresas.
Colocado por delante de los centrales, robó un buen número de balones y oxigenó el medio campo madridista. Pero no se le recuerda ni un pase en profundidad, ni una acción vertical, ni un desborde, virtudes que se le deberían dar por supuestas a cualquier futbolista que vista la camiseta del Real Madrid, me da igual que sea defensa lateral derecho o mediocampista destructor.
El muro.
Gracias en parte al trabajo de Pablo García, el equipo de Luxemburgo se desenvolvía con cierta facilidad, justo hasta que llegaba a la frontal del área del Espanyol, donde se acumulaban los jugadores contrarios. Contra esa barrera rebotaba el Madrid. Las incursiones de los laterales no superaban esa línea horizontal y otros futbolistas ni siquiera lo intentaban. Por eso en la primera mitad se registraron media docena de tiros lejanos que unas veces se marcharon cerca de los palos y otras fueron atrapados por Kameni. Los disparos más peligrosos siempre salieron de las botas de Ronaldo, activo y comprometido.
Pero ante un equipo encerrado, es más necesario que nunca el regate que desequilibre el orden defensivo y plantee una situación de superioridad atacante. Precisamente, la virtud que no se le cuestiona a Robinho. Sin embargo, por alguna razón que se me escapa, Robinho se había declarado ayer en huelga de ingenio caído. Al contrario de lo que había hecho sus tres partidos anteriores como madridista, el chico no encaró ni una sola vez y, cuando se encontró en la tesitura de hacerlo, optó por el pase sin compromiso al compañero retrasado.
Su actitud era la de quien ha sido reprendido por regatear demasiado o por chupar o por no jugar para el equipo y molesto decide vengarse con un juego simplista que se puede aceptar en Owen pero que resulta intolerable en el rey del dribling. Insisto: no es que le salieran los regates, es que ni siquiera los intentó. Ni una pedalada.
Si fue Luxemburgo quien le recomendó mesura ya puede ir retirándole el consejo, porque el Robinho de ayer fue un jugador extrañamente vulgar. Si al crack le aflige la situación del equipo o le ha atacado la saudade, el asunto tiene peor solución. Lo más reseñable que hizo fue un disparo al palo en el que mayor mérito lo tuvo el pase por detrás de Ronaldo.
El motor del equipo.
El Espanyol capeaba el temporal (la borrasca, más bien) entregado al acierto de Kameni y a las salidas de la cueva que dirigía De la Peña y de las que se benefició en buena medida un incisivo Corominas, que dispuso de un par de ocasiones, y poco o nada un desconocido Luis García, que no tuvo más mérito que tirar una falta al larguero de Casillas.
Desde el primer minuto, cada control de De la Peña era la premonición de un peligro grave para el Madrid pero ni pese a esa evidencia Luxemburgo hizo algo por cortar ese grifo. Y pocas veces resulta tan claro que anulando a un futbolista se aniquila a un equipo entero.
Un lanzamiento de falta botado por De la Peña fue el origen del gol local. Independientemente de la equivocación del árbitro, la defensa madridista comete un error en el marcaje a Jarque; es difícil concluir si Sergio Ramos estuvo obstaculizado por Lopo, como algunos apuntan. Es el quinto gol que recibe el Madrid a balón parado de ocho encajados, a pesar de que el técnico se pasó la semana ensayando esas situaciones.
También conviene destacar que si se hubiera señalado penalti, suponiendo que fuera eso lo que pitó el árbitro, Casillas hubiera ofrecido más garantías que cualquier otro portero en el mundo, pues recuerdo que esta temporada ha detenido los dos penatis que le han tirado.
El tanto encumbró aún más a De la Peña, que rozó el segundo gol con una vaselina que repelió el larguero. Pero lo que estaba siendo una imagen de impotencia, agravada por la justa expulsión de Sergio Ramos por doble amonestación, se transformó en un deterioro profundo cuando Baptista provocó su expulsión con una entrada innecesaria y durísima a Jonathan Soriano, que tuvo que irse en camilla. El Madrid vuelve a tener excusas. Muchísimas más que puntos.En el gol que da la victoria al Espanyol, el árbitro pita antes de que Jarque cabecee a la red, se escucha perfectamente en el vídeo, donde también se aprecia cómo se lleva el silbato a la boca, lo que demuestra que fue soplido y no resople. No queda claro si señala penalti o falta de uno de los rematadores y es hasta posible que no lo tuviera claro ni él. Pero la jugada debe quedar invalidada en cuanto se señala una infracción, la que sea, no hay ley de la ventaja posible. Por eso protestaron airadamente los jugadores madridistas, animados también, los que no fueron testigos, por el titubeo del árbitro, que tardó en arrancar y cuando lo hizo no sabía hacia dónde dirigirse, aunque finalmente se dirigió hacia el centro del campo, gol.
Dicho esto, y creo que reunidas pruebas suficientes de que nunca ha sido tan fácil equivocarse en contra del Madrid, considero que un equipo tan poderoso no puede justificarse en un error arbitral, por repetido que sea. Ni en los 67 minutos anteriores ni en los 23 que restaban, esa reunión de estrellas consiguió marcar un gol. Al igual que sucedió contra el Lyon en la Champions, hubo tiempo de reacción y no hubo reacción alguna, sólo dominio y movimientos previsibles a ritmo de jubilado que pierde el autobús.
Y en este caso el asunto fue todavía más flagrante porque el Espanyol no es el Lyon, sino un equipo infinitamente más débil, al menos en su versión de ayer, sin Zabaleta, Juanfran y Tamudo. Cómo sería la diferencia entre los contendientes que, después de cinco minutos de ligero tuteo, el Espanyol empezó a recular sin disimulo hasta acabar casi encerrado en su área y cercanías, daba la impresión de que resignado a su suerte.
Los locales sólo tenían dos motivos para la esperanza: Kameni e Iván de la Peña. El primero es un guardameta prodigioso de agilidad y reflejos que ha mejorado en las salidas por alto y en la comprensión del juego. Y el segundo es un centrocampista fabuloso, impecable en la técnica y vertical en todos sus movimientos, capaz de jugar y hacer jugar. Del mismo modo que decimos que el Madrid es un gran equipo sin organizador, podríamos afirmar que el Espanyol de ayer era un gran organizador sin equipo.
Hay que admitir que la entrada de Pablo García en lugar de Gravesen dio más consistencia al Madrid, aunque sólo sea porque el uruguayo no es, como el danés, un futbolista histriónico, sino un jugador con mucho oficio que evita sustos, pero que tampoco ofrece sorpresas.
Colocado por delante de los centrales, robó un buen número de balones y oxigenó el medio campo madridista. Pero no se le recuerda ni un pase en profundidad, ni una acción vertical, ni un desborde, virtudes que se le deberían dar por supuestas a cualquier futbolista que vista la camiseta del Real Madrid, me da igual que sea defensa lateral derecho o mediocampista destructor.
El muro.
Gracias en parte al trabajo de Pablo García, el equipo de Luxemburgo se desenvolvía con cierta facilidad, justo hasta que llegaba a la frontal del área del Espanyol, donde se acumulaban los jugadores contrarios. Contra esa barrera rebotaba el Madrid. Las incursiones de los laterales no superaban esa línea horizontal y otros futbolistas ni siquiera lo intentaban. Por eso en la primera mitad se registraron media docena de tiros lejanos que unas veces se marcharon cerca de los palos y otras fueron atrapados por Kameni. Los disparos más peligrosos siempre salieron de las botas de Ronaldo, activo y comprometido.
Pero ante un equipo encerrado, es más necesario que nunca el regate que desequilibre el orden defensivo y plantee una situación de superioridad atacante. Precisamente, la virtud que no se le cuestiona a Robinho. Sin embargo, por alguna razón que se me escapa, Robinho se había declarado ayer en huelga de ingenio caído. Al contrario de lo que había hecho sus tres partidos anteriores como madridista, el chico no encaró ni una sola vez y, cuando se encontró en la tesitura de hacerlo, optó por el pase sin compromiso al compañero retrasado.
Su actitud era la de quien ha sido reprendido por regatear demasiado o por chupar o por no jugar para el equipo y molesto decide vengarse con un juego simplista que se puede aceptar en Owen pero que resulta intolerable en el rey del dribling. Insisto: no es que le salieran los regates, es que ni siquiera los intentó. Ni una pedalada.
Si fue Luxemburgo quien le recomendó mesura ya puede ir retirándole el consejo, porque el Robinho de ayer fue un jugador extrañamente vulgar. Si al crack le aflige la situación del equipo o le ha atacado la saudade, el asunto tiene peor solución. Lo más reseñable que hizo fue un disparo al palo en el que mayor mérito lo tuvo el pase por detrás de Ronaldo.
El motor del equipo.
El Espanyol capeaba el temporal (la borrasca, más bien) entregado al acierto de Kameni y a las salidas de la cueva que dirigía De la Peña y de las que se benefició en buena medida un incisivo Corominas, que dispuso de un par de ocasiones, y poco o nada un desconocido Luis García, que no tuvo más mérito que tirar una falta al larguero de Casillas.
Desde el primer minuto, cada control de De la Peña era la premonición de un peligro grave para el Madrid pero ni pese a esa evidencia Luxemburgo hizo algo por cortar ese grifo. Y pocas veces resulta tan claro que anulando a un futbolista se aniquila a un equipo entero.
Un lanzamiento de falta botado por De la Peña fue el origen del gol local. Independientemente de la equivocación del árbitro, la defensa madridista comete un error en el marcaje a Jarque; es difícil concluir si Sergio Ramos estuvo obstaculizado por Lopo, como algunos apuntan. Es el quinto gol que recibe el Madrid a balón parado de ocho encajados, a pesar de que el técnico se pasó la semana ensayando esas situaciones.
También conviene destacar que si se hubiera señalado penalti, suponiendo que fuera eso lo que pitó el árbitro, Casillas hubiera ofrecido más garantías que cualquier otro portero en el mundo, pues recuerdo que esta temporada ha detenido los dos penatis que le han tirado.
El tanto encumbró aún más a De la Peña, que rozó el segundo gol con una vaselina que repelió el larguero. Pero lo que estaba siendo una imagen de impotencia, agravada por la justa expulsión de Sergio Ramos por doble amonestación, se transformó en un deterioro profundo cuando Baptista provocó su expulsión con una entrada innecesaria y durísima a Jonathan Soriano, que tuvo que irse en camilla. El Madrid vuelve a tener excusas. Muchísimas más que puntos.En el gol que da la victoria al Espanyol, el árbitro pita antes de que Jarque cabecee a la red, se escucha perfectamente en el vídeo, donde también se aprecia cómo se lleva el silbato a la boca, lo que demuestra que fue soplido y no resople. No queda claro si señala penalti o falta de uno de los rematadores y es hasta posible que no lo tuviera claro ni él. Pero la jugada debe quedar invalidada en cuanto se señala una infracción, la que sea, no hay ley de la ventaja posible. Por eso protestaron airadamente los jugadores madridistas, animados también, los que no fueron testigos, por el titubeo del árbitro, que tardó en arrancar y cuando lo hizo no sabía hacia dónde dirigirse, aunque finalmente se dirigió hacia el centro del campo, gol.
Dicho esto, y creo que reunidas pruebas suficientes de que nunca ha sido tan fácil equivocarse en contra del Madrid, considero que un equipo tan poderoso no puede justificarse en un error arbitral, por repetido que sea. Ni en los 67 minutos anteriores ni en los 23 que restaban, esa reunión de estrellas consiguió marcar un gol. Al igual que sucedió contra el Lyon en la Champions, hubo tiempo de reacción y no hubo reacción alguna, sólo dominio y movimientos previsibles a ritmo de jubilado que pierde el autobús.
Y en este caso el asunto fue todavía más flagrante porque el Espanyol no es el Lyon, sino un equipo infinitamente más débil, al menos en su versión de ayer, sin Zabaleta, Juanfran y Tamudo. Cómo sería la diferencia entre los contendientes que, después de cinco minutos de ligero tuteo, el Espanyol empezó a recular sin disimulo hasta acabar casi encerrado en su área y cercanías, daba la impresión de que resignado a su suerte.
Los locales sólo tenían dos motivos para la esperanza: Kameni e Iván de la Peña. El primero es un guardameta prodigioso de agilidad y reflejos que ha mejorado en las salidas por alto y en la comprensión del juego. Y el segundo es un centrocampista fabuloso, impecable en la técnica y vertical en todos sus movimientos, capaz de jugar y hacer jugar. Del mismo modo que decimos que el Madrid es un gran equipo sin organizador, podríamos afirmar que el Espanyol de ayer era un gran organizador sin equipo.
Hay que admitir que la entrada de Pablo García en lugar de Gravesen dio más consistencia al Madrid, aunque sólo sea porque el uruguayo no es, como el danés, un futbolista histriónico, sino un jugador con mucho oficio que evita sustos, pero que tampoco ofrece sorpresas.
Colocado por delante de los centrales, robó un buen número de balones y oxigenó el medio campo madridista. Pero no se le recuerda ni un pase en profundidad, ni una acción vertical, ni un desborde, virtudes que se le deberían dar por supuestas a cualquier futbolista que vista la camiseta del Real Madrid, me da igual que sea defensa lateral derecho o mediocampista destructor.
El muro.
Gracias en parte al trabajo de Pablo García, el equipo de Luxemburgo se desenvolvía con cierta facilidad, justo hasta que llegaba a la frontal del área del Espanyol, donde se acumulaban los jugadores contrarios. Contra esa barrera rebotaba el Madrid. Las incursiones de los laterales no superaban esa línea horizontal y otros futbolistas ni siquiera lo intentaban. Por eso en la primera mitad se registraron media docena de tiros lejanos que unas veces se marcharon cerca de los palos y otras fueron atrapados por Kameni. Los disparos más peligrosos siempre salieron de las botas de Ronaldo, activo y comprometido.
Pero ante un equipo encerrado, es más necesario que nunca el regate que desequilibre el orden defensivo y plantee una situación de superioridad atacante. Precisamente, la virtud que no se le cuestiona a Robinho. Sin embargo, por alguna razón que se me escapa, Robinho se había declarado ayer en huelga de ingenio caído. Al contrario de lo que había hecho sus tres partidos anteriores como madridista, el chico no encaró ni una sola vez y, cuando se encontró en la tesitura de hacerlo, optó por el pase sin compromiso al compañero retrasado.
Su actitud era la de quien ha sido reprendido por regatear demasiado o por chupar o por no jugar para el equipo y molesto decide vengarse con un juego simplista que se puede aceptar en Owen pero que resulta intolerable en el rey del dribling. Insisto: no es que le salieran los regates, es que ni siquiera los intentó. Ni una pedalada.
Si fue Luxemburgo quien le recomendó mesura ya puede ir retirándole el consejo, porque el Robinho de ayer fue un jugador extrañamente vulgar. Si al crack le aflige la situación del equipo o le ha atacado la saudade, el asunto tiene peor solución. Lo más reseñable que hizo fue un disparo al palo en el que mayor mérito lo tuvo el pase por detrás de Ronaldo.
El motor del equipo.
El Espanyol capeaba el temporal (la borrasca, más bien) entregado al acierto de Kameni y a las salidas de la cueva que dirigía De la Peña y de las que se benefició en buena medida un incisivo Corominas, que dispuso de un par de ocasiones, y poco o nada un desconocido Luis García, que no tuvo más mérito que tirar una falta al larguero de Casillas.
Desde el primer minuto, cada control de De la Peña era la premonición de un peligro grave para el Madrid pero ni pese a esa evidencia Luxemburgo hizo algo por cortar ese grifo. Y pocas veces resulta tan claro que anulando a un futbolista se aniquila a un equipo entero.
Un lanzamiento de falta botado por De la Peña fue el origen del gol local. Independientemente de la equivocación del árbitro, la defensa madridista comete un error en el marcaje a Jarque; es difícil concluir si Sergio Ramos estuvo obstaculizado por Lopo, como algunos apuntan. Es el quinto gol que recibe el Madrid a balón parado de ocho encajados, a pesar de que el técnico se pasó la semana ensayando esas situaciones.
Noticias relacionadas
También conviene destacar que si se hubiera señalado penalti, suponiendo que fuera eso lo que pitó el árbitro, Casillas hubiera ofrecido más garantías que cualquier otro portero en el mundo, pues recuerdo que esta temporada ha detenido los dos penatis que le han tirado.
El tanto encumbró aún más a De la Peña, que rozó el segundo gol con una vaselina que repelió el larguero. Pero lo que estaba siendo una imagen de impotencia, agravada por la justa expulsión de Sergio Ramos por doble amonestación, se transformó en un deterioro profundo cuando Baptista provocó su expulsión con una entrada innecesaria y durísima a Jonathan Soriano, que tuvo que irse en camilla. El Madrid vuelve a tener excusas. Muchísimas más que puntos.



